Esta web utiliza las cookies _ga/_utm propiedad de Google Analytics, persistentes durante 2 años, para habilitar la función de control de visitas únicas con el fin de facilitarle su navegación por el sitio web. Si continúa navegando consideramos que está de acuerdo con su uso. Podrá revocar el consentimiento y obtener más información consultando nuestra Política de cookies.
ACEPTAR
Publicidad
Psicofonías

Psicofonías

OPINIóN IR

01/12/2019 A A
Imprimir
Psicofonías
Como los peores virus, la política va mutando en nuevas formas con los nuevos los tiempos. No es necesariamente una nueva política, por mucho que la profetizaran, y si tiene algo de nuevo la verdad es que resulta mucho más insípida, pero se va adaptando lo mejor que puede a los cambios como hacemos los demás. Se mantiene como agencia de colocación, la clave para que un líder conserve su liderazgo, se mantiene como vertedero de las culpas que ninguno que queremos asumir, como elemento diferenciador entre vecinos y como tema recurrente de conversación, pero ahora también se manifiesta en otros formatos no siempre compatibles con el sentido común: en las redes sociales, por ejemplo, parece que se acerca a los votantes pero, en realidad, redunda en el viejo vicio de ocultar el fondo y sacarle brillo a la superficie. Una de las formas más antiguas de la política que se conserva igual de útil que hace siglos es la de agitar fantasmas. El bienestar deriva en una dormidera que le ha quitado parte del poder de movilización al miedo, el gran motor de las masas, así que nos queda una suerte de política del espiritismo para conseguir que el personal reaccione. Va más allá de agitar fantasmas para atacar al adversario («¡que vienen los comunistas!», «¡que vienen los fascistas!»), de desenterrar y volver a enterrar a un dictador para que todo el mundo sienta que tiene algo que decir o de anunciar la inminente llegada de otra recesión económica. Nuestros estrategas de la política deben de analizar hoy datos y preparar sus discursos delante de un tablero de güija. En León, el alcalde ha invocado el fantasma del leonesismo para que hable a través de él. No hay que escarbar mucho, la verdad, porque en esta provincia la comunidad autónoma a la que pertenece provoca, cada día más, disfagia generalizada. La Unión del Pueblo Leonés se estrelló en las pasadas elecciones generales y José AntonioDiez se ha lanzado a ocupar ese hueco con la decisión que le ha faltado históricamente a la mayoría de nuestros dirigentes políticos. Expertos como somos en el arte de la ‘ocultura’ (Iker Jiménez estuvo a punto de abrir aquí una corresponsalía permanente hasta encontrar la vajilla completa de la Última Cena) con la política del espiritismo nos adentramos en un terreno en el que no sólo nada es lo que parece sino, más bien, es exactamente lo contrario de lo que parece. Resulta que la rentabilidad de defender el leonesismo está por demostrar en León pero atacar al leonesismo parece una garantía de éxito para los políticos en Valladolid. En el ayuntamiento pucelano, por ejemplo, el Partido Popular ha salido al corte sabiendo que, en realidad, sus críticas al alcalde leonés no hacen más que reforzarle. En la Junta, el portavoz se ofende porque alguien ose robarle titulares y hace presuntos chistes que sólo le deben de hacer gracia a él (ventajas de estar enamorado de uno mismo). En Madrid, Carmen Calvo demuestra que ni siquiera se ha leído los libros de su hermano historiador y en Barcelona Inés Arrimadas ve en este caso fantasmas de marca blanca... quién sabe si como ella misma. Los brotes de leonesismo solían manifestarse más cerca de las campañas electorales, pero Diez, alcalde gracias al VAR de la Junta Electoral y aislado en su partido (por mucho que uno haga psicofonías no escuchará una sola voz de apoyo en el PSOE), ha decidido que la suya ha empezado ya. Al final, las razones históricas y presentes del maltrato institucional sufrido por León, las soluciones futuras, parecen lo de menos, como tantos otros conceptos que se manosean públicamente en función de ambiciones personales. Más que defenderlo en los platós de Valladolid, donde el leonesismo es siempre sinónimo de victimismo, sería más lógico aplicarlo en León y asumir el riesgo de afrontar todo lo que ignoramos mientras nos dedicamos a hacer espiritismo político. Pero, claro, la lógica nunca se ha llevado bien con los fantasmas.
Volver arriba
Newsletter