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Progresos II

Progresos II

OPINIóN IR

17/03/2021 A A
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Progresos II
Como gemelas que no puedo distinguir. La primera condición es que exista diferencia. Oigo las campanas de la catedral cercana (para un leonés no encaja en el arquetipo de catedral, nosotros que tenemos tan clara la idea de caballo del que son copia todos los caballos, según Platón). Suenan igual de la primera a la última, el mismo tono, idénticos volumen y respiración, como bostezos al caer la tarde. No hay diferencia, no hay progreso en ellas.

Hablamos de progreso. Dada la diferencia, debe valorarse como avance o mejora. Cada cierto tiempo, León me pide que compruebe si ha crecido. Saco un lapicero. Se coloca junto a la pared. Se estira bien. Pone una cara muy seria. Expectante. Hago una marca. Se separa y comprueba. Me pregunta con la mirada. Sí, está más arriba que la anterior. Eres más alto. Contento, vuelve al juego. Ha habido crecimiento, progreso.

Al progreso no se llega, no es un destino, es una relación entre un antes y un ahora, entre un pasado y el presente. Dados a elegir un pasado con el que comparar, con el que dilucidar progresos, yo me quedo con Roma, que fue grande incluso en su decadencia y posterior caída. Al parecer, ahora hay gente que se gana la vida ejerciendo influencia sobre el personal. ‘Influencers’ se llaman. Y parece que se la ganan bien, pues trasladan sus residencias a la montañosa Andorra, para evitar impuestos y no compartir gastos con los influenciados. Confieso mi ignorancia sobre ellos, ni siquiera sus nombres. Sí me llama la atención que, al ser preguntados sobre qué quieren ser de mayores, muchos niños respondan que quieren ser ‘influencers’. Influir en los demás es su trabajo. Fotografías de desayunos falsos, sonrisas escarlatas y pies cansados de vagar. Fachadas. Circunstancias.

Veamos si hemos progresado. Los romanos distinguían entre la potestas y la auctoritas. La primera era el poder que ejercían los magistrados, cuyas decisiones eran coercitivas. La auctoritas era la condición de la que gozaban aquellos que, por su trayectoria vital irreprochable y por su sabiduría, eran considerados referentes por la sociedad, eran consultados y sus opiniones, sin necesidad de violencia ni obligación, eran seguidas y cumplidas. Su influencia se sustentaba en su prestigio moral.

Marcando con el lápiz la altura de la ‘autoridad’ y la del ‘influencer’, no tengo tan claro que hayamos progresado.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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