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Primeros pasos de un funambulista

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08/10/2017 A A
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Primeros pasos de un funambulista
Pienso a menudo en el día que deje de ser director de periódico. Demasiado a menudo. Lo notará mi teléfono, al que no llegarán tantas llamadas y al que otros tantos no contestarán cuando sea yo el que llame. Dejarán de saludarme todas esas personas que ahora me saludan y que no sé quiénes son, y seguramente dejará de saludarme alguno que sí creía conocer. Por la experiencia adquirida en apagar fuegos, mantengo la esperanza de que me convaliden media oposición al cuerpo de bomberos, y quién sabe si en algún circo ambulante necesitarán a un funambulista que ya ha dado sus primeros pasos por la cuerda floja. Desde estas líneas prometo turrar con mis batallitas a los que tenga más cerca (tampoco es plan de ponerse ahora a hablar de nietos) y, por lo que se refiere a la escena pública, prometo también no desaprovechar ninguna de las muchas ocasiones que tendré para mantener la boca cerrada. Huiré con todas mis fuerzas, como llevo huyendo desde que empecé en esto, de frases como «eso ya lo publiqué yo», y pondré las reglas del juego y de cada conversación. Hablar con los viejos ha sido siempre una de mis pasiones, especialmente con aquellos que han traspasado esa peligrosa frontera que les permite decir todo aquello que les apetece sin preocuparse demasiado por las consecuencias, ese otro lado fascinante en el que no hay ni medias tintas ni medias verdades y a cada cual se le llama no por el nombre que tiene, sino por el que se ha merecido. Es algo de lo que siempre se puede aprender mucho si tratas con alguien que fue pastor, maestra, ingeniero o conserje de noche en el Hostal de San Marcos, pero que resulta especialmente irritante si tienes que escuchar a un ex presidente. Parece que la retirada del cargo le supone a uno, además de la pensión vitalicia, la posibilidad de tocar los huevos eternamente. Sobre todo a los suyos, claro, que es donde quedan las mayores rozaduras. Ahora que Cataluña nos ha subido el volumen del país (y ya estaba por las nubes), soportar lecciones del delirio independentista por parte de quien nos llevó a todos a su delirio de vigorexia en las Azores, escuchar que esta situación «es lo que más me ha preocupado en 40 años» de quien pensó que el terrorismo de estado era una solución o asistir a la propuesta de que Rodríguez Zapatero podría ser un mediador válido resulta tan preocupante como comprobar que el debate se traslada a las opiniones de Piqué y Sergio Ramos. La crisis de identidad de los catalanes se podría empezar a tratar si dejasen de bucear en su propio ombligo, como todas las crisis de identidad, pero se agrava cuando todo el mundo se preocupa por ella... y se propaga. Las opiniones de quienes entendieron el nacionalismo como un negocio político (sus líderes lo entendieron directamente como un negocio económico) poco van a aportar ante la gravedad del problema, de modo que se agradecería mucho que nos las ahorrasen, o al menos que las compartiesen sólo en esos círculos íntimos en los que se atrevieron a hablar otros idiomas. Todos ellos consiguen que sienta miedo a que pronto llegue el día en que alguien me pregunte por qué no hay ninguna bandera en mi ventana, y yo no sepa explicar que algunas veces me siento orgulloso de ser español y otras muchas profundamente avergonzado.
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