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Primavera secuestrada

Primavera secuestrada

OPINIóN IR

15/04/2018 A A
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Primavera secuestrada
En tiempos antiguos, de Tívoli, la antigua Tibur, llegaba a Roma el travertino, la roca con la que durante siglos se levantaron los edificios más significativos de la ciudad, y también parte del agua que la abastecía a través de acueductos, uno de ellos el denominado Aqua Vetus. Era, como su nombre refleja, un antiguo acueducto, en su mayor parte subterráneo, que se había construido en el siglo III a. C con el botín arrebatado a Pirro, rey de Epiro, un guerrero excepcional al que la lengua recuerda en la expresión «victoria pírrica»: aquella que tiene un coste tan alto, que probablemente no vale la pena. A Tívoli llegaban los más ricos de entre los ricos de Roma para veranear. Roma y Tívoli estaban lo suficientemente cerca como para que la distancia no fuera un problema (pues se hallaba a unos treinta kilómetros) ni el viaje un engorro, asuntos muy a tener en cuenta en una época en la que los viajes se parecían poco a los de ahora, incluso los de placer. Ir a Tívoli no comportaba más que la elección de un vehículo y una vestimenta adecuados pues no era necesario pensar en el hospedaje, en manos de pérfidos posaderos e incómodos locales donde, además, uno podía encontrarse con todo tipo de situaciones desagradables. Así que, cuando el verano romano se volvía insoportable por caluroso y maloliente (los malos olores en la urbe siempre fueron un problema), quienes podían huían de la gran metrópoli y se escapaban a ese lugar próximo al que su situación, a la orilla del río Aniene, afluente del Tíber, y al pie de los modestos montes Tiburtinos, dotaba de un frescor envidiable. Tanto es así, que eran muchos los que disponían de villas allí. Uno de sus más ilustres veraneantes fue el emperador Adriano, que entre los años 118 y 128 levantó en el lugar una villa cuyas dimensiones y tesoros asombran todavía hoy. Y eso a pesar de que muchos de estos últimos terminaron en la Villa d’Este, un fabuloso palacio renacentista que mandó construir a mediados del siglo XVI su gobernador papal: el cardenal Hipólito d’Este, hijo de Lucrecia Borgia y nieto de Alejandro VI. Se sabe que Adriano terminó siendo un habitante permanente de Tívoli, donde la leyenda sitúa también tiempo después el fin de la Zenobia, reina de Palmira, quien tras ser exhibida encadenada (eso sí, con cadenas de oro) en el triunfo de Aureliano, terminó cautivándole con su belleza. Antes que todos ellos, ya se había avecindado en el lugar Horacio, al que Augusto le había regalado una finca en la que muy probablemente el poeta escribió una buena parte de su producción literaria. Fue en ella donde nació la exaltación de la vida en el campo que tanto éxito habría de tener en la literatura siglos después. Y así como el verano Tívoli resultaba un espacio fresco y agradable, alejado del «rigor de la canícula», en invierno era frío y húmedo, sometido a crecidas desastrosas del río que merecieron ser recordadas por escritores como Plinio. Recuerdo a Horacio al mirar al cielo permanentemente gris, a las montañas aún con nieve y a los ríos desbordados. Con seguridad era lo que el miraba cuando embocó su Oda II: «Iam satis terris nivis atque dirae grandinis misit Pater». Bastante nieve y cruel granizo envió Júpiter a la tierra. ¿Quién nos habrá secuestrado la primavera?
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