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Pretty Yende, una Traviata adicta a los ‘selfies’

Pretty Yende, una Traviata adicta a los ‘selfies’

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La soprano Pretty Yende y el tenor Benjamin Bernheim en ‘La traviata’ de Verdi. Ampliar imagen La soprano Pretty Yende y el tenor Benjamin Bernheim en ‘La traviata’ de Verdi.
Javier Heras | 24/09/2019 A A
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Pretty Yende, una Traviata adicta a los ‘selfies’
Ópera La soprano sudafricana se corona en París con el drama de Verdi, en un montaje contemporáneo de Simon Stone, que hoy se emite en directo en Van Gogh desde París
Este nuevo montaje de París supone un acontecimiento por dos motivos. Por un lado, se trata del debut de Pretty Yende como Violetta Valéry. La soprano sudafricana (1985) llevaba más de un lustro postergando un papel para el que no se sentía preparada, no solo vocal sino dramáticamente. Supone el colofón de un ascenso meteórico: alumna de Virginia Davids –la primera mujer negra que cantó ópera en público en pleno Apartheid–, estudió en La Scala y arrasó en los concursos más prestigiosos (Operalia, Belvedere). El Metropolitan neoyorquino la ha abrazado como su nueva estrella por su timbre luminoso, su personalidad magnética y su técnica precisa. Hasta ahora especializada en bel canto, su siguiente reto en la Bastilla será la Manon de Massenet en febrero de 2020. De momento, según Le Monde, su Traviata ha sido «un triunfo».

El  segundo gran atractivo de esta producción –que ha agotado localidades y podrá verse en directo en Cines Van Gogh este martes a las 19:30 horas– es la dirección escénica. El nombre de Simon Stone nos sonará por su ‘Yerma’, la radical adaptación contemporánea del texto de Lorca que en 2016 deslumbró en el National Theatre londinense con Billie Piper de protagonista. Galardonada con el Laurence Olivier, dio el salto a Broadway y se proyectó en cines. El aclamado actor y dramaturgo de 35 años, nacido en Basilea y criado en Australia, ha conquistado Ámsterdam –fichado por Ivo van Hove–, París o Madrid, con su Medea para el Festival de Otoño de 2018.

Admirador del Siglo de Oro, de Lope y Calderón, también director de cine (‘The daughter’, con Geoffrey Rush), suele revisar clásicos –Séneca, Ibsen, Brecht, Chéjov– desde una óptica moderna que los acerca a un público más extenso: «No deberíamos ignorar a los jóvenes; intentemos hablar de ellos para que acudan al teatro». En ‘La traviata’, su primer montaje para la Ópera de París, sitúa la trama en la actualidad. La heroína es una influencer de las redes sociales, una celebridad de Internet al estilo de Kim Kardashian o Paris Hilton, con millones de followers y su propia marca de perfume (Villain). Vive pegada al móvil, a whatsapp, a los emoticonos y los selfies, que se proyectan en una gran pantalla. Pero los mismos seguidores que le otorgaron la fama a base de likes le dan la espalda.

Stone, con frescura y rigor, subraya la soledad e hipocresía de estos tiempos de egocentrismo. Así, enlaza a la perfección con la crítica social que Verdi lanzó allá por 1853. El compositor sabía de lo que hablaba: viudo durante casi una década, en 1848 se enamoró de la ilustre soprano Giuseppina Strepponi, madre de tres hijos ilegítimos. Convivieron en Busseto sin casarse, un pecado por el que los vecinos les hicieron el vacío. Acabaron mudándose a París. El maestro quiso reivindicar a la mujer caída que se redime de su pasado. Por eso le interesó ‘La dama de las camelias’, que por amor abandona a su querido Armando (Alfredo en la ópera), hijo de una familia burguesa cuyo honor no desea manchar. La novela de Alejandro Dumas, hijo, traducida a 100 lenguas, se basaba en una musa real: Alphonsine Plessis, una cortesana cuya belleza y encanto le permitieron vivir con gran lujo, mantenida por los aristócratas, hasta su muerte por tuberculosis a los 23 años. Para la ópera, el libretista Francesco M. Piave (Rigoletto) respetó el texto original, condensado en un drama de interiores. Primero la titularon Amore e morte.

Verdi, que nunca había puesto música a un cuadro de la vida contemporánea, pretendía escandalizar al público al subir el telón con personajes vestidos igual que ellos. El experimento se frustró por culpa de la censura, que obligó a trasladar la acción un siglo atrás. Aquello contribuyó al fracaso de su estreno en Venecia, junto con la interpretación de una soprano demasiado madura y oronda, que no resultaba creíble como una joven moribunda. Con el tiempo, ‘La traviata’ se convirtió en favorita del público. Admiramos tanto la humanidad y grandeza de sus personajes –imperfectos, lejos de los arquetipos caballerescos– como una música inspiradísima, llena de melodías inolvidables (Amami Alfredo, Libiamo). El canto refleja todos los estados de ánimo y los matices del texto, y la orquesta recrea el París del XIX con los bailes de moda (polca, vals).
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