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OPINIóN IR

23/12/2019 A A
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La Navidad es mi momento favorito del año, a pesar de las inclemencias meteorológicas y de las inclemencias políticas. Tuve una infancia poblada por el frío y las restricciones, porque era mucha la modestia en nuestra casa y aquel tardofranquismo no animaba a demasiadas alegrías. Eran noches empleadas en buscar paladas de carbón, mientras la helada caía inmisericorde. Pero como bien dice el gran Manuel Vilas, todo eso, aunque fuera a veces triste y gobernado por la escasez, es lo que nos construye el alma y el carácter. Somos hijos de un tiempo difícil, que, sin embargo, recordamos con alegría, pues todo en la infancia se llena de colores impredecibles, de sensaciones únicas, que probablemente nunca volverán.

El mayor placer está ahora en pensar en aquellos días que gobernábamos en el ámbito doméstico, a pesar de las limitaciones. Nacidos en el campo, nunca creímos que pertenecíamos a un tiempo atroz. A pesar de que León estaba a poco más de diez kilómetros de casa, los viajes a la capital se parecían, al menos antes de empezara el bachillerato, a una exploración de las selvas africanas. No teníamos coche, lo cual implicaba que el mundo era breve a nuestro alrededor, pero el tiempo inmenso, pues se extendía por los caminos de concentración, los nuevos canales que reinventaban la tierra roja, las plantaciones de lúpulo en las que algún verano trabajé, y esos árboles escasos que identificábamos en el horizonte como estrellas de una constelación. Así nos guiábamos. Muchas veces divisaba a mi padre paseando sobre la línea del horizonte. Con seis años, saludaba a mi madre a las nueve de la mañana desde el alto que me llevaba a la escuela: ella esperaba pacientemente en la ventana, de alguna manera distinguía mi pequeña figura allá a lo lejos (hoy me cuesta creerlo) y yo alzaba la mano para decirle que todo había ido bien. Como el marino que manda un mensaje al puerto: una señal de vida. Mi madre y yo nos comunicamos así durante dos años, agitando la mano como una bandera, sin que nada en medio impidiera aquel saludo que nos permitía reconocernos en la distancia y asegurarnos de que todo estaba en orden, de que nos manteníamos a salvo. Y ahora, con el teléfono móvil en la mano, pienso cómo sería si mi hijo hubiera tenido que levantar el brazo desde tan lejos para tranquilizarme el corazón.

Los inviernos eran de verdad eternos. La luz amarilla que caía sobre nosotros en la cocina, donde se amasaba la vida, nos protegía de todo mal. No podías escudriñar la calle oscura (las farolas tardaron lo suyo), nada penetraba la boca negra de la noche. Vivíamos en un globo protector, con un único brazo extendido al mundo. La radio Marconi. Su piloto verde y su dial fascinante, con los nombres de todas las grandes ciudades, nos daba una dimensión casi galáctica, nos colocaba en un mapa cuyo tamaño no podíamos calcular muy bien. El lenguaje, incluso cuando se colaban idiomas desconocidos, nos construía, desde la más absoluta pequeñez hasta lo universal.

La sensación de que éramos los reyes del mundo, aquel mundo limitado por el río, las llanuras desnudas y la sombra lejana pero imponente de las montañas, se acrecentaba, paradójicamente, en los días del invierno. Era cierto que el verano significaba libertad. Tan opuesto a diciembre, agosto nos permitía investigar más allá del territorio conquistado en años precedentes. Sin embargo, el invierno tenía la ventaja de intensificar el sentimiento de pertenencia. La casa era el castillo, aunque fuera inconfortable, y la gente parecía estar más cerca, aunque se parapetase frente a la batalla del tiempo inclemente. Todo se hacía de pronto más concreto, el mundo podía dominarse desde la indiferencia, amparados en la niebla, cercados por nevadas feroces, incluso por inundaciones como las de estos días. Descreíamos de las maravillas lejanas, pensábamos que todo lo hermoso estaba al alcance de la mano, aunque arreciase la tormenta, aunque fuésemos insignificantes. Nos parecía que nada del exterior podría hacernos daño porque nuestro mundo no podía ser observado. Guardábamos el secreto de una felicidad pequeña pero valiosa como un diamante. Lo que ocurría, incluso aquello sensacional, como la llegada a la Luna, o la muerte de Marilyn, nos alcanzó más tarde, como un eco lejano, como un Big Bang que resonaba desde otro universo. Nuestro pequeño planeta era indetectable.

Por supuesto, todo eso terminó. También los mundos ocultos, los territorios salvajes. Claro que gran parte de ese mundo propio pertenecía más a la imaginación que a la realidad, pero eso no importaba demasiado. Y cuando los viajes a León empezaron a hacerse comunes, cuando tomábamos el autobús casi derrotados por la helada negra, cuando lo trivial invadió la esfera de lo doméstico, la magia desapareció y nos dejó desorientados. Habíamos descubierto el lado inconveniente de la vida y no había puerta ni armario para retornar al territorio perdido. Aquellos días en los que acometía con mi madre la tarea hercúlea de levantarnos en medio del invierno hostil para entrar en León muy de mañana, como quien entra en las fuentes del Nilo o en el corazón del Amazonas, se convirtieron de pronto en algo convencional y rutinario, sin peligros ni alicientes, sin sorpresas, sin ningún contenido épico. La vida se hizo plana y previsible, más confortable, quizás, pero sin el vértigo de lo desconocido.

Y hoy, tanto tiempo después, mientras contemplo otra vez esta tierra anegada y somnolienta, recuerdo cuando todo esto nos pertenecía. Era una propiedad sentimental. Ignoro si los niños de hoy también se sienten exploradores a punto de descubrir lugares extraordinarios. Por lo que respecta a los adultos, a las puertas de una Navidad que nos conduce a la segunda década del siglo XXI (el lugar donde nos dijeron que habitaba el futuro), lo único que lamento es que la esfera pública nos haya invadido con tan poca delicadeza. Nos ha secuestrado la intimidad de lo pequeño, nos ha impuesto palabras y frases prefabricadas, que carecen de sabor y de olor, como muchas manzanas. Estamos cercados por una realidad omnipresente, agria y acusatoria, a la que supuestamente debemos contribuir. Nuestra salvación es protegernos del engaño. Volver a la indiferencia. Como Bartleby, esta Navidad alzo la bandera del ‘I would prefer not to’. Preferiría no hacerlo. Perdido el territorio de los sueños, prefiero no hacer nada que contribuya al ruido contemporáneo, a esta espantosa confusión. Aquí estoy y aquí me quedo, contemplando el paisaje cada vez más vacío. Viendo llover o nevar sobre la tierra que un día nos perteneció, cuando éramos reyes.
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