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Pozo del tesoro

Pozo del tesoro

EL BIERZO IR

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Casimiro Martinferre | 12/04/2015 A A
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Pozo del tesoro
Serial Territorio «Gente guapa. Embuchados en moderna indumentaria alpina... "
Las aguas ineludibles. En ningún momento cesa el estribillo líquido en este país del nublo. Los nimbos se desangran en cada filo de las montañas, en cada roble, en cada hierba. Como te marca la arena del desierto, con sus vastos horizontes de dunas y calina, en el territorio es el agua quien te imprime hierro. Aunque aquí lo infinito queda reducido a tímidos recodos, carentes de grandeza pero embebidos en hechizo.

De nuevo hacia el Pozo las Hoyas. He de repetir las fotografías de la semana pasada, velaron al destaparse accidentalmente el tanque de revelado. Intentaré hoy hacer algo más arriesgado, el Pozo merece una copia digna. La merece, además de por la bravura del entorno o la legendaria fortuna que esconde, por la morriña. Sólo me ocurre en este lugar. Cada vez que emprendo el periplo de la senda, es como un viaje de regreso, un modestísimo nostos al punto donde comenzó, hace tantos años, el contubernio que mantengo con la naturaleza y la fotografía.
En esa profundidad jamás penetra la luz. Como caso técnico, de poco sirve analizar el mejor encuadre, o aguardar un momento de claridad especial. La obra ha de diseñarse en el laboratorio, a base de tapados, sobreexposiciones. Oscurecer sombras, realzar blancos, virar.

Más de un mes sin parar de llover, con nieve en los altos. Las piedras rezuman. Con sólo estos pocos últimos días de sol, despuntó un esplendor de líquenes, renacieron los verdes, predomina el imperio del musgo. En este final de enero, hay quien intuye primavera. O por mejor decir, uno necesita confirmar alguna mejoría, sea donde fuere y aunque engañosa, como el trino de los pájaros mudos, los brotes tiernos de las raíces, el calorcito evaporando escarcha.

Acaban de abordarme tres miembros y tres miembras. Me han pillado transgrediendo el código deontológico de la estética, o sea con el ojo pegado a la cámara mientras orinaba entre las patas del trípode por miedo a perder la décima de segundo que marca la diferencia entre una imagen trillada y otra pasable. Gente guapa. Embuchados en moderna indumentaria alpina, proveídos con tecnología digital de cincuenta megapíxeles, a su lado parezco el eslabón perdido del chimpancé analógico. El grupo es una representación de funcionarios autonómicos, juraría nombrados a dedo, de esos que aplican con talante los recursos para una atención integral orientada a la excelencia. No obstante, en la práctica y en la nomenclatura apócrifa figuran equidistantes del progre y el trinqui, del trepa y el mangui.

Así como el guripa es detectado a la legua incluso vestido de seda, el consejero o la asesora cantan a kilómetros. Seguros de sí mismos, mediante tarjeta corporativa. Recién afeitados, maquilladas, repulidos en perjúmenes y prismalós. Siempre con prisa por acceder a todas y ninguna parte, desconocen el motivo que les trae, pero tampoco parece importarles. Caminan a escape, sin tiempo para desperdiciar en donnadies, hablando de lo suyo, de la pomada, consultando a menudo el reloj macizo como si éste fuera una pitonisa. Porque el peluco va más allá del objeto horario: es seña de identidad para un estilo de vida moderno y activo. Lifestyle, para adaptarse al ritmo actual. No es lo que eres, sino lo que tienes, la clase que muestras; para conseguir éxito, debes proyectar en todo momento un perfil de éxito.

Proseguí con la extravagancia de captar un salguero cubierto de perlas, entonces reparé en la bragueta abierta, recordé una risita tras unas gafas ahumadas.

Al rato, volvió a tropezarme el funcionariado, bajo la intemperante Peña el Miel. Ya daban por finalizada la ruta, a causa de la riada. Arrastró, según contaron mientras desfilaban, el tronco que hacía de pasarela. Una de las ejecutivas, morena pelo pincho y gélidos ojos grises, potable incluso sostenible, se detuvo a charlar conmigo. Tal deferencia mereció petaca, le obsequié un trago de ron que al instante puso arreboles en aquellos pómulos alabastrinos. Sugerí la alternativa de vadear en lencería el arroyo, y propuso a la comitiva dar media vuelta e intentarlo. El delegado jefe, desde la distancia le cercenó el cuello, argumentando ser tarde, devorarle el hambre, carecer de víveres, y a mayores tuvo la vulgaridad de restregarle que aún faltaba encontrar cama.

Cierto, la torrentera barrió el Puente las Cabras. No restaba sino el vadeo. El arroyo rugía indómito, pero en este lugar ramificaba tres fáciles brazos. Puse a buen recaudo en la mochila botas, calcetines, bávaro, y en calzones y con la ayuda de un palo procedí. Despacito, afianzando bien los pies a cada paso. Las uñas azuleaban. Cuando alcancé la margen opuesta, enjuto de rodillas arriba, las partes pudendas habían emigrado.

Llegué por fin al Pozo. El estrepitoso abanico de pompas batía la negrura. Rincón notable, en medio de una biosfera espelurciada por la voracidad del negocio. Tragué saliva al borde del abismo, apenas por un segundo pensé en el tesoro allí hundido. Desplegué la parafernalia mecánica, previne con dos lingotazos la explosión de adrenalina. En el límite del vértigo, tiré un carrete de doce.

Escalofríos de bienestar, acurrucado junto a la hoguera. Afilé una rama, ensarté chorizo, panceta, pan. Con otra le atravesé el corazón a una manzana. A fuego lento. Enfrascado en las llamas. Uno está solo si bien se mira, aunque si bien se mira nos acompañe quizás un ángel de la guarda.

San Facundo, enero de 2002
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