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Postales desde el parque (IX): ¿Hombres o muñecos?

Postales desde el parque (IX): ¿Hombres o muñecos?

RETABLO DE FOTóGRAFOS IR

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Agustín Berrueta | 28/08/2018 A A
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Postales desde el parque (IX): ¿Hombres o muñecos?
Retablo de fotógrafos Esta es la propuesta semanal de Agustín Berrueta en la contraportada de La Nueva Crónica, que este verano se convierte en un retablo de fotógrafos, en una mirada actual al mundo a través del objetivo
Mi personaje preferido de las viñetas de Mafalda que creó el genial Quino no es la propia Mafalda. Bueno, sí, seguramente sí es Mafalda porque la cito a menudo, pero tengo especial debilidad por Felipe. Creo que porque me identifico con él en no pocas cosas: le gusta jugar al ajedrez, es hipertímido con la niña que le gusta y es un indeciso patológico. Indeciso no es la palabra, vago es muy fuerte, digamos remolón para las cosas que no le gusta hacer. Lo que le pasa a Felipe es que vive en sus fantasías. Quiere ser El Llanero Solitario, astronauta o mariscal de campo; se imagina haciendo safaris o reencarnado en un personaje del siglo XVII o del 22. Cualquier cosa con tal de retrasar el momento de hacer los deberes del cole («¿Cómo diablos hará mi imaginación para despertarse antes que yo?»).

Con todo, su mayor angustia es tener conciencia cabal de cómo es, unida a un sentimiento de fatalidad inexorable que le hace imposible cambiar: «justo a mí tenía que tocarme ser como yo». En una de las tiras le vemos meditando sobre esa falta de carácter: «En lugar de estar haciendo los deberes me paso el día leyendo historietas. ¡Esto no puede ser!». En la segunda viñeta aprieta el puño y decide que «¡No es posible que no tenga voluntad, no señor!»; en la tercera, se levanta, tira el tebeo al suelo y se pregunta, aparentemente indignado consigo mismo: «¿Al fin, qué soy, un hombre o un ratón?». Pero en la última viñeta le vemos leyendo el tebeo... y comiendo queso.
La pregunta que se hace Felipe es la misma que se hacía el inefable y añorado Pin: «¿Qué somos, hombres o muñecos?». «¡Muñecos, Pin, muñecos!», le contestábamos. Todos somos un poco muñecos y en ocasiones tan patéticos como aquel que iba a rondar a Marieta y quedaba siempre como un gilipollas.
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