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Póngame con el encargado

Póngame con el encargado

OPINIóN IR

24/01/2021 A A
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Póngame con el encargado
Lo mejor-peor de Filomena no ha sido lo atmosférico ni el destrozo material, sino su impacto social. Es verdad que para quien se ha labrado el lomo quitando nieve con una pala untada de grasa de coche lo sucedido en el centro de España le sonará al enésimo caso de ombliguismo de la capital. Pero dejemos a un lado eso para estudiar un nuevo ejemplo de algo tan español como la depuración de responsabilidades.

Pasamos más tiempo buscando al culpable (o al cabeza de turco) de los problemas que en solucionarlos. Todo ello unido a este sano espíritu futbolístico de lanzar balones fuera. En ‘El corazón de las tinieblas’, el documental sobre el rodaje de ‘Apocalypse Now’, se cuenta que Francis Ford Coppola (o tal vez fuese un esbirro, ahora no recuerdo bien) llegó a uno de los lugares de rodaje en Filipinas y se encontró a todo el mundo con un ‘globo’ importante de LSD. Furioso, preguntó quién estaba al mando. «No sé, tío, ¿quieres estarlo tú?», le preguntó el más colgado que pasaba por allí, y Coppola decidió meterlo en una escena de la película.

Vemos casos parecidos continuamente. «Póngame con el encargado» es una frase de lo más común. Y cuando toca conectar la línea de mando para tratar de descubrir qué ha fallado, ésta se descompone mágicamente en un punto. Si a eso le sumamos la hiper-burocracia que gastamos en estas latitudes, comprobaremos cómo la más sencilla de las peticiones («Carrasquilla: ¿Me puede pasar el informe?») se acaba convirtiendo en una odisea en la que nadie mueve un dedo hasta que no esté totalmente seguro de que su respuesta no le va a ‘enmarronar’ de ningún modo. Ergo, las cosas no avanzan.

Traslademos esto a algo tan ajeno a nuestro control como una nevada. Pues bien, incluso aquí vemos peleas por señalar al culpable de que una ciudad quede colapsada bajo toneladas de hielo. Unos señalan a aquella administración por no prever la precipitación, otros a otra por no actuar con suficiente celeridad. Pero nadie nunca hacia sí, y menos aún hacia los extraños mecanismos de la naturaleza que –más allá del debate sobre el cambio climático– provocan algo como lo que se ha vivido en las últimas semanas. Estaba el otro día hablando con unos amigos, que rajaban de lo lindo de alcaldes, presidentes de comunidad y del gobierno, cuando alguien cayó en la cuenta de algo: «Oye, y vaya mierda de árboles que hay en Madrid, ¿no?, que se han roto todos». Ahí ya se hizo el silencio. Aunque también podríamos echar la culpa al árbol y quemarlo.
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