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¿Política? Sí, gracias (I)

¿Política? Sí, gracias (I)

OPINIóN IR

30/11/2016 A A
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¿Política? Sí, gracias (I)
La política. Nadie habla bien de ella. Es una actividad tan despreciada como despreciable. Hecha (y henchida) de mentiras, engaños, traiciones, ambiciones infames. Compendio de todo lo ruin, abyecto, depravado y aborrecible. Así nos la hacen ver y sentir la mayoría de los políticos. Dan pruebas de ello cada día. Sin embargo, ¡oh paradoja!, los necesitamos, los apoyamos, los votamos. Algunos, incluso, los admiran y envidian. Lo más llamativo es ver a políticos hablar mal de la política y los políticos. Escuchen a algunos dirigentes y alcaldes de Podemos. Dan por supuesto que ellos no son políticos porque son distintos. No pertenecen a esa casta de malditos bastardos.

Recuerdo también a Vargas Llosa decir eso de que «la política es una forma de la maldad». Se enteró de ello después de presentarse a la presidencia de Perú. O aquello de Franco: «Haga como yo, no se meta en política». Trump también ha dicho que él no era político ni aspiraba a serlo. «La política es sucia», ha sentenciado. Cuando se exhibe tan descarada muestra de cinismo lo que queda en entredicho no es la naturaleza y la función de la política, sino la democracia. Lo que estorba no es la política, sino la política democrática, el control democrático de la política. ¿Pero es inevitablemente inmunda y perversa la política?

Aclaremos el concepto. En sentido estricto, política es todo lo que hacen los políticos: establecen leyes, toman acuerdos, ejecutan decisiones, controlan su cumplimiento. En una democracia, todo esto se lleva a cabo por delegación, mediante partidos, votaciones y elecciones. El objetivo es ordenar y controlar la vida en común, las relaciones sociales y la distribución de bienes y servicios. Algo imprescindible para que una sociedad funcione.

Pero la política es mucho más. En sentido amplio, política es también todo lo que hacemos los ciudadanos. O sea, todo aquello que está condicionado por el orden y las normas sociales y que, a su vez, condiciona o influye en la vida y el orden social. Podemos decir que todo depende de la política y todo influye en la política. Lo que hacen los políticos condiciona lo que hacemos los ciudadanos, y lo que hacemos los ciudadanos condiciona lo que hacen los políticos. Así que no hay manera de sustraerse a la política. Directa o indirectamente, la política está presente en todo. En todo lo colectivo que tiene que ver con el orden y la vida social, y en todo aquello individual que depende de lo público o social.

Si somos conscientes de qué es la política y cómo influye en nuestra vida, resulta poco coherente despotricar contra la política en general o juzgar a todos los políticos, por principio, como seres corruptos, sospechosos o despreciables. Más aún si consideramos que no hay democracia que no se asiente sobre el ejercicio de la política y la acción de los políticos. La actitud más sensata debiera ser tomarnos en serio nuestra condición política, nuestra inevitable implicación política.

Todo cuanto hacemos, aunque no lo pretendamos, acaba teniendo una repercusión en la política: en la política que hacen los políticos y en la que todos hacemos directa e indirectamente con nuestros actos, no sólo votando o apoyando a uno u otro partido. O te dejas llevar y aceptas pasivamente lo que hacen y dicen los políticos y otros ciudadanos, o decides influir activa y conscientemente en lo que esos políticos y ciudadanos dicen y hacen. Aquí, no hacer es ya hacer. No hay posibilidad de evadirse, de aislarse, de dejar de ser responsable de lo que sucede a tu alrededor.

Por pasiva o por activa, todos hacemos política, todos nos metemos (o estamos metidos) en política. Al negar la política estás haciendo política. Al dejar la política en manos de otros, estás haciendo política. Te puedes alejar de la política, pero la política no por eso se alejará de ti. Si tú no quieres hacer política, otros la harán por ti. No hay escapatoria. Los ciudadanos hemos de asumir responsablemente nuestra condición política: eso significa ser ciudadanos en una democracia.

Que ese compromiso consciente se concrete o exprese a través de un partido, una plataforma ciudadana, una asociación, mediante el ejercicio de una profesión o un trabajo, o simplemente votando, eso ya depende de las preferencias individuales.
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