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Poetas repentistas

Poetas repentistas

OPINIóN IR

04/05/2020 A A
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Poetas repentistas
Las circunstancias, el encierro colectivo y los medios modernos de trasmisión de imagen y sonido, se han aliado para expandir lenguajes inútiles, innecesarios, cuando no ridículos, más atentos a imponer un ‘modus dicendi’ político que artístico. Ellos y ellas, nosotros y nosotras, los españoles y las españolas copan el grueso de los discursos. Amén de palabrejas, como este ‘desencumbrar’ aborrecido por la mismísima RAE

Abundan los ronderos, rondadores, y poetas repentistas, en esta primavera atípica y enfermiza en la que nos hemos tenido que acomodar a ‘lo que haiga’ como aquellos músicos callejeros que llegaban a la taberna con hambre de siete días. Pero no se trata de proteger la España vaciada, o vacía, como sugieren algunos, puesto que ese parece ya un camino sin retorno, sino de conformarse, como en el supermercado, con lo que haya en los lineales, antiguas estanterías. En el supermercado de la cultura parece ser que no se encuentra ya más que esa caducada mercancía.

Juan Rita, repentista murciano, es portada en el periódico, al cumplir 108 años, y, a la vista de su currículum, ya debería haber sido galardonado con el premio Nobel mucho antes que Bob Dylan. En concreto por la profundidad de su pensamiento filosófico cuando afirma que para lograr una vida tan longeva el secreto radica en no morirse. La gran Rosa María Sardá, en cambio, a sus 78 años, y aquejada por un cáncer destructivo, reflexiona y comenta: «Qué complicado es morirse en el primer mundo, y qué caro…» Otra firme aspirante al menos al premio Princesa de Asturias.

Poetas repentistas y ronderos en los balcones, mientras la ministra Celaá se dirige al populacho con un lenguaje incomprensible, y algunos miembros (y miembras) del gobierno, todos ellos tan leídos (y escribidos) y todas ellas tan poetas y tan poetisas, dejan atrás toda atención a un asunto que, por baladí, no les merece la pena dedicar ni una sonrisa: la cultura. Tal vez tengamos que repasar el libro de La Sardá, ‘Un incidente sin importancia’ del año pasado, en el que desvela su visión del mundo. Y de esta España que, como le confesó a Évole el otro día en una entrevista televisiva le resulta de lo más estrambótica: «España, este estrambótico país», le dijo.

Esta pléyade de poetas repentistas abarrota los balcones de las casas, y los escaños del Senado, y del Congreso, adornando el caos de la pandemia con sus verborreas, y los súbditos escuchamos, con estupor, y sin pedir justicia. Pero, como escribiera Agustín Delgado al final de su gran libro ‘De la diversidad’: «La palabra es un jarro de fresas, muerdes y sale sangre».
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