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La Sixtina de Santamar

La Sixtina de Santamar

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Marín de la Red en la nave central del templo de Santamar y al fondo se puede ver el mural del coro dedicado a la Cena de Emaús. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Marín de la Red en la nave central del templo de Santamar y al fondo se puede ver el mural del coro dedicado a la Cena de Emaús. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 21/02/2021 A A
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La Sixtina de Santamar
LNC Domingo Marín de la Red, el artista de Cea, recuerda los seis meses que pasó pintando los espectaculares murales y la cúpula de la iglesia de Santa María del Monte de Cea, un trabajo muy duro, especialmente la cúpula, pero "apasionante como ningún otro que haya hecho"
Marín de la Red mira por la ventana de su casa en Cea, desde la que se divisa todo el histórico pueblo y, como despertando de repente, musita: «La verdad es que soy afortunado, vivo donde quiero, donde siempre he querido, y de lo que siempre he querido hacer, pintar».

Reconoce Marín (Cea, 1962) que esta etapa de su vida de regreso a su pueblo natal cierra su círculo soñado —«siempre tuve la ilusión de volver»— pero han sido bastantes las estaciones que recorrió. «Nací aquí pero mis padres tuvieron que emigrar a Francia y yo me quedé con los abuelos en Castromudarra, que en aquellos tiempos era un pueblo casi medieval, sin luz, sin baño en las casas... hasta que un buen día me meten en un tren con destino a Marsella, que eran dos días de viaje. Así me convertí también en niño emigrante que en aquel largo viaje en tren conocí por primera vez un vater». Fue creciendo y consumiendo etapas y destinos, varios años en el País Vasco, en Navarra y una idea en su mente... «Te llevan de un lado para otro pero yo lo que quería era volver».

Por eso ahora sonríe al recordarlo, ya ha regresado y se dedica a su otro sueño, pintar. «Creo que nací con la necesidad de pintar pues así me recuerdo. Los colores me llamaban la atención y aún mantengo esa fijación junto a los dos elementos que marcan mi trabajo: la luz y el tiempo, me interesan mucho».

Y regresó Marín a Cea. Eran los años 80 y empezaba la conquista del otro sueño, el de pintar y vivir de ello. «Fue todo muy rápido, regresé, me casé a los seis meses por lo civil, siendo el segundo matrimonio civil en Sahagún desde la República... y a buscarse la vida»

Y la onda expansiva de aquellos 80 de ‘la movida’ llegó a Sahagún. «Abrieron allí los dos primeros disco-pub —el Ces y el Califa— y me encargaron su decoración interior, con total libertad, me dejaron hacer lo que quisiera, pintar murales o colgar una Vespa del techo». Y se fue abriendo puertas Marín de la Red, muchas de ellas como muralista. «Estuve dos años completos trabajando en Guardo, tratando de cambiar la cara de la ciudad, poniendo color a una localidad minera y gris... fue estimulante y un gran aprendizaje», además de un buen escaparate para nuevos encargos que llevaron al artista de Cea a lugares realmente ‘mágicos’: «Pude hacerles trabajos a las monjas de Sahagún y de San Pedro de las Dueñas, otra experiencia impagable», que iba compatibilizando con pequeños trabajos en bares, restaurante, hostales e incursiones en la escultura, «como la intervención en el Centro Geográfico del Camino de Santiago, en el que coloqué dos columnas mudéjares de ladrillo con referencias a Alfonso VI y Bernardo de Serinac, abad de Sahagún y tan vinculado al desarrollo del Camino de Santiago».

Todo fue muy rápido, regresé, me casé por lo civil, el segundo en Sahagún desde la República. La movida de los 80 me propició mis primeros trabajos en los dos primeros disco-pubsY este Marín de la Red que protagonizó el segundo matrimonio civil en la comarca encaminó sus pasos hacia la que seguramente es su gran obra, pintar todo el interior de la iglesia de la Asunción de Santa María del Monte de Cea, Santamar como le llaman en la comarca para abreviar su largo nombre. «Había estado en el seminario con don Andrés, el párroco, y pensó en mí cuando tuvieron un dinero para adecentar la iglesia; pronto me entusiasmó el proyecto».

Y así pasó el artista seis meses viviendo en este templo, medio año que recuerda con evidente agrado. «Hice allí muchas horas, muchas veces salí a medianoche, pero estaba encantado, es tan apetecible un trabajo así que no te enteras del tiempo aunque muchas jornadas las acabé realmente cansado. Cuando estaba trabajando en la cúpula, con andamios de aquella manera, me despertaba sobresaltado por la noche creyendo que me caía del andamio».

Cansado para un trabajo espectacular que le cambió por completo el interior de este templo, con murales, cúpulas y retablos que nada tenían que ver con aquellas «paredes blancas, no había nada en ellas».

- ¿Cómo elegiste los motivos religiosos para los murales y cúpulas?
- Cada uno tiene su historia. Como la Iglesia tiene la advocación de la Asunción pensé en ella y me decidí por una interpretación del cuadro de Velázquez, que es de formato pequeño, e introduciendo elementos reconocibles del paisaje de esta comarca».
- ¿Velázquez en una de tus influencias?
- Velázquez es un grande, universal. Tengo otro cuadro titulado ‘El enigma de Velázquez’ que es un estudio de luz y penumbras. No me voy a comparar con él, pero por ahí van las cosas.

Otro gran mural está sobre el coro, el de ‘La cena de Emaús’, en el que «una de las partes del mismo está al lado del baptisterio y otra al lado del osario, lo que nos regala la metáfora del camino de la vida a la muerte y su representación es la que quise plasmar allí».

- ¿Hay un aroma de Miguel Ángel?
- Pues claro, otro referente de los clásicos, aunque yo lo que busco es mi camino, pero en un trabajo así...

Y muchos detalles más, como el trabajo en un retablo que «estaba para el arrastre». Muchas horas en las que le dieron tiempo para todo, «incluso para un fenómeno paranormal».

- Eso hay que contarlo.
- Fue una anécdota. Era un día que trabajé hasta muy tarde, estaba muy cansado y tenía puesta una cinta del portugués Rodrigo Leao y se acabó, pero escuchaba en los altavoces que tenía unos ruidos extraños, susurros, que yo pensé que eran del final de la cinta, que habría otra grabación borrada, no sé. Pero apagué el cassette y los sonidos seguían, me mosqueé, lo desenchufé... y los sonidos seguían».
- ¿Y en qué acabó?
- En nada. Aquel día me fui, estaba  muy cansado y no me volví a preocupar más de los fenómenos paranormales, estaba a otra historia.  

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