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Piel fina

Piel fina

OPINIóN IR

12/07/2020 A A
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Piel fina
Tomé el sol en la terraza en cueros un par de veces esta primavera. El latigazo de calor a los huesos y los músculos les sentó fenomenal. Y pareció que también le vino bien a la piel, para ir espabilando. Semanas después, quedé con un amigo para tomar unas cañas después de meses sin vernos, y fuimos a una terraza con sol y sombra. A la sombra hacía frío y al sol se estaba de lujo, así que no había discusión. Pero dos horas después empecé a notar un picorcito. Me había quemado. Mi colega no se había ni inmutado y yo tenía la cara y los brazos hasta la manga de la camiseta en llanta. Se me rebeló la piel, pensé. No la había entrenado lo suficiente y como el sol es tan traicionero hizo pupa. Lo llevan diciendo años los dermatólogos, pero ni caso. Aunque esos días en que el sol pica que mata desde primera hora lo intuyes: eres como la salchicha Frankfurt que si se pasa de tiempo en la sartén le van saliendo ampollas que más tarde revientan y se resecan. Y luego te la comes con ketchup.

Ni manejo bien la silicona ni me gusta el Loctite. Lo justo para que se den cuenta de qué poco arte puedo tener haciendo uso del pegamento termofusible, del que no sabía si quiera si se podía usar sin estar enchufada la pistola en el acto de sembrar el pegamento líquido. Por eso, el miércoles, cuando hube de pegar unas piezas de plástico que se habían desprendido de entre el parabrisas y el techo del coche, pedí pistola de termofusible (alargador por si la corriente debía ser permanente para el correcto funcionamiento de la pistola) y la ayuda de un compi. Este, sin titubeos, colocó las dos piezas y selló con el pegamento las posibles grietas o huecos que quedaban entre las piezas y la chapa, para evitar que entrase agua, que es muy traicionera también. A cada cordón de pegamento que echaba le pasaba la yema del dedo para aplanarlo y extenderlo bien, como se hace con la silicona y sin inmutarse. Ante el último cordón que echó, yo, tarde y mal, pensé que ya era hora de mancharme un poco las manos también, y no ser tan señorito. Me adelanté para extender el pegamento, y escogí el meñique para la operación. Pero ¡hosti tú!, ¡cómo quemaba eso! Me quejé lo justito, acabamos la faena y todavía quedó tiempo para andarme dando soplidos al dedo el resto de la mañana. Al día siguiente tenía un globito curioso en el meñique, una ampolla orondita y bien rellenita de liquidito transparente. El colega se partió la caja cuando se la enseñé.

Va para una semana que me va acompañando la ampolla. Y me ha dado tiempo a pensar de todo. He dudado de que ahí abajo esté regenerándose la piel y he llegado a pensar que quizá lo de haberme quemado aquel día en tan corto rato y lo de la ampolla en el meñique sean señales para que acabe por reconocerlo: a pesar de que ya no me tomo las críticas de manera personal, tengo la piel demasiado fina.

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