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Otro lugar, otro camino, otra manera de vivir

Otro lugar, otro camino, otra manera de vivir

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\ Ampliar imagen \"Carámbanos multiformes que revisten caprichosamente de hielo las hierbas y arbustos que rodean las pequeñas cascadas del camino\". | LUIS REGALES
Fulgencio Fernández | 04/01/2021 A A
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Otro lugar, otro camino, otra manera de vivir
Tesoros de los lunes El Pico del Rozo, en la Tercia de los Argüellos, es modesto en altitud pero si fuera posible una vara de medir que marcara la escala en belleza este lugar aparecería en todas las clasificaciones. Un hombre de números, Luis Regales, es quien nos lo enseña
Cuando ‘el marqués’ le decía a El Cainejo que le acompañara hasta el alto del Naranjo el paisano de Caín siempre le insistía en la misma pregunta: «Subir se puede, ¿pero a qué vamos?». Y mientras no tuvo clara esa respuesta no le dio el sí a la ascensión que finalmente realizaron. De esto hablábamos en el bar de La Uña, que regentaba un sabio popular, Vicente Chapolines, y éste terció en la conversación: «Perdón que me meta, pero el de Caín tenía razón, a los montañeros no se les debe preguntar dónde van sino a qué van. Y por la respuesta sabes si llegarán».

Para alguien como Luis Regales, que ejerce la para mí extraña profesión de analista financiero, para alguien que pasa la semana entre números y balances, analizando riesgos pero no de subir montañas... que llegue el día libre y decida ir a disfrutar de la naturaleza tiene que ser una oportunidad única de recargar las pilas, de disfrutar de una manera que es difícil de explicar pero necesaria para vivir. En ella está la respuesta a la pregunta de Chapolines.

En la cumbre, rodeado de nieve, aterido por el frío,  disfruto del privilegio que supone dedicar esta mañana de Navidad a cargar mis retinas de imágenes que jamás olvidaréPues él, Luis Regales, es quien nos lleva a compartir una de sus jornadas y su destino favorito: el Pico del Rozo, en la Tercia de los Argüellos, que él mismo nos define: «Es modesto en altitud. No destaca entre sus hermanos mayores que rodean todo el valle de Arbas, pero pocos como él premian tanto el esfuerzo de subir por la empinada pista que desde el pueblo de San Martín de la Tercia nos acerca a su falda. Solo un ‘rancio’ de los que en nuestra tierra abundan tanto, no sabría apreciar su belleza».

Su última subida es reciente, de la mañana de Navidad, con frío y nieve. «El camino, llamado de los Arrieros como tantos otros, transcurre al lado de un pequeño arroyo conocido como Lamoso. Hoy está cargado de carámbanos multiformes que revisten caprichosamente de hielo las hierbas y arbustos que rodean sus pequeñas cascadas».

La cumbre sería el destino, pero el camino es un rosario de agradables descubrimientos que Regales comparte: «La primera sorpresa la recibes en la collada final, donde un antiguo arenero rompe en dos una pequeña cima y la transforma en una auténtica U a través de la cual se cuelan los primeros rayos del sol. Desde la collada el camino lo haces tú. Son poco más de unos cientos de metros entre urces, escobas y diminutos y retorcidos robles que aguantan el viento y el frío. Al llegar a la cresta final te encuentras con un mirador circular que te permite ver todo el valle de Arbas, La Tercia, la imponente Barragana y las Tres Marías, Peña Lasa y el Fontún. Tantos y tantos picos que convierten el horizonte en una auténtica sierra. El fondo del valle está ocupado, en parte, por el embalse de Casares, que se transforma en un espejo que refleja el sol en este día extremadamente frío y que nos regla un cielo azul limpio de estelas de motor».

Curiosa la pasión montañera, singular la sensibilidad de quien llega al espacio buscado. Así se sintió nuestro ‘guía’: «En la cumbre, rodeado de nieve, aterido por el frío, me siento y disfruto del privilegio que supone dedicar esta mañana de Navidad a cargar mis retinas de imágenes que quedarán para siempre en mi memoria. Mire hacia donde mire, solo veo belleza. Cierro los ojos y escucho el sonido del viento que con rabia pasa besando la aguda cresta de la cumbre cuarcítica que en los pocos sitios no cubiertos por la nieve permite ver los coloridos verdes de los líquenes que allí viven durante décadas, mejor siglos, que crecen poco más de un milímetro cada año, y que nos dejan ese lento telegrama escrito en el tiempo: las prisas, aquí, no tienen sentido».

Una sensación así provoca en Luis Regales una certeza, que volverá, seguramente en primavera, buscando otras sensaciones diferentes en el mismo Pico. «Cuando la primavera cambie el blanco inmaculado de hoy por los rosados, violetas y rojizos de los brezos, el amarillo fragante de las escobas, el verde pálido de los jóvenes robles. Será lo mismo que hoy, pero lo veré de una manera totalmente diferente. La montaña tiene eso, cada día te regala una postal diferente».

Regales nos ha regalado la suya, su postal del Pico del Rozo. Y también la reflexión de quien ha conocido la dureza de un año cruel pero también de quien quiere verle la cara positiva, humana, de cercanía con la naturaleza. «Este año que agoniza, que será recordado a lo largo de la historia durante cientos de años, puede que haya sido un buen momento para que todos esos que presumen de haber recorrido grandes caminos por el mundo, pero que se pierden en las calles de su propia ciudad y que no conoce el excelso abanico de paisajes y parajes que nos ofrece esta provincia preñada de belleza que despreciamos como rancios que somos. Cuando como hoy visito una de nuestras montañas y miro a lo lejos solo veo otras montañas. Montañas que no se merecen ser ultrajadas por los aspados molinos qué hasta Alonso Quijano, si estuviera aquí, a buen seguro que combatiría».

Sinceramente, me gustaría que mis cuentas, mis números, los llevara alguien capaz de ver y vivir la naturaleza así.
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