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Patrimonio sensorial

Patrimonio sensorial

OPINIóN IR

01/02/2021 A A
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Patrimonio sensorial
A algunos no nos importaría que nos tuviesen por afrancesados. En nuestros tiempos éramos más del francés que del inglés. ¡Oh, la pérfida Albión! Aunque solo fuera por la revolución francesa, por la poesía de Baudelaire, y por el cine de Godard. Pero también por Brigitte Bardot. Bien pareciera que siempre van por delante, sacándonos unas pulgadas de ventaja. Ahora, mismamente, acaban de solucionar un problema endémico que tenemos en España en ‘la ruralidad’, un trastorno tremendo de la convivencia vecinal entre los paisanos o lugareños y los visitantes capitalinos (de las capitales) el canto de los gallos y el olor a estiércol animal. Y lo han hecho a la manera francesa, de un tajo, y en los tribunales. «Los gallos cantan al día, qué dirá usted; anuncian el nuevo día, así ha de ser», cantábamos con languidez. Y en los versos de Lorca siempre había gallos cantores, algo que tanto parece molestar a ciertos exquisitos visitantes de los pueblos vaciados de hoy.

La justicia francesa acaba de declarar «patrimonio sensorial» al canto matutino de las aves corraleras (de corral) junto con el olor a establo (cucho en asturiano; abono en lleunés) por culpa de que un tal Sr. Ardech matara al gallo de su vecino por molesto. 300 euros de multa y castigado como delito de ‘coquicidio’. Patrimonio sensorial de la humanidad el olor y el canto. Al cronista, ahora, le gustaría ser afrancesado. ¿Dónde tramitar la solicitud? Consulta para el amigo Marcelino Llamazares, de Roderos, su hombre en León. Pero importa mucho que este asunto quedara resuelto antes de que se nos presente la «demencia sobrevenida» como la que alega Marta Ferrusola (no tenim ni cinq) para librarse de responsabilidades.

Y, mientras tanto, seguiremos buscando el libro ‘La vida juega conmigo’ del judío Vasili Grossman, a quien, tras la muerte de su hijo en el frente, le pregunta la otra hija: «¿Seguiremos viviendo, verdad? Yo quiero seguir cantando en el coro, riendo como siempre y aprendiendo a tocar la guitarra». Cuenta la vida de una represaliada por Stalin, aquel que aseguraba que «la muerte de un hombre es una tragedia, la de millones de hombres es una estadística». Aunque, bien mirado, cuánto mejor no sería dedicar «el tiempo que nos queda» a trapichear con pangolines chinos, que es la última moda, y dejarnos de pensar y discurrir. Aunque, cuando el presidente Sánchez ponga en marcha lo de los ‘empleos verdes’ para la juventud con los dineros que van a venir de Europa, a lo mejor nos conviene volver a afrancesarnos. Porque la inmunidad de rebaño parece que no acaba de llegar. ¡Ay, Brigitte Bardot, patrimonio sensorial!
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