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Pásate al verde

Pásate al verde

OPINIóN IR

03/04/2020 A A
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Pásate al verde
Marzo, mes florido que acogió la llegada al mundo del italiano Antonio Vivaldi, el músico al que también se conocía como el cura rojo debido a ser cura y pelirrojo y también al filósofo francés René Descartes, además de otras personas de escasa o ninguna nombradía tal es mi caso, nacida en El Bierzo rural como es Busmayor y pronto avecindada en el minero Fabero, donde conocí el complejo, rico mundo de las palabras al tiempo que el titánico oficio de extraer el carbón desde las entrañas terrenas, realidad inexistente lamentablemente en la actualidad.

Marzo, mes hasta hace poco deseado, atractivo, convincente, lleno de bondades según pregona la sabiduría popular en el refranero ha dejado de serlo. Pues sin ningún miramiento ha ‘engullido’ ante todo solitarios, luminosos ancianos a raudales. Por ello tal mes abrazado a 2020 será recordado como un oscuro criminal sin pausa. Sí, el pandémico coronavirus ha entrado por su mano arrasando en residencias, hospitales, pisos, trenes, iglesias, aeropuertos, gimnasios, campos de futbol y parques. Pero no, tenemos que vencerlo, cuando menos elevar el ánimo en este difícil confinamiento, en este mes traicioneramente mortal, en estas horas caóticas, confusas en las que hay numerosa gente que ha sufrido y sufre sin saber, yo tampoco, cuánto nos quedará todavía. Pero, en honor a la verdad voy a relataros cómo se ha portado conmigo la primera quincena. Tal vez así os despeje un poco la mente, incluso hasta se detenga algo la sonrisa en vuestros labios. No pase de largo. ¡Cómo me gustaría que desinfectaseis vuestras manos con unas gotas de ilusión! Vamos a ello, pues.

Esos días anduve, ajena a lo que iba a venir, claro está, por varios sitios estupendos. Hollé con complacencia pese a la lluvia, a veces, la cencellada, otras, incluso la nieve, la Selva de Irati. Gocé también con la contemplación lenta de sus serenos caballos blancos, acercándome a ellos con cierta beatitud suplicante, por su parte, de unas manzanas que digerían gustosamente según se apreciaba en su mirada fraterna, próxima. Bueno ha sido ‘merodear’ asimismo por Rocesvalles. Carlo Magno y Roldán paseaban por mi magín muy amistosos, o contemplar el bello cementerio, uno de los más bellos de España, o por lo menos original, de Auritz-Burguete, obra de Gortari Beiner, ya nevado ya con hierba visible, con sus calles bien delineadas más estelas discoidales, llamándome la atención en particular una cincelada con la estrella de David y la cruz cristiana, situada a la entrada, entre rejas, bien cerrada, tal vez perteneciente a un judío converso. Pero si este cementerio impone, tranquiliza, incluso emociona, me ha sucedido idéntico con el maravilloso mausoleo dedicado al tenor Julián Gayarre en el cementerio de su pueblo, Roncal, creación de Mariano Benlliure.

Y si el sol apenas disipó la bruma o cencellada en bastantes ocasiones como sucedió en el camino a Ochavía momento en el cual se impuso el regreso a casa, es decir al hotel, la verdad es que fue generoso en Pamplona. Aquí hay que reconocerlo se portó estupendamente. Además en la Plaza del Castillo gocé un montón sentada en un banco junto a un acordeonista rumano de considerable edad que con toda cortesía se quitó la visera para interpretar unas piezas, francamente bien tocadas.

Entonces no pensaba yo que pronto, en concreto el día 14, España entera entraríamos en un confinamiento con todas las de la ley en el cual proseguimos.

Y como he prometido no articular mi columna en torno a tan terrorífico virus me engancho a otro asunto no arrebatante, no, pero sí arrastrador de gran gentío todos los años en la capital de las manifestaciones, más en concreto en el parque del Retiro deseoso de ver con calma cruzar las nubes por el azul casi siempre intenso. Me refiero a la 78 Feria del Libro de Madrid, 2019 y con más detalle al periodo del 31 de mayo al 16 de junio con sus 355 casetas en movimiento. Pues bien, ahí tomé la idea del eslogan que da pie a esta columna, ‘Pásate al verde’. Pese a tanta algarabía lo anoté en mi cabeza y borrándole el carácter mercantilista o bancario que lo alienta obedeciendo a los intereses de la empresa cuyo nombre no voy a señalar, organizadora del evento tal como informa el programa de mano correspondiente a la nombrada Feria en la cara trasera. Y aclaro más aún. Acudo al verde porque en la ceremonia de la vida en España el color verde, aparte de otras buenas cosas, simboliza fundamentalmente la esperanza. Ahí está el refranero mostrándolo o el maravilloso romance lorquiano dedicado a Gloria Giner y Fernando de los Ríos, ‘Romance del sonámbulo’, salpicado todo en abundancia por el estribillo «Verde que te quiero verde». Precisamente a este hermosísimo romance interpretado con maestría desde Margarita Xirgu a Manzanita pertenece el racimo de versos que lo portica recogidos aquí: «Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura /ella sueña en su baranda, / verde carne, pelo verde, / con ojos de frío plata. / Verde que te quiero verde.»

Pasémonos al verde, pleno de esperanza. Nos interesa. Nuestra salud la necesita. Como afirmaba George Steiner «somos los invitados de la vida». El cielo ya se anubla menos.
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