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Para Elisa

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CULTURAS IR

Detalle de la primera hoja del manuscrito de ‘Los santos inocentes’. Ampliar imagen Detalle de la primera hoja del manuscrito de ‘Los santos inocentes’.
Rafael de Garnica Cortezo | 25/10/2017 A A
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Para Elisa
Literatura y sociedad Artículo de Rafael de Garnica, catedrático de Zoología de la ULE, con motivo de la celebración este jueves de la II Jornada de caza, pesca y naturaleza en el Centro de Idiomas de la ULE organizada por la Fundación Miguel Delibes
Querido Sócrates:  

Antes de comenzar la primavera, recibí el encargo de preparar una charla sobre un libro de D. Miguel Delibes para una jornada dedicada al papel de la trucha en su literatura. Como para algunos deberes soy muy bien mandado, pensé en varias alternativas y, después de releer ‘Mis amigas las truchas’, saqué notas y escribí comentarios. El caso es que, hace casi una semana, tuve que ir a Valladolid para resolver algunos asuntos que me dejarían bastante tiempo libre.

Unos días antes, llamé a Elisa Delibes por ver si podría hablar con ella y exponerle la idea que pensaba desarrollar y si, con su apoyo, podía conseguir imágenes para ilustrar mi charla. Al fin y al cabo el escritor era su padre y yo no quería cometer un error.

Su respuesta fue rápida y positiva. Me convocó en la sede de la fundación que lleva el nombre de su padre. Unicamente me puso una condición. A determinada hora, nuestro encuentro debería acabar porque ella debía recoger a sus nietos del colegio. Yo acepté.

Llegada la fecha, acudí a la fundación. Para un lector-seguidor, todo aquello que rebase las páginas del libro y se interne en la vida del escritor, sobrepasa el nivel de interesante y se convierte en algo emocionante.

Me esperaban. Casi me sentí importante. Rápidamente pasamos al tema de mi interés aunque me mostraron que el material que buscaba era escaso. Me regalaron un par de libros uno sobre su lenguaje, como un diccionario delibeano, y otro sobre sus dibujos.

Después, mientras aguardaba mi cita, pregunté en donde se custodiaba físicamente el legado de D. Miguel. Diligentemente la funcionaria se levantó y me condujo a una sala de trabajo que daba a una habitación cerrada, impoluta, con estanterías llenas de archivadores cuidadosamente encuadernados. En un armario aparte estaban los manuscritos, cada uno con su caja confeccionada a medida. Pedí si podía ver alguno, me escogieron uno. Lo abrió y apareció un paquete envuelto en suave papel blanco, atado con una cinta. La desanudó y descubrió un montón de cuartillas de papel modesto, algo envejecidas y cuidadosamente amontonadas. Era el manuscrito de ‘Los santos inocentes’. Me sorprendió desde la primera hoja en la que estaba escrito el título junto con una suma, casi en la esquina. En la segunda un nombre en mayúsculas - El Azarías-. Después, el texto escrito a pluma. Todo extraordinariamente ordenado. Uno casi podría encuadernarlo con el pensamiento y ponerse a leer. Se me permitió hacer un par de fotos pero enseguida pedí que lo guardara, temía ser desconsiderado.

Apareció Elisa, menuda, activa, sencilla y seguramente con bastante más fuerza, decisión y mano izquierda de lo que parece.

Habló algo con la gente y, sin ningún comentario previo, me propuso salir para mostrarme el despacho de su padre.

Ya sabes, Sócrates, que siempre quise conocer a D. Miguel aunque no me fue posible. Por eso quedé algo chocado, pero no lo suficiente para dejar escapar la oportunidad. Era un regalo sólo soñado.

Mientras atravesábamos el centro de la ciudad, Elisa me relató las dificultades para musealizar la casa del escritor.

Llegamos al portal, ella lo abrió. Generalmente cuando entro en casa ajena siento cierto pudor que me cohíbe porque, hay veces que se descubren intimidades que pesa conocer. Pero había que elegir. Era la casa de mi escritor y estaba muy emocionado de conocerla.

Yo esperaba una visita entre educada y demostrativa, pero no fue así. En el ascensor, mi pensamiento me oprimió, quizá por lo reducido del espacio. Sentía que estaba no, frente a, sino ¡dentro de! el espacio que cotidianamente ocupara D. Miguel. Quizá allí hubiera subido con un mollete de pan, inquieto por escribir una frase que al fin hubiera compuesto durante su paseo, o simplemente llevando una cesta de truchas a su vuelta de una excursión a Sta. Marina del Rey. Mientras, Elisa se movía con la naturalidad de estar en su casa.

Sócrates ¿ sabes que en este momento , mientras te escribo ,la pluma se me agarra y me cuesta continuar?

Entré en el salón, luminoso, sin estridencias, pero con un sencillo Vela Zanetti. Tres largos sofás me sugerían la foto de una familia numerosa el día de su cincuenta cumpleaños. Elisa me invitó a sentarme y me ofreció una cervecita mientras me mostraba la mecedora en donde el escritor, ya enfermo, recibió a los reyes. Sin casi pausa me reclamó hacia la habitación contigua ¡el despacho! Allí estaba la mesa sobre la que tanto había escrito y quizá luchado contra algún personaje que se resistía a saltar al papel. Es una robusta mesa castellana, pulida por el uso y que seguramente tendrá más de un par de generaciones. Había dos sillas, una a cada lado, como si una esperara al escritor y otra a su visitante. A la espalda, un retrato de señora de rojo sobre fondo gris. En las paredes, una biblioteca empotrada, con un hueco en el que hoy hay una caricatura del escritor y en tiempos tuvo otros retratos. En otro recuadro, una foto de él con Angeles, su mayor pérdida. Finalmente me mostró el cuarto contiguo, austero, con una sencilla cama y las paredes cubiertas de libros, nada aparatosos, simplemente ediciones de tapa blanda. En los estantes reconocí un pequeño y precioso bronce de Josechu Lalanda. El resto austero.

–Aquí murió– dijo Elisa. La verdad es que me sentí impresionado, no por el lugar de la muerte, a mis años he tenido que ver varias, sino por la proximidad a uno de los actos más íntimos de la vida de una persona.

De nuevo en el salón intercambiamos notas. Luego, cumpliendo la condición previa, se levantó para ir a buscar a sus nietos.

-Quédate y cuando termines te vas- dijo Elisa cortante

No sabía cómo escabullirme.

-Y... si viene alguien, le dices que eres un amigo- después... ¡desapareció!

Exploré un poco la biblioteca, lo que no deja de ser entrar en la mente y el mundo de su propietario. Consulté un libro, saque unas notas y lo dejé respetuosamente sobre la mesa de D. Miguel. Apagué una luz, di un último vistazo, acaricié la mesa mientras pensaba en escribirte y, salí respetuoso, dejando la puerta cerrada a mi espalda.
Sentía cierta vergüenza y confusión por haber irrumpido así pero también me sentía feliz.

¿Que buscamos cuando nos acercamos a la vida de un escritor, un deportista, un músico, un torero ...?

Yo creo por una parte que, compartir una chispita de su gloria, pero sobre todo , experimentar algo de lo que ellos experimentan cuando hacen lo que nosotros admiramos.

Es como si lográramos entrar en sus pensamientos, sensaciones y vivencias. Los hacemos un poco colegas. Lo malo es que no sabemos medir nuestro entrometimiento.

Querido Sócrates. Acabo de reparar en que esta carta se la debería de enviar a Elisa, para darle las gracias por haberme acercado de una forma tan personal e intensa a la intimidad de su padre.

...Tendrás que conformarte con que te haga una fotocopia.

Siempre tuyo.

Ornis
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