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"Por nuestro hijo bajamos al pozo de los infiernos"

"Por nuestro hijo bajamos al pozo de los infiernos"

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Manuel y Toñita, detrás de dos fotografías de su fallecido hijo Manuel Moure, desvelan los ocho años que llevan esperando justicia. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Manuel y Toñita, detrás de dos fotografías de su fallecido hijo Manuel Moure, desvelan los ocho años que llevan esperando justicia. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 11/04/2021 A A
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"Por nuestro hijo bajamos al pozo de los infiernos"
LNC Domingo Manuel y Toñita perdieron a su hijo Manuel Moure en el accidente de La Vasco en 2013, que fue tan solo el comienzo de un largo calvario de dolor y soledad, de buscar justicia. Siguen esperando mientras recuerdan este duro camino y la memoria "del mejor hijo del mundo, al que le debemos esta batalla"
Manuel Moure, 35 años de mina, hijo y padre de minero. Gallego de nacimiento, que llegó a Ciñera de Gordón con 4 años de edad cuando su padre vino a trabajar en la mina, ya es un gordonés más. El 28 de octubre de 2013 salió a dar una vuelta por Ciñera y allí escuchó que hubo un accidente en la mina. Su hijo estaba trabajando.

Regresó corriendo a su típica casa de minero en la calle central del pueblo, llamó nervioso por teléfono a la empresa y allí una señorita «me cortó, me dijo que no podían decir nada». Colgó, cogió su coche y marchó hacia el Pozo Emilio del Valle y al apearse en la explanada «me dieron el pésame. Me acababa de enterar que mi hijo Manuel Antonio era uno de los muertos».

Se queda callado y Toñita, su mujer, a su lado como lleva en toda esta larga batalla, apostilla: «Así nos enteramos de su muerte… de la empresa todavía estamos esperando la primera llamada, ni para dar el pésame».

Su hijo, Manuel Antonio Moure, tenía 40 años, estaba casado y tenía una hija de solo 40 días. También minero desde muy joven, como su padre y su abuelo, con 20 años de mina.

Escuché que había un accidente y marché para el pozo, al apearme me dieron el pésame, así me enteré de que se había matado mi hijo. De la empresa todavía estoy esperando una llamada  Se le vino el mundo encima a Moure ‘padre’ cuando supo el fatal desenlace pero pronto le salió ese espíritu indomable y se enfadó cuando vio a los sindicalistas por allí, con la cabeza agachada: «No hay que agachar la cabeza, hay que hacer justicia, y los culpables de estas muertes están todos ahí juntos, en la oficina, mientras mi hijo y sus cinco compañeros están tirados en el suelo de la lampistería como perros, vigilados por un GEO».

Así comenzaba una pesadilla en la que Manuel Moure se ha sentido demasiadas veces solo. Casi ocho años de soledad esperando un juicio que estaba anunciado para el lunes 5 de abril de 2021. En el banquillo 16 directivos, ingenieros y vigilantes de a la Hullera Vasco Leonesa, con el presidente Antonio del Valle a la cabeza. Allí estaba Manuel, a primera hora, con Toñita, que llevaba seis rosas rojas, una por cada fallecido. Pero una hora después de iniciarse se suspendió. «No entendíamos nada, yo quedé paralizado».

Otro hijo de Manuel Moure, residente en Cataluña, había venido esta semana para estar con sus padres durante el juicio porque sabe lo duro que va a ser para ellos revivir el peor día de sus vidas. Y se tuvo que ir como había venido, no se sabe cuándo se va a reanudar.

- Si lo que pretenden es que nos cansemos, que eso parece, no lo van a conseguir. Iremos hasta el final; avisa Toñita, sentada junto a Manuel debajo de un cuadro con una foto de su hijo muerto en la mina.

- Que lo tengan muy claro, yo por mi hijo bajo al fondo del infierno; añade Manuel, que siempre habla muy claro, que jamás ha torcido el gesto, que acude a todos las citas con algo que recuerde a los fallecidos, una camiseta con sus nombres, el casco de ‘Manolín’… Y siempre tiene algo que decirles a los acusados, para que no olviden que está allí el viejo minero pidiendo justicia. «Se lo debo a mi hijo Manuel y voy hasta el final».

Y recuerdan Manuel y Toñita que unos días antes del accidente, cuando en el ambiente ya rondaba la posibilidad de un accidente, que su hijo comentó: «¡Cómo me pase algo se enteran en la empresa!».

- ¿Y si no estás para hacérselo saber?; le preguntaron.

- Alguien estará; recuerda su madre que fueron las palabras de Manuel Antonio. Y su padre remata la frase: «Y ese alguien era yo, éramos nosotros, pues bien sabía que daríamos la cara por él».

- Nosotros lo único que defendemos es la dignidad de nuestro hijo, que nadie crea otra cosa, porque era el mejor hijo del mundo; dice Toñita entre lágrimas mientras señala a un cuadro de Manuel colgado en la pared: «Es lo único que nos queda de él, los recuerdos, la nieta. Le destrozaron la vida a él y nos la destrozaron a nosotros».

Para Toñita y Manuel estos ocho años han sido un calvario. «Hemos estado en tratamiento psicológico pero la pena no tiene tratamiento. Yo no puedo salir a la calle si no es con Manuel, me entra una cosa por el pecho que me ahogo».

- Y las noches son terribles, inacabables. No dejo de darle vueltas a la cosa, a pensar en el accidente, en que jamás se debería haber producido. Y vueltas. Por la mañana la ropa de la cama está como si se hubiera caído desde un avión al suelo por las vueltas que he dado.

Cada noche de estos casi ocho años es un tormento, no dejo de dar vueltas, pienso que aquello se podía y debía haber evitadoCon frecuencia repiten una frase, uno u otra. «Era el mejor hijo que se puede tener; buen hijo, buen compañero en la mina, alegre, extrovertido, siempre gastando bromas, deportista, solidario, practicaba todo tipo de deportes de riesgo: barranquismo, cursos de agua, montaña…». Recuerdan que al salir de la mina, antes de regresar a su casa en León, siempre pasaba a ver a sus padres y siempre les gastaba alguna broma. «Compraba cosas de esas de las tiendas de bromas y, de repente, estabas comiendo y se movían los platos… hasta que soltaba la carcajada».

Y de lo que más orgullosos están sus padres: «Era buena gente, muy humano, solidario. Las últimas vacaciones se fue a Nicaragua, llevaba una bolsa enorme cargada de lapiceros, cuadernos, juegos, para darles a aquellos niños, material escolar. Y dinero, todo el que tenía en la cartilla. Llegó a casa sin un euro en el bolso, ni un euro, pero nos dijo: Vengo más contento que la leche… el dinero se vuelve a ganar. Ése era Manolín».

El pasado lunes, a la entrada del juicio que poco después se suspendería tuvo Manuel una nueva sensación de desamparo, más allá de la lejanía de ‘la empresa’. «¿Viste los que éramos? Cuatro familiares directos ¿Dónde está esa solidaridad de los mineros de la que tanto se habla? ¿Y los sindicatos? ¿Sólo dura hasta que se prejubilan?». Y dice una frase que repite varias veces: «Cuando yo estaba en la mina y pasaba algo así se decía que se paraba y se paraba; daba igual lo que dijera la empresa, se paraba y para el exterior».

El pasado lunes, a la salida del suspendido juicio ocurrió algo que encabronó profundamente a Manuel, ya acostumbrado a que nadie responda a sus preguntas cuando les grita a los encausados. Esta vez no era él, a quien no miran a la cara, quien protestaba, era una joven de 18 años, huérfana de uno de los seis fallecidos y que también perdió a su madre después a causa de un cáncer. La chica le dijo al ‘plantilla’: «Esto lo podíais haber parado». Y el personaje se volvió hacia ella y le dijo: «Yo estoy contento ¿Tú estás contenta?».
Manuel menea repetidamente la cabeza. Parecen golpearle dentro estas indecentes palabras. «El abogado cuando lo escuchó quedó de piedra. Eso no me lo dice a mí ese sinvergüenza».

Y reflexiona Manuel, que vivió la vieja mina, sobre que estos hechos y el accidente lo que reflejan es el deterioro de la todopoderosa Hullera Vasco Leonesa, sobre cómo «ha degenerado en los últimos años. Se les olvidó lo que es una empresa minera para convertirla en una máquina de hacer dinero. Pone un ejemplo que le parece definitivo: Pusieron un director que venía de una fábrica de muebles y que él mismo decía: ‘yo de mina no sé nada, yo de lo que sé es de esto (y hacía con sus dedos la clásica señal del dinero). Y así fue una cadena de degeneración, de arriba abajo. Se metían en los puestos de responsabilidad a los serviles con la empresa y a los que vendían a los trabajadores y la situación de éstos iba empeorando de manera evidente».

Para Manuel, con 35 años de mina, hijo y padre de mineros, no hay ninguna duda de que hubo un tremendo fallo de seguridad. «A mí que no me cuenten películas que sé lo que es la mina. Lo sabía todo el mundo que había mucho peligro. Que se hacían trampas sobre la seguridad, que habían metido plantillas que eran unos sinvergüenzas con los compañeros pero muy dóciles con la empresa; altos cargos que firmaba los informes de seguridad comiendo en un restaurante de la comarca, se los llevaban allí y los firmaba a los postres…».

Y Manuel va detallando uno tras otro detalles técnicos que hablan de este clima de inseguridad, de cómo estaba en el ambiente… «Pero verás como el día que vaya a declarar, si es que voy algún día, no me preguntan por la mina, que es de lo que sé. A mí qué me cuentan de seguros ni mierdas, el que la hizo que la pague, es lo mínimo».

Cuando hace el recuento de quienes acudieron a la puerta de los juzgados el pasado lunes Manuel Moure también echa en falta a aquellos que el día del accidente estaban con la cabeza agachada. «¿Qué pasa con los sindicatos? ¿Porqué no han puesto ninguna denuncia a la empresa ninguno de los cuatro que tenían representación? ¿Alguien ha estudiado o reparado en cómo se han prejubilado alguno de ellos en cuatro días?, otros han ascendido en el organigrama sindical. También los estamos esperando, como a la empresa, pues por casa pasó uno de USO a decir que tranquilos, que estamos en ello… y hasta hoy. Los otros ni pasaron».

El lunes estábamos allí solos ¿dónde está la solidaridad minera?, ¿dónde están los sindicatos que no han puesto ni una denuncia?  No todo son reproches, Manuel tiene entre sus mejores recuerdos el comportamiento de un antiguo compañero, Miguel Ángel González, de Serrila, ingeniero de minas «un paisano de los pies a la cabeza», y autor de un detallado informe sobre el accidente en el que es contundente en sus conclusiones: «Las deficiencias en seguridad eran palpables y conocidas por los mineros»; y detalla numerosos datos que avalan su afirmación, las mismas de las que hablaba Moure. «Miguel Ángel mamó la mina, trabajo en La Vasco, sabe de lo que habla, pero…».

Pero ahora se enredan en un lío de seguros, se suspende el juicio, Moure y Toñita regresan a su casa en Ciñera, a sus noches terribles, su hijo vuelve para Cataluña como vino, sin acudir al juicio por la muerte de su hermano, sin saber cuando se reanudará, sin saber qué hay detrás de esta suspensión, sospechando… «Me voy a volver loco de tanto intentar saber qué ocurre... o saco la carrera de Derecho».

- ¿Bajaréis la guardia, os cansaréis algún día?

- Jamás, se lo debemos a nuestro hijo, el mejor hijo del mundo. Por él bajamos al pozo de los infiernos.
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