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OPINIóN IR

11/02/2021 A A
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Sigue muriéndose gente a mansalva (nueve el domingo y nueve el lunes, sólo en León) por culpa de la mierda del coronavirus. No obstante, nuestros gestores políticos dicen, a todo el que tiene la desgracia de escucharlos, que la ‘tercera ola’ está siendo sometida. ¡Pues menos mal!, joder, porque, de no ser así, no quiero ni pensar en la gente que tendrá la desgracia de palmarla. Esto del coronavirus, al final, va a ser cuestión de tener suerte o no; es como si vas a ver un partido al campo del Madrid o del Barcelona y entre los setenta mil espectadores que abarrotan las gradas va la puta paloma y te caga a ti. Pues lo mismo. Olvídate de lo de la distancia de seguridad, de lo de los bozales, de lo de lavarte las manos hasta borrar la chuleta que preparaste en el bachillerato... deja todo a un lado y reza al Dios en el que crees para que se infecte el vecino, o el enemigo, o tu ex o la madre que les parió, pero que a ti, merced a las plegarias, te libre de beber ese amargo cáliz. Si lo haces así y tienes la desgracia de poseer todavía un átomo de humanidad, librarás la vida, pero, sin duda, lo que te quede de ella, estará llena de remordimientos y de malas digestiones. Y, además, ¿por qué te tendría que satisfacer a ti el Dios en el que crees y no a tu vecino, a tu enemigo, a tu ex o a la madre que los parió, mayormente porque ellos le habrán pedido lo mismo? Qué pasa, ¿qué tú eres más guapo, más piadoso o más rico que ellos? Y si, para tú desgracia, no crees en ningún Dios, omnisciente y omnipotente, pero sí crees en el partido que escribe todos y cada uno de tus actos, desde que naces hasta que mueres, pues, querido, más de lo mismo, con la salvedad que el creyente espera alcanzar una vida mejor después de la muerte y a ti el máximo consuelo que te quedará es que habrás hecho algo para mejorar a la humanidad, que hay que joderse con la arrogancia que gastamos. Así que, después de esta murga que os he metido por la escuadra, lo único que os aconsejo es seguir aquel dicho que sonaba en mi pueblo después de haber embutido varios vinos al coleto: «bebed, hermanos, y entregaros a locos devaneos. La vida es breve y pensar en la muerte, un desatino». Al final, van a tener razón los árabes y va a resultar que todos llevamos el destino escrito en nuestro ADN y que no podemos hacer nada para cambiarlo. Uno nace rico y otro pobre; uno vivirá más años que otro; uno llevará una vida feliz y el otro será desgraciado. Sólo nos parecemos, el desdichado y el satisfecho, en que ambos tenemos que morir. Esta afirmación era una verdad como la Catedral de León de grande y no admitía reparos ni atajos. El asunto es que, por desgracia, los ricos mueren mejor, con más salud y más felices que los pobres. Si es que mueren... porque todos sabemos que los mejores investigadores del mundo se están rompiendo los cuernos para conseguir que el Hombre, como género, viva más tiempo (casi ilimitado), consuma más, gaste más y trabaje menos, que a uno le encantaría saber como lo van a conseguir. El capitalismo salvaje en que vivimos no puede parar. Si no se produce más, si no se gasta más, eclosionará y ríete tú del Big Bang. Es una huida hacía adelante que no tiene meta ni fin y de la que sólo se benefician los más pudientes y los poderosos. ¿Y qué será de los pobres? No le deis vueltas: son carne de cañón, meros peones cuya vida o muerte no valen nada y que, además, son prescindibles. Una bicoca, vamos.

Lo más curioso es que ya no quedan referentes en el mundo que luchen contra estas desigualdades. Sin ir más lejos, el país más poderoso del mundo, China, es el más capitalista del todos, aunque lo gobierne una élite que se dice ‘comunista’. ¡Hasta Venezuela está a punto de rendirse con armas y bagajes a las mieles y a los cantos de sirena de la mayor religión que hay en el planeta Tierra! Pueden hacerlo, por supuesto, puesto que ellos tienen las mayores reservas de petróleo y gas natural que quedan y, por mantenerse en el poder, no dudan en hacer suya la célebre frase de aquel rey francés que dijo aquello de ‘París bien vale una misa’. Y volvemos siempre a lo mismo: ¿qué coños tiene el poder para que nadie quiera abandonarlo? Que se lo pregunten a nuestros políticos, a todos ellos, y sobre todo a los que predican una cosa y hacen otra. Lo verdaderamente molar del tema es que algunos mueren sin saber por qué, como si esto fuera una guerra en la que todos fuésemos soldados y, en cambio, no hubiera campo de batalla. Aquí, en León, para nuestro pesar, sufrimos más las consecuencias de este desastre, porque somos pocos, viejos, cansados y pobres. Los madrileños, los catalanes, los vascos, saldrán mejor que nosotros de esta pesadilla. Ellos son mucho más ricos y mucho más jóvenes que nosotros. A uno le da mucha pena esta situación. Nos olvidamos que somos, para bien y para mal, los padres de esta nación que ha dado al mundo algunos de los mejores hombres que han vivido bajo el sol. Pero, ya sabéis lo que dicen algunos, hay que renegar de los padres... Salud y anarquía.
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