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Otoño

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09/11/2018 A A
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Otoño
Llegó el otoño, un poco tarde, pues antes, cuando no correspondía, tuvimos un invierno, un verano y un invierno, todo ello en veinte días de septiembre. Para que luego hablen de febrerillo loco. Más bien septembrillo loco, diría yo.

Pero ya está aquí.

El otoño de la caída de las hojas. De ese pausado alfombrado del suelo, maldición para los barrenderos y jolgorio de los niños, al menos de los niños de antes, que los de ahora, como no lo vean en el móvil…

El otoño de las castañas y los membrillos.

El otoño de las setas, aunque este año la cosa está de color hormiga. Hizo calor cuando tenía que llover y llovió cuando tenía que hacer calor. Y ahora mismo las perspectivas no son mejores, porque, sí, está lloviendo, pero luego se necesita temperatura y, a estas alturas de la película mucho me temo que ná de ná. Y mira que este es el mes de las setas, en una provincia que de eso tiene, debería tener, mucho y bueno.

Y como es otoño, y son las setas, la Asociación Micológica ‘San Jorge’, impasible el ademán, pertinaz en la sequía, organiza la semana micológica, con charlas para socios y simpatizantes en el salón de los Reyes del Ayuntamiento de San Marcelo, excursiones y exposición final en el patio del Palacio de los Guzmanes de la Diputación Provincial.

El otoño de las calefacciones a tope, y del famoso decreto, que nunca llega, que obliga a colocar los contadores calorías, con el que se amenazó a la población para el uno de enero del 2017, que sigue en el limbo casi dos años después, y me temo que por mucho tiempo, pues el gobierno tiene más importantes asuntos que resolver. Lo que no quita para que por ahí sigan los vendedores de esos aparatos, erre que erre, ofertando a diestro y siniestro, «porque es obligatorio» (que no lo es).

El otoño en que teníamos que ver el soterramiento del ferrocarril prácticamente acabado para entrar ya en servicio, pero que, supongo que por eso ya tan tradicional de que las obras de palacio van despacio, de lo que por estos andurriales sabemos bastante, seguimos esperando el santo advenimiento, que algún día llegará.

El otoño de la integración de Feve, que nunca veremos, nos digan lo que nos digan. Alguno, alguna vez, me decía que cómo eso era posible con las cantidades de dinero que se había y se está gastando. Pues muy sencillo, por mucho que se haya invertido, eso es más barato que ponerlo en marcha, con una forma de explotación que Feve no tiene en ninguna parte de España y que, no nos engañemos, nunca tendrá. Eso sí: está quedando muy bien, hay que reconocerlo.

El otoño del carpetazo final al carbón, historia de una muerte anunciada, que empezó en 1996 con el plan Miner, y que unos y otro no quisieron enfrentar con seriedad, estirando los tiempos, y las subvenciones muchimillonarias (dicen que veintinueve mil millones de euros desde entonces), para, al final, morir en el mismo lugar que el carbón alemán, inglés y muchos otros, aunque con peores resultados que cualquiera de ellos.

El otoño del arranque del Palacio de Exposiciones (lo de Congresos lo guardaremos en el baúl de los recuerdos, espero). Las obras de urbanización de su entorno están casi terminadas y el edificio luce así su colorido casi taurino. Sólo sobran los restos del bombardeo de la antigua azucarera, que desdicen el esfuerzo de presentar la imagen moderna que se pretende. Es más, si se dejaran caer esos tristes paredones y se complementara con los servicios anexos para exposiciones, mejor sería para todos, sobre todo visto el programa de actividades a la vista.

Y me dejo mucho en el tintero. Pero para un día, ya es suficiente.

Ah! Se me pasaba. Además del otoño de la caída de las hojas, la del pelo, dicen, aunque eso, lo del pelo, a muchos ya no nos impresiona. ¡Qué le vamos a hacer!
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