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Orgullo

Orgullo

OPINIóN IR

11/07/2019 A A
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Orgullo
Una canción. Es de la época del manicomio, muy canalla y bastante irreverente. Lo malo es que no la recuerdo entera, por lo que sólo os podré poner la última estrofa: «Y el elefante, como era del oficio, con la trompa se tapaba el orificio».

Pues eso. Llevo años clamando en el desierto, (mi familia y mis amigos, esencialmente), contra las desigualdad entre los españoles a la hora de recibir servicios de la seguridad social. No me entra, ni me entró, ni me entrará en la cabeza que empastarse una muela o ponerse una postiza sea de pago, que la sanidad pública no lo asuma. O que las gafas, las de ver, por supuesto, cuesten un riñón. En cambio, si tienes la suerte de vivir en Andalucía, en Madrid, en Galicia y en alguna autonomía que se me olvida, y deseas cambiar de sexo, esa operación sí será cubierta por la seguridad social. Es una desigualdad manifiesta, porque una minoría de españoles recibe ‘gratis’ lo que una abrumadora mayoría tiene que pagarse de su bolsillo. Pues resulta que los mermados de Vox tienen el mismo argumento y por eso sí que no paso. Una cosa es que yo sea raro, que lo soy, y otra muy distinta es que esta gente, con una capacidad, no ya digo intelectual, sino de empatía nula, hagan lo mismo y se consideren en posesión de la verdad. Para ellos, ser distinto es impensable. Todos los partidarios de esa o cualquier otra idea totalitaria, temen al diferente, al que se sale de los cauces, al heterodoxo, cuándo no hay en el mundo otra cosa más atractiva que convivir con los que piensan distinto a uno.

El fin de semana pasado, se celebró en Madrid el desfile del orgullo, gay, por supuesto. Un millón de personas salieron a la calle para decir en voz alta que están encantados de haberse conocido. Los gay forman el mayor ‘loby’ de este país. Han conseguido que los obreros se olviden de la bandera roja con la hoz y el martillo y que hayan adoptado la suya, la bandera del arco iris; que se hayan olvidado de las viejas consignas de igualdad y de fraternidad y que se centren todas las reivindicaciones en la pluralidad. ¡Pues claro que es cojonudo ser distinto!, pero no es, ni de lejos, lo más importante.

Con el paso de tiempo he aprendido a mirar con recelo las aglomeraciones. «Te hiciste viejo, chaval», porque cuando eras un mozalbete te gustaban más que comer con los dedos. Ahora, no. Cuándo hay tanta gente junta, cantando las consignas y los eslóganes más disparatados, me entra una desazón que me hace llegar a odiarlas. Además, en todas las manifestaciones, desde una procesión de Semana Santa a una de los sindicatos o de los partidos políticos, hasta llegar, por ejemplo, a esta última celebrada el fin de semana pasado, lo único que se ve en ellas es a las ‘locas’. Porque así se comportan los obispos, los secretarios generales de los partidos y sindicatos o los que van disfrazados de lagarteranas. Y, además, manipulan, no sólo a los que acuden con toda su buena voluntad a solidarizarse con los convocantes, sino, sobre todo, a los millones de personas que los ven en la televisión, la verificadora moderna de la verdad. Cualquier grupo de gente que sale a la calle a gritar o a pedir algo, lo hace buscando su propio beneficio, cosa que está bien, claro, pero que no deja de ser un acto de egoísmo institucionalizado.

Bueno, pues nada; tendré que cambiar mis temas de conversación con la familia y los amigos. Tendré que ser más cuidadoso. A día de hoy, no hay cosa más lesiva que el te comparen con los de Vox. No me extraña, porque hace falta ser un tipo bastante corto para admitir siquiera la más pequeña de sus propuestas. Eso sí, dan mucho juego a la prensa y al resto de los partidos que los utilizan como si fueran un pin, pan, pum. Les dan hasta en el cielo de la boca y, aunque hay que reconocer que son unos auténticos fajadores, la verdad es que ese es su único argumento. En cualquier caso, sigo pensando que es un crimen tener que pagar al dentista y a las ópticas y que, en cambio, salga gratis cambiarse de sexo. Y, mientras tanto, en vez de convertirme en un lobo o en un 0, intentaré volverme un elefante, pequeño, eso sí, para poder tener una trompa y, así, no correr riesgos al poder taparme con la trompa el orificio. No hay nada más jodido en el mundo que te la metan por dónde no se debe...

Salud, anarquía y diez o doce cada día.
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