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OPINIóN IR

29/07/2021 A A
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El vicepresidente y portavoz de la Junta de Castilla y León, el doctor Igea, se descolgó la semana pasada con unas declaraciones que le honran: reconoció que los políticos son unos idiotas. Uno podría muy bien acabar esta columna ahora mismo sintiéndose satisfecho y sin tener nada más que decir. Pero, como soy un cabrón con pintas, decido que no, que voy a hacer más leña del árbol a medio caer. Sí, los políticos son idiotas, incluso en el contexto en el que afirmó el insulto el vicepresidente, en el de la lucha contra el coronavirus. Uno, al leer los periódicos, se da cuenta de que en España también somos medalla de oro olímpica en cuanto a intensidad; vamos por la quinta ola, mientra en Francia o en los Estados Unidos, de hacer caso a los papeles, van por la tercera. ¿Por qué hemos padecido más rebrotes que nadie? Pues, según el dóctor Igea, porque somo idiotas. Según el diccionario de la RAE, un idiota es un «tonto o corto de entendimiento» y «engreído sin fundamento para ello»; coloquialmente, «es una persona poco inteligente, y que molesta a alguien con lo que hace o dice». «No seas idiota». Se mire como se mire (con buenos ojos o con inquina) más del cincuenta por ciento de los políticos entrarían de cabeza en cualquiera de las acepciones del diccionario. Y, ¡claro!, es una pena que gente así nos gobierne. El hombre, que es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, no espabila ni a golpes; y si es un hombre español y político de profesión, ni aunque pongan mil veces una piedra pequeñita, llegará a saltarla. La primera ola, todos lo recordamos, fue algo imprevisible, desconcertante, que nos dejó muchos muertos y toneladas de dolor. Esa gente, entonces, tenían disculpas. La segunda ola, la del verano pasado, llegó después de afirmar el presidente del Gobierno de la nación que «habíamos vencido al virus». La tercera, a cuenta de las reuniones de Navidad. La cuarta, en la primavera, cuando se había vacunado mucha gente (los viejos sobre todo), pero con un tiempo que invitaba a salir de casa para juntarse con los colegas y tomar una o dos cervezas. La actual, la quinta, es culpa de los jóvenes (los que no han recibido ninguna dosis del bálsamo de Fierabrás), que son unos descerebrados y unos insolidarios. Los políticos, hasta las declaraciones del doctor Igea, nunca han reconocido ninguna responsabilidad en las muertes ni en la crisis económica brutal consecuencia de un confinamiento que tuvo mucho más que ver con un arrestro domiciliario que con un arma para salvar vidas. Pero seguimos gobernados por idiotas… Lo molar del asunto se reduce a que no nos han enseñado a convivir con la muerte. En la epidemia de hace un siglo, ‘el mal de moda’, conocido en el resto del mundo como ‘gripe española’, la palmó muchísima más gente que ahora; pero el mundo siguió adelante. Incluso aquella epidemia trajo consigo los llamados locos años veinte’, un momento de desenfreno y locura que invadió a todo el planeta. En 1959 también murieron muchas más personas que ahora, también por un virus (¡vete tú a saber su nombre!) que asoló a Europa y a América. De África y de Asia no existen datos, pero no hay que ser muy listo para sospechar que allí ocurrió una escabechina. Aquellos años, sin embargo, fueron años de crecimiento económico desaforado para las economías del primer mundo. Hoy, por desgracia, además de las muertes (cuatro millones de personas a nivel mundial, lo que viene a ser mucho menos del uno por ciento de los que habitamos la Tierra), la crisis económica suscitada por la nefasta política llevada a cabo por casi todos los gobiernos del planeta tardará años en ser el recuerdo de una pesadilla de una noche de verano. El Gobierno español dijo, cuando todo comenzó, que «no dejaremos a nadie atrás». Se han lucido. Desde aquel momento, la luz, el gas y la gasolina han subido tanto que, de seguir así, serán, no tardando, artículos solo para ricos; lo que me hace afirmar que a los que no dejan atrás es, a ningún… rico. No contentos con la deriva energética, los idiotas que nos gobiernan van a conseguir que cosas tan sencillas y básicas como comer carne, estén, de nuevo, solo al alcance de los que no cobran el salario mínimo; o sea, de los de siempre, de los ricos. Ya no hablamos de la carne de ternera, que está ausente de las mesas de los que sí cobran el salario mínimo desde hace tiempo. También el pollo y el cerdo serán, de seguir así, un manjar propio de la ‘casta’. Con las nuevas normas de ‘bienestar animal’, el kilo de carne de pollo subirá de dos o tres euros hasta los seis o siete muy fácilmente. Hay otra alternativa, claro, que es importar todo de Marruecos o de algún otro país que no contemple estas limitaciones. Lo traerán las grandes superficies, esas en las que compramos los mortales y, lógicamente, no sabremos lo que comeremos. Solo hay algo peor a estar gobernados por idiotas: estar dirigidos por dogmáticos. Y los nuestros, en esto, también son campeones olímpicos. Feliz verano y salud y anarquía.
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