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Noticias del fin del mundo

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OPINIóN IR

20/07/2020 A A
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Noticias del fin del mundo
En estos días de julio, cuando mi actividad baja unos enteros, aunque tampoco muchos, suelo dedicarme a arreglar y poner en orden lo que el ajetreo laboral no me ha permitido durante los meses anteriores. Incluso este año, en el que todo ha sido distinto, porque hemos estado varias semanas confinados: y aún habrá que cruzar los dedos por lo que pueda venir. Es verdad que el teletrabajo nos evitó, al menos en mi caso, largos desplazamientos casi cotidianos, a los que estoy acostumbrado, pero por otro lado nos mantuvo sedentarios y atados a los escasos metros cuadrados habituales, siempre con el mismo paisaje de referencia, algo perplejos, cabreados en ocasiones, y, en general, con pocas ganas de hacer nada.

Aquellos vaticinios de que del confinamiento (y, por tanto, de la pandemia) saldrían nuevas obras literarias admirables, grandes filosofías de nuevo cuño, un luminoso humanismo resucitado, y cosas por el estilo, están todavía por cumplirse, y tengo serias dudas de que se cumplan algún día. Este siglo, como digo a menudo, se mueve en una adolescencia pertinaz que no logra sacudirse, si es que lo intenta, y la pandemia no parece suficiente aviso, por lo que se ve, para cambiar la dirección que llevamos. Aunque, en fin, de algo habrá servido. O eso quiero creer.

Así que en julio uno intenta recuperar el resuello, regresar a los parajes de la infancia (al menos la movilidad es ahora posible: esperemos que dure), rodearse de cierta tranquilidad, aunque con semejante panorama parezca una quimera. No por el exceso de gente, eso no (por aquí cada vez hay menos), sino por las noticias que nos envenenan cada momento del día, con su dosis precisa y se diría que aviesamente calculada por alguien: no sé si somos cobayas o sólo masoquistas.

Mientras redescubro el jardín olvidado bajo una vegetación exuberante (en primavera llovió como nunca), contemplo la vieja higuera que yo planté cuando no era más que un tallo leñoso de quince centímetros, ante la mirada atenta de mi padre, que sabía bien que no sería granjero como él (durante unos años fue también un maravilloso ‘tumbao’, como Onetti: no escribía, pero leyó a todos los clásicos). En su lento desligarse del mundo, mientras se precipitaba hacia la deliciosa intrascendencia de los días, creo que barruntaba que el paso del tiempo vaciaría aquel espacio que él había construido y en el que yo crecí lleno de felicidad al lado de la naturaleza. Un vacío más, en medio de la tierra vaciada.

La higuera, sin embargo, no se ha rendido. Muy al contrario, ha colonizado los parterres más húmedos como si blandiera la espada de un intratable conquistador, ignorando las malas hierbas que se cruzan a su paso, inferiores y mezquinas, y se abraza a otros árboles cercanos quizás para mantener la esperanza. Me pregunto si sabe que fui yo quien le dio vida, aunque resulte inmodesto decirlo. Pero no. Va a lo suyo: quiere sobrevivir y gobernar sobre el huerto. «Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, pues esa ya no siente», decía Rubén Darío, decididamente pesimista.

Las casas de la infancia soportan el peso de la memoria con una dignidad extraordinaria, no porque no sufran el desgaste del tiempo, sino porque a menudo ofrecen testimonios luminosos entre los objetos que quedaron olvidados en su interior, testimonios de días lejanos. Una fotografía, un libro humilde que aún conserva perfumes de otra época, una nota manuscrita, pueden devolverte de pronto a los años en los que crecían las rosas y los gladiolos mantenían un orden en el jardín, orgullosos de su majestuosidad y su elegancia, antes de que sus tubérculos se desmandaran y reventaran las aceras como un ejército de animales hipogeos, antes de que la hierba y la hiedra te enseñaran que todo finalmente está en manos del tiempo que pasa.

Cada mes de julio contemplo el mundo perdido, pero en esta ocasión, después de la extrañeza de los meses precedentes, parapetado tras la máscara, me pregunto sin estamos asistiendo en realidad a otro final, un final más abrupto, más veloz de lo que nos imaginábamos. Este universo silencioso de la España interior, a la que regresamos como arqueólogos voluntariosos en busca de los recuerdos del último tiempo primitivo, parece acogernos con cierta ironía. Así que aquí estamos de nuevo. Lo que se derrumbó no fue aquel pasado humilde, aunque feliz, en el que plantábamos flores en el jardín y verduras en el huerto, en el que no mirábamos apenas los relojes, en el que el mundo exterior no existía. Aquello simplemente lo olvidamos y lo dejamos languidecer, hasta que la hiedra lo cubrió.

La modernidad nos trajo nuevos caminos que había que recorrer, rompimos amarras con los padres que no podían ofrecernos el sueño del progreso, o eso creíamos, entre aquellas paredes envejecidas. El vértigo del mundo nos subyugó y nos hizo cosmopolitas, y aceleró nuestros corazones y nuestros deseos, y surcamos edificios de acero y cristal creyéndonos triunfadores, y entramos en lo que se nos dijo que era la puerta dorada del futuro. Hicimos algunas cosas, tal vez. Y de pronto alguien nos anuncia que el mundo tal y como lo conocemos está en grave peligro. No faltan los que invitan a desandar los caminos equivocados antes de que sea demasiado tarde.

Me pregunto si mi padre hubiera podido imaginar que un día yo, muchos años después, regresaría a contemplar los viejos árboles con el rostro cubierto por una máscara sanitaria. Volviendo, como un astronauta, desde el futuro, desde el progreso, me pregunto si aún será tiempo de recuperar algunas cosas. Hoy me siento aquí, en medio de esta vegetación desmandada, como el ser que regresa en la última nave a ese lugar dónde aún brillan objetos de otro tiempo, donde aún hay memoria, aunque leve, de un mundo del que nos hemos desprendido equivocadamente.

Hemos aprendido que muchos asuntos que aparecen en las pantallas, ese fulgor inabarcable, apenas tienen que ver con nosotros. El mundo es aquel que construimos con nuestras palabras. Y hemos de recuperar ese relato. Ha sido secuestrado nuestro lenguaje y ha sido modificada la ruta de los sueños. Aquí estamos, construyendo un relato de apocalipsis, embozados entre árboles que plantamos de niños, árboles que aún resisten como guerreros viejos, a la espera de un milagro que nos haga volver a la tierra, y a la hierba, y al agua.

Ha llegado el tiempo de escribir otra historia, de tomar las riendas del argumento. Reconquistemos lo perdido. Lo olvidado. Una inmensa tarea nos espera. La reconstrucción de la alegría.
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