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Nostalgias de primavera

Nostalgias de primavera

TRIBUNA DE OPINIóN IR

César Pastor Diez | 11/03/2021 A A
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Nostalgias de primavera
En las macetas de mi balcón hay renuevos de geranios y narcisos. Es la tarjeta colorida y perfumada con que la primavera gentil me anuncia su próxima visita, esquivando la enojosa presencia del covid-19. También en los parques y jardines florecen hortensias y madreselvas, y los estanques despliegan sobre su lecho, todavía frío, una tupida colcha de nenúfares blancos. Toda la enfermiza selva de la ciudad sacude su modorra invernal, y las primeras bandadas de golondrinas y vencejos, con sus agudos chillidos y sus oscuros mantos de peregrino, aletean en torno a los cimborrios de los templos y empiezan a colgar sus nidos bajo las cornisas de mi casa.

¡Triste visión de la primavera! Lo malo de la ciudad es que nos priva de contemplar la naturaleza en sus manifestaciones espontáneas y originales. Y no sé cuánto daría por poder acercarme estos, días hasta saciarme, a la campiña de León, su floresta y el deshielo de sus cumbres llevando el agua fructífera a los ríos, a los arroyos y a los sembrados de secano. ¡Ay, León de mis entretelas!; ¿volveré a verte alguna vez? Una fiesta triunfal de la primavera para León sería la celebración de unos juegos florales con Julio Llamazares como presidente o como mantenedor. León tiene figuras intelectuales suficientes para completar una mesa de prestigio. El acto culminante podría realizarse en el malogrado aunque señorial Teatro Emperador, que como otros teatros leoneses ha tenido que sobrevivir como sala de cine y actualmente no sé qué función ejerce. Sería un buen espaldarazo al resurgimiento poético–literario y la atracción de visitantes a la ciudad. Parece ser que los cambios de color político en el Ayuntamiento leonés han influido no poco, para bien o para mal, en la historia del Teatro Emperador. Y es una lástima que un teatro como éste permanezca cerrado. La actividad escénica en León tuvo un cierto auge en la segunda mitad del siglo XIX, cuando León tenía 15.000 habitantes, cuando las masas populares carecían de otras formas de esparcimiento y cuando el cine no había llegado a invadir los viejos locales dedicados a teatro. Antiguamente a la entrada de la primavera los poetas, entre otras cosas solían decir: ya ofrecen los campos su fresca verdura y allá en la llanura ostentan primor las mil bellas flores que al rayar el día dulces melodías entonan de amor. Hoy día, los invernaderos producen verduras frescas todo el año. La técnica ha robado una parte de protagonismo a la poesía inherente a la primavera. Ahora solo le queda aquello de que en primavera se injertan los alcornoques, y las melodías de amor quedaron en el camposanto de la Historia. La música actual es más bien un tam-tam o un pom-pom, pero no una melodía.

Al día de hoy tampoco hay románticos. El último romántico se quedó cantando a la dama misteriosa en la zarzuela de Soutullo y Vert, el mismo tándem musical que dio vida a ‘La leyenda del beso’ y ‘La del soto del parral’. Sobrevivió García Guirao, interpretando la habanera ‘Tarde de otoño en Platerías’. El último romántico de la música popular ha sido Julio Iglesias que, por cierto, ya anda pachucho. Años atrás románticos lo fueron Antonio Machín, Bonet de San Pedro, Jorge Sepúlveda, José Guardiola, Juanito Segarra, Nino Bravo, Camilo Sesto, Rocío Dúrcal, Joan Manuel Serrat y algunos más. Muchos de los cantantes populares actuales no sabrían qué hacer sin dar saltos grotescos en el escenario y sin las letras protestatarias que encandilan a las masas juveniles. Y no es que critique sus protestas, a las que tienen derecho, sino sólo que no me agrada el contexto en que lo hacen, porque la vida ya es bastante achuchada y no hace falta que nos lo recuerden en la música y en los espectáculos adonde acudimos para evadirnos un poco de las rudezas cotidianas. En esto yo sigo fiel a las óperas, zarzuelas y música clásica en general y a los conciertos especiales de los grandes tenores, barítonos, sopranos y tiples. El tiempo de primavera tiene para mí un especial motivo de recordaciones y de nostalgias. Era en la primavera cuando la chica de mis sueños aceptó salir conmigo. Y un año después, también en primavera, nos dimos el ‘sí quiero’ en el altar, al estilo clásico, es decir, sin haber sobrepasado los stops que imponía la moral de la época. ¡Cuánto tiempo hace de aquello! Cuarenta y cuatro años vivimos juntos hasta que me dejó para irse a las regiones desconocidas y etéreas. Desde entonces he aprendido a vivir solo, como el Andrenio de Baltasar Gracián. Pero lo que la vida real no me dio, me lo han dado los sueños. He sido más feliz soñando que despierto. Y más de una vez, tras un hermoso sueño he maldecido el haber despertado. Diez años después de quedar solo cogí mi coche y me fui a recorrer mi tierra leonesa con Zamora y Salmanca hasta la Sierra de Francia. Bendita tierra, benditos paisajes y bendita gente. Allí están, entre otros, Las Batuecas, Cepeda, Miranda del Castañar, La Alberca y Mogarraz. En estos momentos, la edad y el covid-19 me mantienen recluido en casa como en una jaula, de tal manera que mi situación me hace pensar que cuando el ave enjaulada emite sus trinos y decimos que está cantando, es posible que a veces cante pero también puede ser que a veces llore. Ahora, aunque la primavera llama a la puerta de nuestra vida ya no sé lo que puedo esperar, aunque espero que no me falte el impulso de mi hada madrina, la que desde León me anima, me infunde entusiasmo, me envía imágenes de mi tierra y detecta mis lapsus calami. Ella también es de la Sierra de Francia. Gracias por todo, Isabel.
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