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"Nos trataban como a peligrosos delincuentes y solo éramos huérfanos"

"Nos trataban como a peligrosos delincuentes y solo éramos huérfanos"

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Agustín Molleda el pasado miércoles en León para presentar su libro. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Agustín Molleda el pasado miércoles en León para presentar su libro. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 13/10/2019 A A
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"Nos trataban como a peligrosos delincuentes y solo éramos huérfanos"
LNC Domingo Agustín Molleda con tan solo dos días fue abandonado en el viejo hospicio de León, pero lo más duro de su vida serían 10 años en San Cayetano: palizas, abusos y hasta pederastia marcaron una década que ha llevado a una trilogía de novelas muy reales
Muchas veces se habla de los tornos de los hospicios, suena a una historia lejana, de otros tiempos... pero está más cercana de lo que parece. Lo sabe bien Agustín Molleda, que ahora cumple 70 años y cuando tan solo tenía dos días fue abandonado, en el torno del viejo hospicio de la calle San Francisco. Como tantos otros su nombre pasó a ser una letra, la E de Expósito, y un número, el 83 en su caso.

Sin embargo, con el tiempo supo que su nombre Agustín, era el masculino del nombre de su madre, y Molleda también era el apellido de aquella mujer que vete a saber qué circunstancias la llevaron a tomar la dura decisión de entregar a su bebé para que un tío del niño lo depositara en el torno del hospicio.

E 83’ se convirtió con el tiempo en el título de la primera entrega de la trilogía en la que Agustín Molleda relata una durísima etapa de su vida, que curiosamente no fueron aquellos primeros años si no los que van de 1955 a 1965, ya en San Cayetano (en la carretera de Carbajal y con el nombre oficial de Ciudad Residencial Infantil de San Cayetano) y bajo la custodia de una congregación religiosa, los Terciarios Capuchinos, de infausto recuerdo para él.

- Los primeros años en el hospicio imagino que serían como los de tantos hospicianos, duros pero llevaderos. Me educaron las Hijas de la Caridad, para las que solo tengo gratitud, y me amamantó un ama de cría.

En los años con los Terciarios Capuchinos soportamos palizas, abusos de todo tipo y pederastia  Casimiro Bodelón, último director de San Cayetano y autor de numerosos artículos y charlas sobre el lugar, recuerda que se llegaban a contratar en los pueblos cercanos nodrizas a las que se pagaba un dinero, muy poco, para amamantar a aquellos niños a los que no había qué dar de comer. También cuenta cómo además de en el torno podían aparecer recién nacidos en una jaula de frutas o similares.

La infancia fue dura para aquel niño que había nacido en Bercianos del Real Camino, pero aquellos otros diez años siguientes, con los Terciarios Capuchinos, fueron terribles: palizas, pederastia, abusos de todo tipo con nosotros; explica Agustín Molleda, aquel E 83 que se hace él mismo la pregunta que sabe que todo el mundo se hace cuando conoce su historia: «¿Qué cómo lo aguantamos? ¿cómo no lo denunciamos? Pues es muy fácil. Lo aguantamos porque no sabíamos que hubiera otra forma de vida, estábamos todos iguales, no conocíamos otra cosa y acabas por creer que tendrá que ser así, que la vida es así. No podías pensar otra cosa pues no te dejaban pensar, los frailes lo hacían por tí. Y sobre denunciar, ¿a quién? Éramos huérfanos, abandonados, no teníamos a nadie afuera, con lo que resultaba imposible buscar ayuda en el exterior de aquellas paredes»..

Al fútbol a los toros y al circo

El contacto con el exterior, recuerda Molleda, era mínimo. «Salíamos alguna vez al fútbol, a los toros o al circo, todos juntos, no hablábamos con nadie, recuerdo que si nos hacíamos con algún periódico después había cola en San Cayetano para leerlo, el ansia por conocer qué ocurría en el exterior era enorme».

Esa situación finalizó cuando el 1965 se hicieron cargo de San Cayetano los Jesuitas. «Creo que ellos mismos se asustaron con lo que encontraron y propiciaron un cambio radical. En mi caso me fui a estudiar a Valladolid y todo cambió».

Soportábamos aquello porque creíamos que la vida era así, no conocíamos otra cosa; ¿a quién nos íbamos a quejar? si no teníamos a nadie afuera, éramos niños abandonados Entonces fue cuando Agustín Molleda comprendió que no era nada normal lo que le había tocado vivir en aquella década y fue madurando la idea de contarlo en varias novelas, lo que acabaría siendo una trilogía: La ya citada ‘E 83’, a la que siguió ‘Extramuros. San Cayetano’, dedicadas a esa década de la que ha hablado y una tercera que ha presentado esta misma semana en León pues acaba de ver la luz (en la editorial Lobo Sapiens) con el título de ‘Ave María Purísima’ y «dedicada a las vivencias de las niñas de San Cayetano, que también las había. El centro eran tres pabellones: el de niños, el de niñas y el de bebés. Para este tercer libro me ha costado mucho más trabajo encontrar testimonios pues las chicas son más reacias a contar lo que allí ocurrió, que también ocurrió, lo tengo documentado pero no quieren recordar los castigos, los complejos, las vergüenzas; y ya no te digo nada si les sacas el tema del sexo». Dice Molleda que si en las novelas del pabellón de chicos cuenta con más de 30 testimonios en la de las chicas quedan en tres o cuatro.

Las dos primeras novelas tienen muchos más testimonios y, además, Agustín Molleda los ha vivido en primera persona. «Lo que he hecho para evitar molestias a nadie es darle un formato de novela, he cambiado los nombres, he agrupado los testimonios de varios chicos en uno... pero todos tienen una base absolutamente real».

- ¿No hubiera sido mejor un diario?
- Me lo ha dicho mucha gente, pero prefiero así y, además, tendría que publicar 20 tomos, no te imaginas lo que allí se vivió en aquellos años.

Y en las páginas de E 83 y Extramuros se recogen testimonios que nos acercan a lo que pudo ser la realidad de aquellos años en aquel lugar, al que llegó en agosto de 1955 en la camioneta del señor Pidio.

Les cuesta trabajo a Molleda elegir algunos pasajes, pues fueron muchos los vividos, desde la pregunta que se hace en el prólogo: «Maltratar, sacudir, patear, masturbar a niños indefensos, ¿qué nombre recibe?»

- A las siete de la mañana te levantaban para fregar los pasillos, teníamos que orinar todos a la misma hora, a los meones les colgaban las sábanas allá arriba y tenían que subir a buscarlas a las diez de la noche, en medio del frío y la oscuridad, nos castigaban de rodillas y a veces nos obligaban a correr hasta 100 vueltas por el patio en plena noche. Si te pillaban (a los meones), a las siete de la mañana te pegaban y te daban duchas frías.

- Un fraile ‘ató la colita’ como escarmiento. El niño aguantó unas horas, pero luego se desmayó. El fraile dijo al médico que el chaval mismo se la habría atado jugando. Nuestro amigo no se atrevió a desmentir al fraile por temor a ser pasto de la siguiente tortura.

- Frente a la sed algunos bebían el agua de las cisternas e incluso su pis.

Para qué más. No extraña ante estos hechos cómo recuerda Molleda la mañana de 1965 en la que los Terciarios se fueron de San Cayetano: «Volaron por las ventanas los crucifijos y algún que otro colchón, se rompieron cristales, todos gritaban como energúmenos tirándose a la cara los rollos del papel higiénico...».

Este mismo fin de semana Molleda está en León para la comida anual de antiguos compañeros. «La mayoría me dicen que fui light, pero creo que si soy más realista muchos no lo creerían, fue tan duro aquello... Nos trataron como a peligrosos delincuentes sin darse cuenta de que sólo éramos huérfanos».
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