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Normalidad anormal

Normalidad anormal

OPINIóN IR

10/05/2020 A A
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Normalidad anormal
A la espera de que nos cambien de fase o sigamos confinados en el foso, uno flipa con alguno de los conceptos cocinados en los laboratorios de diseño de comunicación que asesoran a nuestros próceres: el último de ellos, y el más sinuoso, es el de la «nueva normalidad», constructo que hace pensar en androides –que no androllas– vigilándonos desde el balcón. Lo de «nueva normalidad» suena a mundos orwellianos, a expresiones distópicas nada acogedoras. Para empezar, de lo que habría que hablar sería, en todo caso, de «nueva política», vistas las decepciones que nos acarrea la vieja. Nos preguntamos, desde el asombro y la desolación, qué tiene que suceder en España, o en el mundo entero, para que nuestros representantes sean capaces de ir más allá de la polarización, el ombliguismo partidista y la mercantilización electoral: ¿que se anuncie el impacto inminente de un asteroide en Despeñaperros? Ni siquiera por esas me los imagino saliendo del día de la marmota que son sus «y tú más», donde todos se contemplan como adversarios irreconciliables, más interesados en organizar pinzas políticas que en explicar, por ejemplo, por qué murieron miles de ancianos en muchas residencias (ratoneras, habría que llamarlas) de este país. No me puedo creer, sinceramente, que no haya políticos interesados en otro tipo de discursos, porque me consta que los hay honestos y con una clara vocación de servicio público. Si no cambian el chip en las próximas semanas y meses, además de abonar el terreno para que medren a su costa los populistas (los extremistas de uno u otro signo y región), acabarán fuera, no ya de esa nueva normalidad, sino de la realidad social de los españoles. Casi dan ganas de suplicar que se establezcan los cimientos de una Escuela Nacional de Formación Política, donde, además de nociones sólidas de economía, tecnología, derecho e historia, los participantes graben a fuego en su mente estas divisas: no seré sectario ni cortoplacista; no antepondré mis intereses personales o los de mi partido al interés general; nunca creeré que las opiniones de mi líder son infalibles y las de mis rivales políticos falsas y sospechosas. Si además leen con lucidez y provecho a los columnistas que no les son afines, entonces sería el no va más.
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