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No nos espera el ayer

No nos espera el ayer

OPINIóN IR

09/10/2019 A A
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No nos espera el ayer
Lo mejor de mi edad es que dejé de creer en reyes y republicanos magos y descubrí, a la par que mis canas, bien grises, bien albas, la inmensa gama de colores secundarios y terciarios. A veces, incluso me veo como una pantalla de ordenador (tele veo poca), pues vine evolucionando en lo cromático (y más cosas) desde lo mono hasta la policromía.

Sí, quizás lo mejor de los años acumulados, sea que se van cuestionando todos los dogmas –tan variopintos y a la par tan iguales, tan cegadores todos– y creyendo cada día más en la palabra, en el diálogo. Porque solo mediante la palabra, el diálogo puedo llegar a distinguir, mejor, a representarme o entender la policromía que somos.

O quizás solo sea que, a tiempo, comencé a seguir el consejo de André Gide: «Cree en aquellos que buscan la verdad y duda de los que dicen haberla encontrado».

Así, vengo pensando hace unos días en la urgente necesidad que tenemos como individuos y como ciudadanía, con respecto a la nación, de las modernas innovación –«mudanza o alteración de algo, introduciendo novedades»– y de emprendimiento –«acometer y comenzar… un empeño…»–.

Miro el escenario patrio y, aun la mejora y modernización del atrezo, la tragedia nacional sigue siendo la misma desde hace casi un siglo, sino desde el siglo XIX. Seguimos o quieren que sigamos representando el, para mí ya cansino y estéril, mito de las dos Españas.

Muchos, casi todos, invocan la Constitución, pero olvidan que, como se hizo (¡hicimos!) en su día y nos recuerda Ridao: «Los compromisos que dieron lugar a la Constitución de 1978 retomaron el propósito de cancelar el mito de las dos Españas».

Uno, que sabe y siente y se duele de personas, cosas y casos de la pasada guerra civil, puede llegar a ver en el traslado de los restos de Franco fuera del Valle de los caídos un símbolo (solo un ¡símbolo!) de ¿normalización democrática?; cree que toda familia (¡toda!) tiene derecho a, si lo desea, recuperar los restos de sus deudos; pero uno, que también mira el hoy y sueña un mañana, cree y piensa: Cuántos muertos del pasado/ marchitando la presente vida./ Diríase que murieron para, y no por, el rencor/ en vez de por la esperanza./ Con qué fatal facilidad nos igualamos/ a los que condenamos./ Que repugnantemente iguales nos hacemos.

Acaso todo sea que yo no olvido, pero sí perdoné, porque así me enseñaron ¡muy dignas víctimas!

Lástima de estas dos Españas tan iguales… ¡En lo peor!

No nos espera el ayer. Hoy, nos espera el mañana.

¡Salud!, y buena semana hagamos y tengamos.
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