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No moriremos hoy

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12/07/2018 A A
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No moriremos hoy
Cada vez que subo a un avión voy analizando la gente con la que podría morir. Pocas situaciones nos ofrecen este privilegio. Un matrimonio maduro al que se le va cayendo la ilusión del viaje soñado y ahorrado durante el invierno. Un joven ausente en un libro, una mujer con cara de reencuentro y un niño curioso que observa todo con admiración y respeto, como si acabara de embarcar en el Halcón Milenario. Superado el despegue cada avión se convierte en un mundo flotante, en un lugar con leyes y tiempo propio, donde ni siquiera uno sabe en qué momento, en qué meridiano o tras qué nube adelantar o atrasar la hora. El tránsito paraliza tu tiempo (¿cómo se contarán los años de la tripulación?) y vacía de vida lo poco que se atisba a través de la ventanilla. Todo parece pararse allá abajo cuando lo que en realidad sucede es que se pausa todo acá arriba (hay presidentes que han hecho así su política, sin tocar nunca tierra). Se detienen a gran velocidad nuestras vidas en este ecosistema de desconocidos que comparten aburrimiento en una cápsula ruidosa, encadenados a un mismo sino. Porque desde que uno llega a un aeropuerto el tiempo pierde valor y las horas se malgastan en prolegómenos de pantallas y controles, de salas de espera y arrastre de maletas.

Un grupo de adolescentes que van a Irlanda a aprender inglés se atropellan por pedir prohibitivos bocatas que luego tiran por chiclosos, saciado en el primer mordisco la excentricidad de comer a quince mil pies, que alguien les cocine en el cielo. Saciada también el hambre de malgastar cuanto antes el puñado de euros que sus padres les han repetido que deben administrar con mesura. Me recuerdan a los Gobiernos que estrenan BOE.

Y si, por casualidad, morimos viajar también cura contra la profanación del descanso eterno. Siempre me ha fascinado intentar calcular cuánto dura la inviolabilidad de los esqueletos y en qué momento la humanidad decide que ya pueden ser utilizados al antojo de la religión o el turismo. Así los santos y sus huesos de relicario, los amantes de Teruel que aguantan siglos cogidos de la mano o las momias que te miran con sus huecos de calavera desde las vitrinas del Louvre. Debe haber un desconocido preciso instante en que pasamos a ser patrimonio, como los restos de Franco bajo el Valle de los Caídos. Tan solo un objeto, polvo más o menos valioso según describa el epitafio. Quizá por eso Cervantes se perdió entre legajos y monjas. Los otros huesos, la memoria que dejamos como rastro, también será vapuleada. Un sueño americano póstumo que puede convertir en leyenda al más pobre, en popular a los desheredados y en justo al más canalla. En Dublín, Moolly Malone, que vendía mejillones y berberechos de día y otra clase de molusco de noche, hoy solo espera que uno de cada tres turistas (fieles a una tradición de micromachismos turísticos) abrillanten sus pechos de bronce... así sin consentimiento explícito ni nada.

Aterrizamos y aplauden, haciendo excepcional lo cotidiano. Celebrando haberle ganado otra apuesta al destino más que la pericia mecánica del piloto que nos devuelve a salvo a tierra y sin retrasos. No moriremos, al menos hoy, al menos juntos en esta comunidad efímera de apenas tres horas. Habrá vacaciones, reencuentros, una nueva vocación de piloto y campamento de inglés. Aplaudimos regresar a nuestra existencia minúscula, al tiempo que vuelve a avanzar en los relojes, mientras damos el relevo a los siguientes para que hagan juego. Ahora casi siempre es excepcional lo cotidiano.
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