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No más consejos

No más consejos

OPINIóN IR

17/06/2021 A A
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No más consejos
La semana pasada fueron los exámenes de selectividad. Los alumnos de segundo de bachillerato estaban muy nerviosos y más aún en este año de Covid. El único desahogo en este periodo de inquietud y agitación de final de curso para los muchachos que se preparan para la selectividad es su fiesta de graduación, posiblemente uno de los días más memorables en su vida. Normalmente solía coincidir con el último viernes de mayo, para todos los colegios e institutos de León. Esa fiesta reúne muchos alicientes porque es una celebración muy especial: despedida del instituto y acceso a la universidad, coincide con su mayoría de edad al cumplir los dieciocho años, suele ser su puesta de largo y el mejor momento de su vida. Elegantes ellos y ellas, con vestidos y trajes de gala. Las alumnas luciendo joyería, manicura, maquillaje, peluquería, etc. Es como una explosión de elegancia y belleza que no tiene nada que ver con aquellos alumnos que tuvimos en clase en los últimos seis cursos. También los padres, hermanos, abuelos y familiares suelen ir a juego con la elegancia del evento. No se escatima ningún gasto porque el momento se lo merece, posiblemente incluso más que el día de su boda. El plato fuerte suelen ser los discursos, especialmente los de los alumnos. El curso pasado esta celebración había sido imposible. Este año, a pesar de las restricciones impuestas por la pandemia, algunos centros educativos celebraron la fiesta con las medidas de seguridad oportunas. Por supuesto que no se parecen en nada las veladas en momento de pandemia a aquellas galas y festejos de años atrás. Pero algo había que hacer porque la generación del 21 no podía perderse este recuerdo. Tuve la suerte de participar en una muy especial. El discurso de un alumno de segundo de bachillerato en la fiesta de graduación de un famoso colegio leonés nos dejó a todos estupefactos y boquiabiertos: «Estoy harto de consejos, he pasado aquí quince años recibiendo consejos. Dejadnos equivocarnos. Queremos confiar en nosotros mismos, en nuestras ideas y criterios. Los profesores sois simples consejeros que tratáis de amoldarnos y contagiarnos vuestros miedos. El mejor consejo que podéis darnos es que no escuchemos más consejos porque tendremos más poder y sabiduría».

Para los profesores que hemos pasado nuestra vida dando consejos esto fue una verdadera sacudida. El balazo de este discurso me llegó al alma. Yo que recibía en el instituto cada año a los ciento veinte alumnos, con sólo once años, el día de puertas abiertas, dándoles las primeras normas y consejos para su nueva vida en el centro y les despedía después de seis años en su graduación con mis mejores deseos y un cúmulo de consejos para su paso a la universidad, las palabras de aquel alumno me llevaban al sillón de pensar. Por mi cabeza pasaba la idea de si todo lo habríamos hecho tan mal.

He sido testigo de los millones de consejos que daban mis compañeros y he participado en esta tarea con creces y en todos los momentos de la vida del alumno en el centro. Desde la primera tutoría a la entrada al centro en la que les abrumamos de normas, sugerencias, recomendaciones, observaciones, advertencias y avisos, cada día los niños reciben algún consejo. Cuántas veces habremos escuchado y repetido frases como: «Atiende», «No te distraigas», «Presta atención en clase». Recuerdo a los profesores en el hall del centro haciendo una piña para darles los últimos mensajes antes de salir para alguna actividad extraescolar. Para el viaje de fin de curso les abrasábamos con alertas, amenazas, peligros, avisos, escarmientos o amonestaciones. A los que van a presentarse a la selectividad les reunimos una mañana para ponerles al día de las noticias, novedades, amenazas, lances, trucos o cambios que pueden encontrarse en el examen desde el momento que reciben las preguntas hasta la entrega del mismo.

En mis discursos de graduación siempre deseaba aprovechar la última ocasión para animarlos a volar sin miedo, pero con rumbo y con sentido, sabiendo quiénes son, de dónde vienen, a qué familia, historia, pueblo e instituto pertenecen. Me atrevía a aconsejarles que entre dinero y vocación eligieran siempre vocación.

Incluso a los profesores novatos que llegaban al centro les dábamos consejos para ganarse el respeto de sus alumnos: dando ejemplo, puntualidad al inicio y al final de la sesión lectiva, no usar el móvil en el aula sin una finalidad estrictamente educativa, no retrasar demasiado la corrección de pruebas, exámenes y trabajos, jamás faltar al respeto a sus alumnos ni tener un trato desigual entre ellos, mirarlos en el momento en que nos están hablando. Aquellos profesores que no quieren a los alumnos o carecen de empatía suelen tener problemas de relación con un grupo.

Consejos, consejos, consejos. Nos pasamos la vida dando consejos a los niños. Ahora entiendo que el alumno del discurso de graduación aconsejase a sus compañeros «que no escuchen los consejos y que hagan en cada momento lo que consideren más adecuado. Las personas más inteligentes y seguras no escuchan consejos de los demás».

Pienso que lo más sensato es el equilibrio. No creo que debamos atosigar al alumno constantemente con amonestaciones, avisos, recriminaciones, reproches, reprimendas, regañinas, sugerencias u orientaciones. Tampoco pasar al extremo opuesto de no dar ningún consejo, que cada alumno haga su propio camino y cree su propia realidad. Y en caso de fracaso, eso servirá de experiencia mejor que el consejo que puedan darte.

No a los extremos. Ya Aristóteles decía que «la virtud se encuentra en el medio entre dos actitudes extremas».
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