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No lo haga

No lo haga

OPINIóN IR

18/04/2021 A A
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No lo haga
No lo haga, señor Gabilondo: no deje que lo suplanten y pongan en duda su competencia. Tampoco permita que le asignen roles ni etiquetas: lo de que es un hombre insípido, expresado por una compañera suya, suena a esas descripciones que algunas mujeres de antaño vertían sobre sus maridos mansos y anodinos: «Es que mi Pepe es un sieso y de bailar tangos, nada de nada». Usted tiene aspecto de ser un hombre cabal y sobrio, y aunque nos sorprenda que se haya metido en política, no dé ni un paso atrás. No consienta que su líder, tan seductor, lo cautive con su verborrea y lo convierta en un pelele. Tampoco se enrede en peleas de patio vecinal, mejor eche mano de su erudición: sin abrumar al respetable con citas de Heidegger, puede dejar a sus rivales a la altura del betún. No renuncie a sus ternos adustos y, por favor, no se le ocurra ponerse una cazadora color canela. Pero, por encima de todo, niéguese a la farándula: no haga como ese compañero catalán que, a la mínima oportunidad, se descoyunta con un éxito pop, las caderas y las palmas al bies, los mofletes ardientes y las sienes empapadas. Por favor, un poco de dignidad. Ni siquiera se plantee, por austero que parezca, marcarse un chotis. Puede que no sume ni un puto voto, pero cuando envejezca o desaparezca, y sus nietos lo vean en Youtube, no tendrá que venir del otro mundo a suplicar su perdón.

No lo haga, señor Gabilondo: no nos decepcione, no haga el ridículo, no se arroje en brazos de una efusión impostada. Ignore los cantos de sirena y mantenga la compostura. Yo, de usted, ni siquiera participaría en esa farsa espantosa de los debates televisivos, a mayor gloria de un puñado de periodistas insaciables e hipócritas. Como mucho, déjese caer por el Retiro y –si es posible junto al monumento a Lucifer– suelte alguna reflexión socrática. Lo escucharán las palomas, los niños, algún anciano venerable: no hay mejor público, se lo garantizo. Luego, vuelva sobre sus pasos y, sin que se entere nadie de su partido, tómese una caña en una tasca anónima. Es posible que en esa cantina voten a Ayuso, pero permítase, mientras siente descender el líquido de oro por su garganta, una sonrisa aristotélica. Despójese al salir de la chaqueta y, en ese martes inaugural, deje que la luz de mayo le empolve las mejillas. Parecerá usted, a la sombra de los álamos, un señor honorable: a eso deberían aspirar los políticos de este país, en estos tiempos de fatuidad y abyección.
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