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Sofía Morán | 31/03/2019 A A
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No le obligues
A debate Los adultos tenemos perfectamente asumidas las normas sociales, y aceptamos el saludo con dos besos en las mejillas como una costumbre social más. Para los niños, sin embargo, las cosas son diferentes
¿Cuántas veces obligamos a los niños a dar un beso a esas personas con las que nosotros nos relacionamos, pero que ellos apenas conocen? «Venga Manolito, dale un beso a esta señora que es amiga de mamá. Venga, dáselo, ¡no seas maleducado!» El niño que no quiere, y no sabe dónde meterse, se esconde tras las piernas de su madre. En función de la insistencia que le pongamos al asunto, la historia terminará en beso, o no. Esa es la cuestión. Apuesto a que la escena les resulta tremendamente familiar.

Nosotros, los adultos, tenemos perfectamente asumidas las normas sociales, y aceptamos el saludo con dos besos en las mejillas como una costumbre social más, que igual nos vale para un familiar cercano que para alguien a quien nos acaban de presentar. Para los niños, sin embargo, las cosas son diferentes; ellos tienen la suerte de no entender nuestros rígidos convencionalismos, y para ellos, un abrazo y un beso son muestras evidentes de afecto que no quieren darle a cualquiera, sobre todo si no le tienen ni cariño ni afecto, porque no le conocen de absolutamente nada. Y qué quieren que les diga, para mí esto tiene una lógica bastante evidente.

El psicólogo Alberto Soler tiene claro que, forzando estas manifestaciones de afecto, el mensaje que les damos a nuestros hijos puede llegar a ser peligroso: «¿qué les estamos enseñando entonces? ¿Qué si un adulto les dice que tienen que darle un beso, ellos tienen que ser obedientes? ¿Realmente queremos que se comporten así?»

No, claro que no queremos. Es infinitamente mejor inculcarles la idea de que dar un beso es algo que sólo deben hacer si ellos quieren, y no porque esté bien visto o porque tenga que ser así.

No es una tontería, y no deberíamos despacharlo con el típico: «pues a mí me obligaban de pequeño y no me pasó nada». Porque a mí de pequeña mi madre siempre me llevaba en su Panda rojo sin silla infantil (que nadie tenía) ni cinturón de seguridad. Y nunca me pasó nada, pero ustedes ya me entienden.

Hace un par de semanas, mientras mi pequeño Dimas y yo hacíamos la compra mano a mano, una de las personas que trabajan en la tienda se acercó a nosotros, galleta en mano, y le dijo al niño: «¡mira que galleta más rica te traigo! Pero me tienes que dar un beso». Imagínense las risas que hubiéramos pasado si me ofrece a mí el kilo de naranjas a cambio de un besito. Y es que cuando trasladamos estas situaciones a los adultos, resulta todo bochornosamente ridículo.

Evidentemente, ninguno de nosotros pretendemos hacer sentir mal a nuestros hijos, ni darles un mensaje negativo, pero a veces forzamos situaciones empujados por esa castrante preocupación «del qué dirán», temiendo siempre que nuestros conocidos piensen que el niño es un maleducado y nosotros unos consentidores que le dejamos hacer lo que quiere, ¡faltaría más!

Besar no debe ser, bajo ninguna circunstancia, una obligación. Podemos enseñarles a ser amables y educados sin necesidad de besar, simplemente buscando alternativas como ‘chocar los 5’, dar la mano, o despedirse enviando un beso al aire; opciones todas ellas más respetuosas, pero igualmente educadas.

Hace ya un tiempo que la asociación neozelandesa CAPS Hauraki, que lucha por la prevención del abuso infantil, puso en marcha una campaña sobre este mismo tema, una campaña sencilla y sin pretensiones, que sin embargo se hizo viral rápidamente, llegando a muchas partes del mundo gracias a las redes sociales. La imagen de una niña pequeña acompañando el siguiente texto: «Tengo cinco años. Mi cuerpo es mi cuerpo. No me obligues a besar o abrazar. Estoy aprendiendo sobre el consentimiento y tu apoyo en esto me ayudará a mantener la seguridad el resto de mi vida».

Sofía Morán de Paz (@SofiaMP80) es licenciada en Psicología y madre en apuros
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