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No hagan caso a Franco: métanse en Política

No hagan caso a Franco: métanse en Política

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Viñeta de Forges relacionada con la campaña electoral. Ampliar imagen Viñeta de Forges relacionada con la campaña electoral.
Valentín Carrera | 15/04/2019 A A
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No hagan caso a Franco: métanse en Política
Lo pequeño es hermoso Por Valentín Carrera
A diferencia de las derechas, que siguen el consejo no sé si apócrifo de Franco, «Haga como yo, no se meta en política», pienso que la Política, con mayúscula, es la más noble de las ocupaciones, junto con la medicina y la enseñanza. Tres oficios consagrados al bien común, al servicio de los ciudadanos, a la gobernanza de lo público, que es exactamente lo que significa la tan denostada palabra.

La «Política», el arte y el oficio del bien común, es una valiosa herencia de la polis griega: en vez de perder su tiempo con los PDE (putos debates electorales), lean por favor La democracia ateniense del sabio Francisco Rodríguez Adrados.
El desprecio franquista a la política («No se meta en política, que ya me ocupo yo…») tiene resabios joseantonianos: confunde la política con los partidos, ¡germen de todo enfrentamiento y de la división de la Patria!, para concluir en la defensa del Partido Único, ya sea en la Alemania de Hitler, en la URSS de Stalin o en nuestro Movimiento Nacional, en cuya basura andan rebuscando los ultras de Vox.

Indigna tener que reivindicar en 2019 el valor de la democracia y de los partidos políticos, la libertad de ideas, expresión y manifestación, la participación popular, la igualdad; pero no son solo los ultras de Vox quienes ponen en peligro la democracia, sino todos los que consienten el desprestigio del noble Arte de la Política. Los que contribuyen al insulto y a la zafiedad en el debate, los que amenazan y disparatan, incluidos los periodistas, tertulianos y medios que hacen de la política un espectáculo. Esas Sextas, esos indas y esos ferreras, o insultadores compulsivos como Jiménez Losantos, no nos hacen ninguna gracia cada vez que se ríen de nosotros convirtiendo el espacio de lo público en un chascarrillo y la discusión de ideas y proyectos en una timba de taberna.

Sigo, estudio y comparto el debate político desde la adolescencia, y he sido analista y tertuliano durante más de un lustro en periódicos y televisiones, hasta que me echaron, supongo que por incómodo. He escrito cientos de columnas –con más o menos acierto, nadie está en posesión de la verdad–, y he procurado evitar el insulto y el argumento ad personam (¡Y tú más!) que no es un argumento, sino acaso la falacia más recurrente. La estamos viendo sacar las uñas mugrientas en esta campaña electoral, que vamos a padecer como un circo de pulgas saltarinas y payasos trileros.

Llegados a este punto, se imponen ciertas medidas higiénicas. La primera, cambiar de canal o apagar la tele cada vez que salga alguien vociferando o insultando. Si no sabe ni siquiera hablar con respeto en un debate, no sirve ni para pedáneo del Valle de los Caídos. Hay millones de documentales, películas y series interesantes en la tele, el cine o la web como para perder un solo minuto de nuestras preciosas e irrecuperables vidas comiendo su basura.

Fuera de nuestro espacio público los candidatos y candidatas que siembran miedo, los que gritan e insultan, los ególatras, los que tienen ocurrencias, los que no piensan antes de hablar… y después tampoco. Los que se cambian de bando sobre la marcha, los llamados «fichajes», equiparando el bien común con el fútbol. Fuera de la vida pública los incapaces de escuchar, comprender y compartir.

En el perverso juego de mayorías/minorías de bloqueo en que ha degenerado la vida parlamentaria —y los plenos locales—, algunos confunden gobernar con imponer su voluntad. Son autoritarios disfrazados de concejales o de ministros, incapaces de escuchar a sus propios hijos.

Gobernar es sobre todo escuchar. Valorar, ponderar, razonar. Gobernar es sentir empatía con los más necesitados, con los indefensos, la gente humilde que hace horas y meses de espera en los pasillos de los hospitales públicos o ve cómo sus hijas, con notas brillantes, tienen que emigrar a Alemania o al Reino Unido, donde ya hay 6.000 jóvenes investigadores españoles dándolo todo. Muchas de ellas ni siquiera podrán votar.

Cada vez que alguien hable de tonterías, está ocultando un problema real: ríos de tinta sobre el chalé de Pablo Iglesias, pero silencio sepulcral sobre los privilegios confesionales, los sobones con sotana o las corruptelas monárquicas, candado a las cloacas policiales y bancarias, niebla sobre las grandes estafas de los Pescanovas, Carceller, Victorinos, Florentinos, Villar Mir y otros grandes sabuesos, prohombres que pagan campañas, pero tampoco se meten en política.

Frente al secuestro de la Política, que convierte el Parlamento en un plató de Gran Hermano, nuestro deber ciudadano es meternos en Política, con mayúscula: pensar, leer, escuchar, cuestionar, separar el trigo de las promesas de paja, aventar el postureo. En definitiva, practicar la democracia y la igualdad, participar de tú a tú, y votar a conciencia; y al día siguiente, exigir el cumplimiento de lo votado.

No hagan caso a Franco y no tengan miedo: métanse en Política. ¡Arriba las ramas!
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