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Navidades, vanidades

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11/01/2017 A A
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Navidades, vanidades
Cumplidos están nuestros afanes, una vez comprado cuanto deseábamos. ¿Y ahora qué? Se supone que la felicidad, estaba en una cajita envuelta en celofán y con un lacito rojo; en los escaparates, las lucecitas o entre la gente risueña. Pero apenas unos días, comprobamos que lo pagado, no valía la pena. Menos, el esfuerzo superior a las propias posibilidades. Gastar unos recursos que, ante la incierta situación política y económica, necesitarás sólo para vivir. Lo de «feliz año» es una convención estúpida, cuando ya se atisba que todo va a peor. El telón ha caído. Las luces apagadas, la sombra de los árboles muertos y la ira de la gente, son como una bofetada que nos saca del ensueño y nos sume en una familiar sensación de vacío. Una vez más nos han vuelto a engañar pues la felicidad no tiene precio.

Hace más de dos mil años, un personaje impresentable, ya era consciente de ello. Hablo de Diógenes, llamado el Cínico, cuando el propio Alejandro Magno –tan presente en el Museo Bíblico Oriental, desahuciado de esta ciudad de ignorantes–… Alejandro, decía, le ofreció a Diógenes cuanto deseara. Pero lo único que el filósofo pidió, fue que se apartara, porque le estaba haciendo sombra. Una temprana lección de existencialismo. Comer, beber, excretar y no trabajar, así era la vida del Cínico. Si lo pensamos, prácticamente la misma que llevan nuestros personajes púbicos y políticos, aunque en distintas proporciones. El existencialismo fue una filosofía muy presente en la cultura francesa de finales del XIX y mediados del XX, con personajes como Sartre, Camus, Beauvoir, Artaud, Becket, Ionesco, etc. que se plasmó en la música, literatura, teatro y todas las manifestaciones culturales. Pero siempre ha existido, mientras exista el hastío por la vida, con sus lujos y miserias. Y, por más que parezca raro, entronca con el pensamiento judeo-cristiano. El mejor manual, está en la Biblia (Ec.1.) cuando el hijo de David, rey de Israel, exclama: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Una verdad como el templo de Salomón. No hemos aprendido nada.
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