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A LA CONTRA IR

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| 02/10/2019 A A
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Ha hecho furor en muchos locales el cartel que dice «No disponemos de Wifi. Hablen entre ustedes». Pero el dicho adquiere mucha más jerarquía si lo pones sobre un viejo teléfono negro de cable y rosco para marcar. Un teléfono que nos lleva a aquellas conversaciones de «te cuelgo, que es conferencia».

Pero sobre todo nos remite a aquellos bares con conversación, partida, tertulia y reunión. Con un teléfono que apenas sonaba una vez en toda la noche para recordarle a alguien si «no es hora ya de ir para casa» u otra vez para llamar por algo urgente, que no se puede andar llamando para tonterías.

Teléfonos negros sin Wifi que son ahora soporte de frases que ironizan sobre la adicción a este instrumento y hasta con su punto de humor negro en aquel que dice: «En mi tumba pondré Wifi gratis, así me aseguro de que vendrá gente a verme».

Pero la realidad dicta que en los pueblos que hace no tanto tuvieron un teléfono negro y con cable como el de la foto en estos recientes meses de verano era una estampa habitual ver a veraneantes y chavales jóvenes sin Wifi en las casas de veraneo con sus tablets y móviles para poder ver los correos electrónicos que les han enviado durante las noches, para darle vida al móvil en el que se han quedado sin datos... para, explican ellos, conectarse con el mundo.

¿Es que no existía mundo más allá de la puerta del bar cuando sólo se descolgaba el viejo teléfono negro para poner conferencia a los hijos que habían quedado lejos o al vecino que te riega las plantas?

¿Existen estadísticas del valor real o la necesidad de enviarlos de todos los correos que se leen por las mañanas en los bares que sí tienen Wifi?
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