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Músicos

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OPINIóN IR

28/10/2020 A A
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Músicos
Allí donde he sido he buscado los árboles o he sido, precisamente, porque había árboles. Para evitar el vértigo al pasar de un mundo a otro, al levantar la vista del papel o la pantalla, siempre he necesitado de los árboles como puente por el que atravesar seguro, incluso los días de tormenta. Con árboles al otro lado del balcón, rodeado de árboles o bajo un árbol estratégicamente elegido cerca de una fuente, así he escrito todas mis novelas. Salvo, es cierto, parte de esta última, aquellos meses encerrados en los que sólo cielo me llegaba por la lucerna del tejado. Mientras escribo ahora, observo con congoja los vuelos kamikazes de las hojas. Si sacara la mano, quizás podría salvar alguna. Me digo. Pero no me levanto, dudo que sea lícito evitarle la muerte al dispuesto a estrellarse.

Vivo frente a un parque. Fue condición sine qua non. Es un parque de árboles que han visto pasar reyes, repúblicas, guerras, revoluciones y, aunque un día fueron árboles de palacio, ahora se entretienen contemplando desde sus altas copas las partidas de petanca de los viejos y los juegos sin reglas de los niños. Estas últimas semanas, nos llegan, desde el parque, notas y acordes. Intrigados, incluso con cierta esperanza adolescente, bajamos, guiados por el oído. El mapa es sencillo y pronto damos con el tesoro. No está enterrado. Al alcance de todos y a la vez ajeno, un grupo de músicos dispuestos en círculo. Clarinete, trompeta, flauta travesera, trombón de varas, dos saxos, guitarras, unos de pie, otros sentados en la hierba, aquellos sobre el lomo de un banco, todos respetando distancias. Son músicos que en lugar de encerrarse se han abierto y este parque ahora es su lugar de ensayo y de encuentro. Suena jazz. Se obra el milagro. Esa inquietud, la agitación que desde hace unos meses nos persigue como un perro mordiendo los tobillos, desaparece. Hasta León deja de correr. Escucha. Disfruta. Aplaude.

Si los árboles nos enseñan la tenacidad y la calma, de la música, de los músicos de estas tardes ocasionales podemos aprender la valiosa lección de que no es necesario ser una banda de cornetas para ir todos a una. En armonía, cada instrumento aporta su específico matiz, enriquece así la melodía y se sabe parte de ella. Nos vamos del parque. Vuelve el ruido. Estéril.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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