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Música y claveles para una revolución

Música y claveles para una revolución

OPINIóN IR

01/05/2020 A A
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Música y claveles para una revolución
Escribo la presente columna hoy, abril, al cierre, jueves 30, abrazado a 2020 en presencia de una tarde sin ni siquiera un sol remolón, sometida aún a la pesadilla del Confinamiento, pesadilla que me invita a hacer mías aquellas palabras de Joaquín Sabina con su ronca voz formulando la pregunta «¿Quién me ha robado el mes de abril?», pregunta que me lleva a esta otra enteramente mía: ¿qué pasará con la Desescalada? ¿Será aprobada por el Congreso de los Diputados? La ‘Desescalada’, palabra que últimamente suena, consuena , retumba o truena hasta casi desgastarse, como sucede con nuestras manos últimamente que de tanto lavarlas, restregarlas con agua y jabón se tornan ásperas, resecas y exigen una justa atención, motivo por el cual el otro día apenándome de ellas las acaricié con una crema recomendada compuesta por alantoína y glicerina tres veces seguidas y la tragaron visto y no visto, es más, estoy segura que si prosigo tragarían más y más hasta acabar el tubo y es que esto del atusamiento y hermoseo con la Cuarentena se abandona bastante.

Nadie dude que en lo tocante a las manos durante el periodo que vivimos es algo anecdótico o con cierto humor. Para mí como para todos los españoles en este momento son los enfermos, los muertos a espuertas y las personas que sufren en tan inexplicable pandemia , que no sé pero hoy he advertido cuando iba a salir al aplauso de las ocho que entre mis vecinos no salió nadie. Existe un cruce de opiniones entre sanitarios y no sanitarios en torno al asunto, esto a lo mejor unido a un cierto cansancio generado porque se ignora cuándo los muertos por el Covid-19 van a cesar lo explica todo. Me preocupa lo anterior y mucho igualmente la precaria situación económica sobrevenida a muchos ciudadanos.

No obstante, por el contrario, visita hoy, jueves, mi memoria el 25 de abril de 1974. Han pasado muchos días, horas, sin embargo desde entonces se respira el aroma rojo de la libertad y la democracia en nuestro vecino Portugal. Un solo ramo de claveles ofrecido por la joven Celeste a los ateridos militares sublevados en torno a la lisboeta Plaza del Rocío , claveles que ellos aceptaron de buen grado colocando cada uno en su fusil o escopeta, resultaron suficientes para bautizar a tal revolución triunfante en el pueblo más pobre de Europa Occidental sobre la eterna dictadura salazarista como La Revolución de los Claveles.

Han transcurrido 46 años del triunfo de La Revolución de los Claveles, o ‘Liberdade’ en ese país hasta entonces pobrísimo, como queda escrito, y por consiguiente emigrante a lugares como EE.UU, Canadá, Francia, Alemania Occidental y la propia España, con similar pobreza. Ahí está el Bierzo con sus minas en poblaciones como Fabero, Bembibre, Torre del Bierzo y también Laciana con Villablino o Caboalles sin olvidar la zona de Sabero o La Robla. Por ellos circulan nombres y apellidos del país luso del tipo de Dos Santos, Portelinha, Gerete, Elza, Alves, Sousa, Figo, Cerqueira…

No obstante, hasta ahora no he nombrado a una persona, a un civil cuyo liderazgo es incuestionable en la exitosa Revolución. ¡Cómo olvidar a Zeca Afonso, o Zeca, sin más, profesor, cantautor, represaliado y autor e intérprete de la canción prohibida por el dictador Antonio Oliveira Salazar, ‘Grândola Vila Morena’ ante cuyo sonido desde la emisora católica Radio Renascença se levantaron las principales núcleos portugueses y triunfó la sublevación, canción que se ha convertido en el símbolo revolucionario y democrático en el pueblo portugués (la estoy escuchando, siempre emocionada y con fervor), canción cantada, versionada, adaptada por múltiples cantantes nativos o internacionales afamados. Entre ellos la extraordinaria fadista y actriz lusitana Amalia Rodrigues, también Ennio Morricone, Andrea Bocelli, Dulce Pontes, José Carreras...

Se aleja la tarde. Me cuesta abandonar el teclado. Contemplo una fotografía del estupendo Zeca sentado en una silla de ruedas con una boina y sus indispensables gafas. La cruel y larga enfermedad que le atacó ya había hecho mella en él hacía tiempo. Murió en la pobreza sin olvidar a los castigados por la corrupción y la behetría. Estoy segura. Prosigo escuchando: «Grândola, Vila Morena / Terra da fraternidade / O povo é quem mais ordena / Dentro de ti, o ciudade». Un clavel rojo apunta al cielo en mi estudio, acentúa los recuerdos: ¿quién se atreverá a negar que Francisco Franco Bahamonde se llevaba muy bien con Antonio Oliveira Salazar? La respuesta no ofrece sombras, ni siquiera chinescas.
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