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Movimientos migratorios

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13/01/2018 A A
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Movimientos migratorios
El siglo XX trajo consigo dos grandes revoluciones para la sociedad española: el desarrollo tecnológico y el paso de un mundo rural a otro más urbano. Y aun siendo importante el avance que nos ofreció –y sigue haciéndolo hoy, incluso a más velocidad– la tecnología, España ha cambiado su estampa emocional por completo.

Nuestros abuelos, al menos una inmensa mayoría, nacieron y crecieron en el campo. Algunos siguieron viviendo o malviviendo en sus pueblos y aldeas toda la vida. Trabajando de sol a sol en sus cosechas o cuidando de la ganadería, como maestros de escuela o regentando una de aquellas encantadoras tiendas de ultramarinos en las que lo mismo podíamos adquirir un kilo de garbanzos que dos rotuladores rojos o un corte de tela para una falda de entretiempo. Uno de esos lugares que, como dice la poeta Julia Conejo, son apropiados para la poesía. La vida era más sencilla y plácida, también era más lenta. Nacían más niños y aprender era una tarea ardua en aquel universo rural en el que el bicho más raro de una aldea era seguramente un ratón de biblioteca. Pero no es de nostalgia que quería hablarles.

Ellos, los que disfrutaban jugando en las calles a la pelota y a las canicas, crecieron y antes o después, migraron a la ciudad. De esas calles que guardaron sus raíces se marcharon a la capital de provincia más cercana o a otras de las que habían oído hablar en un tren de cercanías. Y los hijos y los hijos de sus hijos terminaron por irse a Madrid o a Barcelona para estudiar o trabajar, pues en nuestras provincias se empezó a sufrir ese terrible mal llamado despoblación, una traducción técnica de la palabra ‘abandono’.

Casi todos los que se fueron lograron establecerse en grandes urbes. Son aquellos que hoy regresan a nuestros pueblos a llenar el verano de calor y alegría; porque no nos engañemos, la mayoría de nuestros núcleos rurales siguen vivos gracias a esos veranos de truchas y verbenas.

En el siglo XXI ya no nos bastan Madrid ni Barcelona. La falta de oportunidades exilia a nuestros jóvenes al extranjero, quieran o no. Sin embargo, cada vez son más los que piensan en volver. Se inicia una tendencia al regreso, aunque la salida sea opositar o ser emprendedores, esa palabra que da tanto miedo. Nuestro problema es la ausencia de oportunidades, las nefastas condiciones de trabajo, la inexistencia de un empleo digno. Algún día nos arrepentiremos de no habernos rebelado ante los que nos pisan, cuando España sea un país anciano, cuando seamos conscientes del éxodo.
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