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Mochila llena, alma triste

Mochila llena, alma triste

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| 11/09/2019 A A
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Mochila llena, alma triste
Las frases de madre –esas de ‘esto ya pasa de castaño oscuro’; ‘¿qué va a haber de comer? comida’; ‘si escuece es que está curando’; ‘te abrigas o no sales’ o la contundente ‘¡te lo dije!’– tienen esta semana de inicio del curso para los más pequeños de la casa un más que amplio abanico de palabras para seducir que son conscientes de que no se las creen ni ellas. Y mucho menos los chavales.

«Vamos a forrar los libros» o «mira qué bonito el cuaderno de Plástica» son solo frases para decir algo que llene el tenso silencio. «Vas a encontrarte con los amiguines, que no los ves desde junio», tiene más carga de profundidad pero el chaval, que está de morros, le corta el rollo: «Claro que lo he visto, y nos hemos hablado por ‘wasap’ casi todos los días».

Agua. El intento no está penado.

Por favor, no lo intentes con el «ya verás qué profes más simpáticos y buenos tienes», porque puedes colocarle directamente al borde de la respuesta impertinente.

Estos tragos hay que pasarlos con la mochila llena y el alma triste. Pensar que hace 80 años una maestra leonesa, doña Angelita, patentó un invento «para que los niños no tuvieran que cargar con pesados libros cada día para ir a la escuela» es como para ponerse del lado del chaval; aunque poca culpa tenga la madre, que bastante tiene con buscar de dónde sacar perras para pagar la enseñanza gratuita.

Va a resultar que tenía razón el gran Gabo, una vez más, cuando el padre del Coronel Buendía explicaba en sus memorias que «a los cinco años tuve que interrumpir mi educación para acudir a la Escuela».

No le des más vueltas. Desiste del intento de contarles cuentos a los chavales, que despertando a las siete de la mañana bastante tienen para ellos.
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