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Mis propias palabras

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04/11/2018 A A
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Mis propias palabras
En Soto de Sajambre, durante demasiado tiempo, había que subirse a una piedra situada en la parte alta del pueblo para coger cobertura y poder hablar por teléfono. Lo hice una vez, y el maestro Mauricio Peña me sacó una foto por la espalda que salió publicada en la contraportada del periódico. Un procurador socialista tuvo a bien llevarla al pleno de Las Cortes para denunciar las deficientes comunicaciones en Picos de Europa y la exhibió para que la vieran todos sus colegas, desde ambos lados y también desde la presidencia, de modo que yo, que siempre he sido muy macarra, puedo presumir de haberle enseñado el culo a sus señorías, aunque fuera en diferido, en pleno Pleno. Cuando uno se pasa la vida buscando noticias que contar está muy atento a la repercusión que después tengan. Antes, cuando los periodistas tenían respeto por el periodismo, la repercusión consistía en que tu competencia tuviera que hacer malabarismos para engancharse al tema, pero ahora el nuevo periodismo digital, ése que modifica una y otra vez la misma noticia hasta conseguir que no sea el redactor el que acude a las fuentes sino las fuentes las que tienen que acabar acudiendo al redactor, ha profesionalizado aquella explicación que todos dábamos en la escuela cuando nos acusaban de haber copiado al compañero: «Sí es lo mismo, señorita, pero lo he contado con mis propias palabras». Hubo un tiempo en el que se consideraba un éxito que algún partido se hiciera eco de tu noticia, pero en esta época, la verdad, en esta suerte de clima pre-bélico que marca el horizonte electoral, los políticos ya no se asoman a la prensa únicamente para verse guapos y sonrientes, que es lo que suelen hacer con los periódicos como quien se mira en el espejo, sino que buscan temas que contar con sus propias palabras. Se conoce que más de uno no ha hecho caso a la señorita ni en lo de no copiar ni en lo de dejar todos deberes para el final, cuando se les va diluyendo el cargo. Así, a los parlamentarios leoneses del PP se les vuelve a ver estos días por León, lo que sería toda una sorpresa durante el resto del mandato, y en alguno de los casos se les vuelve a ver incluso por la sede del PP, lo que se puede considerar todo un milagro. Ciudadanos parece que no busca ideas en los periódicos sino en las redes sociales, por eso sus propuestas tienen ese tufo de postureo y se centran en el clima y en los selfies, y pueden ser tan variadas como hacer una piscina fluvial en el Bernesga o impedir que las casas de apuestas abran cerca de los colegios. Si nieva piden que se abran las estaciones de esquí, si hay incendio que se contrate a más brigadistas y seguramente cuando llueva pedirán que se repartan paraguas. El PSOE de la Diputación entra en el juego de pedir que las estaciones abran antes (saben bien de lo que hablan, no en vano a través de esas siglas entraron muchos de los trabajadores que hoy suponen el principal escollo para privatizar San Isidro y que, en la mayoría de los casos, no están dispuestos a empezar a doblar el lomo a estas alturas de noviembre) y el del Ayuntamiento entiende la oposición como irse de safari: dar un paseo por los barrios y hacerse unas fotos junto a un árbol mal podado. Podemos sigue en estado de shock desde que el presidente de la Junta, hasta ahora un señor muy educado pero que quizá quiera despedirse de la política como Zidane lo hizo del fútbol, llamó esta semana «muñeca diabólica» a su portavoz. Con razón, los morados ponen el grito en el cielo por utilizar el femenino para faltar al respeto, pero al centrarse tanto en el género parece que asumen lo de muñeco y que dan por supuesto lo de diabólico. Para rematar, los sindicatos convocan una manifestación por León y cometen la temeridad de pedir a los leoneses que digan públicamente lo que suelen decir en los bares, como si no hubiéramos tenido suficiente con las escuchas de la Operación Enredadera. No se han enterado de que los leoneses, en los bares, nos damos la razón, aunque no lo parezca por las voces, que el espíritu crítico sólo surge por la espalda, cuando da la casualidad de que el culpable nunca está presente.
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