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Mira tras de ti

Mira tras de ti

OPINIóN IR

18/02/2015 A A
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Mira tras de ti
¡Mira tras de ti! No, no se trata de un grito de alerta que pretenda avisarnos de robo, celada, sorpresa o susto que pretendan darnos. En realidad es lo único que no debería ser una sorpresa, pero sigue siendo un susto y en muchos casos nos lo tomamos con un robo y también como una emboscada que nos han tendido.

Sorprendentemente la muerte nos sigue sorprendiendo aunque es lo único que tenemos seguro, la única cita a la que sabemos que no habremos de faltar. La muerte nos asusta y sin embargo, Epicuro, en su infinito amor por el género humano, intentaba con su filosofía librarnos del temor a la muerte: No temáis a la muerte, pues la muerte es privación del sentir. Cuando nosotros somos, ella no está. Cuando ella está, nosotros ya nos somos.

¡Mira tras de ti! Así le decía el esclavo al general. En la República Romana – también posteriormente en el Imperio-, cuando un general resultaba victorioso en la guerra, el Senado podía concederle el triunfo. El triunfo consistía en el desfile del general, en una cuadriga, por las calles de Roma, con el botín y los vencidos. Era aclamado por el pueblo romano. Un esclavo, le acompañaba, sosteniendo sobre su cabeza una corona de laurel, símbolo de su victoria. Este mismo esclavo, durante toda la procesión a lo largo del Foro, hasta subir por las escalinatas del templo de Júpiter Optimus Maximus, le iba susurrando al oído: “¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre (y no un dios)”.

Ni siquiera un general romano triunfador podía salir victorioso del lance con la muerte, por su condición mortal. Es la muerte la que nos hace humanos, la muerte lo único que impide en nuestro engreimiento considerarnos dioses (la muerte y, para Niezstche también el “bajo vientre”). Memento mori. Tener siempre presente nuestra condición.

Hoy miércoles de ceniza, el ritual cristiano de la imposición de la ceniza reza el versículo del Génesis: “Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir”. Otra manera de recordarnos nuestra vanidad –de vano-, de lo poco que somos, no más partículas de polvo, de lo efímero que ha de ser nuestro paso por este mundo nuestro, en el que estamos de prestado y donde nadie nos asegura un nuevo día, ni que mañana hayamos de despertar.

Siendo esto así, inexorable, seguro, cómo es que perdemos el tiempo, tan preciado y escaso. Cómo es posible que no apuremos cada instante de esto que va entre un polvo y otro polvo, de esta maravilla que se llama vida. Así que vivamos, porque hemos de morir.

Y la semana que viene hablaremos de León.
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