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Miedo a pasar hambre

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21/07/2018 A A
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Miedo a pasar hambre
El pasado martes en uno de los viajes en coche regresando de mi querida Salamanca, esos en los que a la altura de Benavente puedes sentir y sufrir la dejadez de una autovía lamentable e indigna más propia de una República Bananera que de nuestro viejo reino, decidí parar en la única estación de servicio que hay sin desviarte de la carretera.

Paré únicamente para echar combustible, tomarme una coca cola Zero, por aquello de la operación verano, y por supuesto para ponerme la chichonera que me ha facilitado el gran cicloturista Carlos Adrián.

O rompes los amortiguadores o te rompes la cabeza, y si por el contrario decides infringir el código de circulación e ir por la izquierda (lo más racional con tanto puto bache), corres el riesgo de que te faciliten una partitura de tomo y lomo.

Volviendo al hecho de parar y descansar, entré en el restaurante, ahora llamado área de servicio, y cuál fue mi sorpresa al descubrir que no había ni una mesa libre. El bar estaba abarrotado de gente feliz y contenta que se estaban poniendo finos a comer. Primero, segundo y postre, con el indispensable flan con nata montada.

Dos pensamientos me vinieron a la mente, el primero era que seguramente sería la primera vez que transcurrían por la Vía de la Plata, porque si no no se entiende esa manera de comer, sabiendo que vienen los baches. Y la segunda, y más importante, es que la gente es feliz, a los mortales nos gusta comer y con valentía, porque para apretarse una ensaladilla rusa en el medio de la nada, hay que tener buenos arrestos.

Mientras degustaba mi coca cola acompañada de unos tristes maníes me venía a la mente el miedo que tenemos los seres humanos por quedarnos sin comer, y de ahí el que esos conciudadanos estuvieran almorzando como si no supiesen cuando volverían a comer, sin preocuparse por el reloj. Como aquellos usuarios de otro medio de transporte, el tren, que según suben al vagón, tras colocar las doscientas bolsas y poner a prueba la barra de cristal, apenas han recorrido 10 kilómetros y ya han sacado el bocadillo de filete empanado y pimientos fritos, o los más osados que montan directamente con la bolsa del burger King con el doble Whopper, creando ese olor tan característico de los Alvia.

Y así, tras analizar pros y contras y ver lo gilipollas que he sido en el pasado, decidí pedir algo de comer. Me metí un pepito de ternera (rico como pocos), con café cortado pero sin faria. Luego dormí un siestorro bajo un árbol en un área de descanso. Llegué tarde a casa, pero feliz.
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