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Micromachismo versus Macromachismo

Micromachismo versus Macromachismo

EL BIERZO IR

Los Micromachismos pueden venir desde los juegos de infancia. | DIF Ampliar imagen Los Micromachismos pueden venir desde los juegos de infancia. | DIF
Mujeres por la igualdad | 17/01/2021 A A
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Micromachismo versus Macromachismo
Clara de Campo ¿Son acaso los comentarios sexistas, los insultos, las degradaciones verbales, los agravios, las vejaciones a niñas, adolescentes y mujeres Micromachismos? Veamos...
La Real Academia Española define, Macro- Elemento prefijal que entra en la formación de nombres y adjetivos con el significado de «grande» o «muy grande». Micro- Elemento prefijal de origen griego que entra en la formación de nombres y adjetivos con el significado de «pequeño», de «magnitud reducida».
¿Por qué esta revisión lingüística? Responde a serias dudas que se nos plantean con la implantación y uso reiterado de vocablos que parecen usarse con vocación de facilitar su comprensión, y me refiero muy en concreto al uso del término Micromachismo. Su uso tan habitual, parece siempre ejercer efecto placebo, un eufemismo normalizador, un matiz de sutileza, un parapeto, un muro protector, actualmente muy extendido en cualquier espacio de análisis sobre situaciones de desigualdad o en situaciones de negación patriarcal sobre la rotunda realidad machista.

El Micromachismo parece vestir de etiqueta o disfrazar el uso de la violencia encubierta y continuada hacia las mujeres. ¿Se puede hacer «pequeño», un «vistes como una niña», un «con quién hablas zorra», un «quita de ahí inútil, mujer tenías que ser», o quizá un «te voy a dar ostias hasta que aprendas»?

¿Es posible otorgarle «magnitud reducida» al acoso, a la violación, a una paliza? No, rotundamente no, en ningún caso. Con absoluta perplejidad compruebo que tanto comunicadores, cargos públicos, como no, los supremacistas patriarcales y hasta mujeres, dedicadas al estudio y avance sobre las medidas de protección contra la violencia de género o la lucha en contra de la desigualdad usan este término con asiduidad y cierta audacia que no acabo de comprender. El uso del término micromachismo, no facilita nada más que hasta convertir en Microcifras el número de mujeres asesinadas una y otra vez en manos de la violencia machista. Parece que esas vidas truncadas también han pasado a ser Microvidas. Al fin y al cabo, «¡es una más!».
En este afán de minorizar, suavizar y/o negar la terrible permanencia de la realidad machista en nuestras sociedades actuales, observamos sin inmutarnos una falta de compromiso por ejemplo entre los medios de comunicación. La verdad y las hemerotecas son torticeras, y es bien fácil comprobar el tiempo dedicado en noticiarios nacionales en prime time a la mención de otra mujer asesinada en manos de su maltratador. Cualquiera podremos comprobar que no pasa de dos minutos como mucho, véase la noticia de la última víctima de violencia machista del año 2020, ¡la número 85!

Pero tampoco hemos visto ríos de tinta en periódicos por la número 24, cientos de caracteres en redes por la 39, o montones de minutos en radio por la número 63. Porque sí, esas microvidas acabadas son sólo números. Nadie nos cuenta quiénes son, no sabemos cómo han vivido, si eran madres, hijas, hermanas. Nadie analiza su experiencia vital, su sufrimiento o su lucha. ¿No es en verdad surrealista, inhumana y enfermiza esta paradoja? ¿No debieran ser estos números Macrocifras de corresponsabilidad e intervención social en todos los ámbitos de actuación? ¿No les corresponde de pleno derecho a esas vidas otorgarles la magnitud de «grande» o «muy grandes»? No sólo eso, debieran ser Macroasuntos de Estado. Somos conscientes también de la ausencia de compromiso en Instituciones Públicas, en Administraciones Nacionales y Supranacionales en el actual orden político mundial.

Nuestro país, habiendo sido ejemplarizante en diferentes compromisos adquiridos en contra de la desigualdad entre mujeres y hombres, así como en la protección en contra de la violencia de género, no deja de ser un punto pequeñito de luz en el temible mapa mundial de la desigualdad y el maltrato que sufren las mujeres en manos de la Supremacía Machista que avanza descontrolada como Atila y los Hunos, frontera tras frontera devastando hasta lo que creíamos inquebrantable.

Quizá nunca más venga a cuento esta cita metafórica, después de haber sido sorprendidos en todo el mundo con el reciente asalto al Capitolio de los Estados Unidos, fortaleza inexpugnable democrática tomada por los hombres de las cavernas, violando y usurpando espacios de lucha , entrega y libertad como pueda ser el despacho de trabajo de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, mujer libre y valiente a la que no han podido someter y mucho menos impedir que Kamala Harris, otra mujer, negra, de origen inmigrante y sobre todo, libre y comprometida con los derechos fundamentales de las mujeres, llegara a ser proclamada por primera vez en la historia vicepresidenta de los Estados Unidos, con una máxima «que lo importante no es ser la primera, sino que no sea la última». Porque, no seamos ingenu@s, el asalto al Capitolio ha sido la representación de mucho más que la pataleta de un tarado llamado Trump por quitarle su juguete de poder. Existe claramente un trasfondo y motivación machista y patriarcal desmesurado en contra de que las mujeres consigamos nuestras cotas de representación y poder en el orden político, social y económico mundial.

Autoras como Ángela Paloma, periodista especializada en género y política, lleva años dedicada a tejer redes de acción y difundir la necesidad irrenunciable de la feminización de la política como herramienta esencial para la transformación social.

Conocedora en primera línea de la dificultad, la desigualdad, y el juego sucio sin escrúpulos de las sociedades machistas que soporta cualquier mujer que luche por acceder a los espacios de poder y representación, o en campañas electorales en diferentes países de Latinoamérica o en la durísima campaña de la propia Hillary Clinton, la periodista y profesora no deja de reflejar en sus publicaciones que el machismo opresor no deja de lanzar cargas en contra del desarrollo de la capacidad femenina que no hace más que evidenciar las graves carencias de esa mal adoptada superioridad masculina secuestrada en diferentes roles sociales.

La feminización de la política, forma parte de manera intrínseca e histórica de la hoja de ruta feminista y se lo debemos a nuestras antecesoras sufragistas y sindicalistas.
Sin dejar ese oscuro mapa machista del orden mundial, no podemos mirar hacia otro lado cuando aún parece un milagro -cuando debiera ser una normalización -, que una nación como Argentina haya esperado al siglo XXI para aprobar la Ley del Aborto y las mujeres den un «macropaso» en la senda de la libertad. Nos mantenemos impasibles, sabiendo que en nuestros días, entre Estados Miembros de la Comunidad Económica Europea hay mujeres en incomprensibles situaciones de desigualdad, y con graves coacciones y limitaciones en sus derechos como mujeres, como individuos, como ciudadanas libre. Y eso lo vemos en ésta grande Europa, en ésta sólida Europa en la que con absoluta entrega nuestros representantes en la Administración Europea pueden dedicar cientos de horas en maratonianas reuniones para llegar a un acuerdo porque un ilustre estado decide abandonarnos a nuestra suerte y es de «macroimportancia» asegurar las cuotas de merluza y lenguado por ejemplo.

En cambio, ¿alguien ha visto y yo me las he perdido esas mismas interminables horas de dedicación de nuestros representantes políticos, o miles de folios en aras de implantar y blindar para siempre que las mujeres de todos los Estados Miembros vivan en igualdad de derechos y protección? Quizá sea éste otro «micromachismo» y carezca de la importancia que parece retorcer mis entrañas. Abogo y lucho con mis humildes aportaciones, igual que millones de mujeres por erradicar definitivamente esta frivolización y «empequeñecimiento» de la lucha feminista frente a la realidad machista. Abogo por que desaparezca cualquier acción para hacer menor una cuestión mayor. Abogo por el compromiso social, por el apoyo incondicional a luchadoras que injustamente son siempre castigadas y denostadas simplemente por tener la fortaleza para existir y pronunciarse libres como Lidia Falcón, recientemente vapuleada en diferentes barros. Y cómo ella tantas otras, muchas, demasiadas…

El hecho de que perseveremos, y de que haya tanto por transformar , no hace más que avalar nuestra fortaleza como mujeres en «nuestra bandera de nombre Mujer», en un tiempo donde hasta las banderas se ha convertido en instrumento de reafirmación machista y supremacista.
«El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente», Simone de Beauvoir.
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