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Mi primer alirón

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04/06/2017 A A
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Mi primer alirón
A finales del siglo XIX los capataces británicos que gestionaban yacimientos mineros en Vizcaya marcaban con tiza blanca las vetas más valiosas al grito de «all iron». Durante unos segundos, cuadrillas enteras de picadores, entre ellos algún cazurro llegado al País Vasco en el Tren de La Robla, saltaban de alegría. La extracción de hierro puro (‘all iron’, en inglés) representaba para aquellos trabajadores una paga doble en sus bolsillos. El paso del tiempo, alguna tonadilla de por medio y varias gestas del Athletic Club en San Mamés convirtieron esta expresión anglosajona en sinónimo de victoria. Quien les escribe sigue proclamando su primer alirón una semana después. Lo sé, no tengo remedio. Llevo toda la temporada subido al carro del ascenso sin haber acreditado nunca el carnet de socio. Me da igual. A lo largo de varias décadas he cruzado los dedos cada mañana buscando el resultado de la Cultural en la prensa del lunes. Nací en esta ciudad y me gusta el fútbol. El abrazo con mi padre tras el gol de Gallar lo recordaré mientras viva. Fundirme con los tres Rebaque y otras catorce mil almas en las gradas del Reino de León, sinceramente, no tiene precio. Hemos cerrado un ciclo en el infierno y, por fin, hay algo que celebrar, cuestiones ambas poco comunes en una provincia, la nuestra, sumida desde hace años en un pesimismo vital que nos engulle casi sin darnos cuenta. Algunos, los menos, volverán a exclamar eso de «pan y circo», otros se referirán al «opio del pueblo» y más de uno escribirá que «tan solo son once hombres dando patadas a un balón». Yo me quedo con un trayecto, el que va desde la plaza de Guzmán hasta la rotonda del Auditorio. El domingo pasado, rodeado de una jauría de chavales, este cuarentón, calvo y con barriga, se anudó la bandera de su tierra para correr emocionado detrás del autobús descapotado que llevaba a los campeones por los territorios de la infancia. Durante cinco minutos fui inmensamente feliz. Entre los viandantes que observaban atónitos la comitiva me pareció ver, a lo lejos, en el cruce con la calle Juan de Badajoz, a mi abuelo Pepe vestido de mono azul aplaudiendo la gesta balompédica de su eterno equipo. Quise parar y contarle todo lo vivido aquella tarde pero al mirar hacia atrás ya no estaba. Supuse que al día siguiente Antonio, su fiel ayudante, llevaría al taller un ejemplar del diario Marca y que antes de ponerse con el primer recauchutado tendrían un rato para charlar sobre la hazaña. Esta columna va por ellos, por los que buscan vetas de hierro entre las cosas sencillas. ‘#AupaCultu’.
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