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Mercados

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13/08/2017 A A
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Mercados
Nunca he entendido bien por qué razón a los mercados de toda la vida se les denomina mercados medievales cuando pasan a ser centro de las fiestas. Es una costumbre que se ha extendido de tal manera que casi es imposible no toparse con uno cada uno de los días de verano (o del otoño) hasta el punto de que nuestra vida podría calificarse en esa época de medieval. Curiosamente no le otorgamos ese adjetivo al mercado de nuestra propia ciudad, que sí tiene un claro origen medieval y al que nos hemos referido desde siempre con una expresión bien castiza: la plaza. La descripción más entrañable que conozco de un mercado medieval es la que he leído, como casi todo el mundo, en la obra ‘Estampas de la vida en León durante el siglo X’, en la que Claudio Sánchez Albornoz amasó la historia para hacer literatura. A quien lo de la literatura le parezca discutible, le sugiero que relea las primeras líneas: «Es una mañana tibia de octubre. El aire tiene esa maravillosa transparencia que adquiere en la otoñada cuando las lluvias han posado ya el polvo del estío. Señores y vasallos cruzan el páramo leonés». Debería ser una lectura obligada para todos los leoneses tuviésemos una vaga idea de lo que podía ser un mercado medieval. Vale también para recordar lo que nuestra tierra producía (nabos, legumbres, ajos, cebollas, nueces, castañas, lino, miel, sebo, pan, cera, legumbres, uvas, higos, peras, trigo, vino…) o elaboraba (ollas, cazuelas, barreños, cucharas, carretas, zapatos, pucheros, hoces, botas de vino, arreos de cabalgadura, trébedes, madreñas, ruedas de carro…). Si le añadimos los potros, caballos, mulas, yeguas, ovejas y pollinos que también cambiaban de manos, aunque en un teso más apartado, podremos imaginar la estampa de un miércoles medieval cualquiera. La estampa del mercado de don Claudio sirve también para disfrutar de las palabras con que nuestra lengua define el oficio de cada cual: rodero, herrero, botero, curtidor, talabartero, tejedor, ollero, abarquero, pellejero. Algo importante porque las palabras que ya no se usan se pierden y hay que sacarlas a airear de vez en cuando. Su desconocimiento es tal, que ahora ya no hay labradores, agricultores, hortelanos o ganaderos. Simplemente hay trabajadores del campo. O del sexo. O del metal. O del mar. Medievales para unas coas, posmodernos para otras.
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