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Mentiras

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OPINIóN IR

21/10/2021 A A
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Mentiras
Las ‘fake news’ (noticias falsas), no son una invención moderna. En España las llevamos padeciendo dos mil años, o más; cómo cuando los romanos, para vencer la resistencia de los irreductibles Lusitanos, soltaron la bomba de que Viriato era maricón, algo muy mal visto, en aquel entonces. Como la gente no se lo creyó, tuvieron que sobornar a sus lugartenientes para que lo matasen. O cuando nos invadió Napoleón, ese enano con muy mala hostia, que lo hizo con la excusa de liberar a Carmen, la de Bizet, que estaba secuestrada por un bandolero de Sierra Morena. O cuando nos invadieron los moros y se quedaron setecientos años por aquí, que pasaron el charco (muy pequeñito, pero charco) con la excusa de encontrar un manuscrito traído por un judío cuando la destrucción del Segundo Templo que demostraba la existencia de Dios. En fin, cosas que ocurrieron hace muchos años y que hemos olvidado porque nos avergonzamos de lo fáciles que somos de engañar. Pero, la semana pasada, a cuenta de la celebración del ‘Día de la Hispanidad’, de la fiesta nacional de España, el periódico La Vanguardia, vieja y célebre cabecera al servicio del nacionalismo catalán, insertó una noticia que me causó estupor y desasosiego: los españoles, durante la conquista de lo que creían ‘las Indias’, mataron a sesenta y cinco millones de sus habitantes. Mal pudo ser, cree uno, porque, al llegar al nuevo continente, el número de sus habitantes, en su horquilla más elevada que consideran los científicos, era de… sesenta y cinco millones de habitantes. ¡Hombre!, alguno tuvieron que dejar, mayormente porque el número de sus descendientes actualmente es de setenta millones; sin contar los mestizos, que con nuestro afán por todo lo relacionado con la fornicativa, es, a día de hoy, muy superior. Que se sepa, para que nazca un mestizo iberoamericano, tienen que juntarse un blanco y una india; o un indio y una blanca, que lo mismo me da que me da lo mismo. Si La Vanguardia quiere dejar claro que los españoles somos una gente sedienta de sangre, que disfruta matando, por lo menos en mi caso, no lo ha conseguido.

También la semana pasada, un profesor de sociología o vete tú a saber, de una universidad barcelonesa, se arrancó afirmando en las redes que el gol de Iniesta es uno de los causantes principales de la violencia que se ha visto en Cataluña de hace cuatro años para acá. Sostiene el notas que el gol del manchego acrecentó el nacionalismo español más rancio y carpetovetónico. Mire usted, pollo, uno, el que suscribe, no es un españolazo, pero ese glorioso día gocé como un enano y di tantos saltos en el sofá que lo tuve que tirar. Es lo que tiene que te guste el fútbol y que el país donde nací se proclame campeón del mundo. Aquí no cuenta si eres de derechas, de izquierdas o apolítico. No es bueno confundir el culo con las témporas y los nietos de Roger de Flor lo hacen muy a menudo.

Hace unos cuantos años se publicó ‘Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el imperio español’, de la profesora Elvira Roca Barea. Aunque tuvo un éxito casi inmediato, a uno no le gustó demasiado, llamadme rarito, pero fue así. La derecha política y sociológica lo alabó hasta el paroxismo y la izquierda, sobre todo los de Podemos, lo pusieron pingando. Hasta tal punto que un catedrático de filosofía, José Luis Villacañas, muy próximo a ese partido político, contraatacó publicando un libro, ‘Imperiofilia y el populismo nacional-católico: otra historia del imperio español’, donde desmonta todo lo dicho por la señora Roca hasta llegar al insulto personal. A uno, la verdad, tampoco le gustó el libraco. Iba por el buen camino pero, de pronto, hace una afirmación que me trastornó, al afirmar que los ingleses eran mejores que nosotros, de aquí a Lima. Ellos trataron a los indígenas como hombres y no como bestias de carga y trabajo. Ellos liberaron a los nativos, mientras nosotros los esclavizamos. Las afirmaciones no son ciertas. En los actuales Estados Unidos y Canadá vivían, más o menos, siete millones de nativos. Hoy no quedan ni medio millón y en unas condiciones deplorables. En Australia vivían novecientos mil. Hoy sobreviven cien mil y, en Tasmania, por ejemplo, la última aborigen murió a finales del siglo XIX; y no cuento la que prepararon en la India, la de verdad, durante su dominación porque muchos hemos visto la película ‘Gandhi’ y sobran las palabras.

No, los ingleses fueron al menos tan hijos de puta como nosotros, si no más; pero ellos han salido casi inmaculados en todos los libros de historia y los españoles hemos quedado como monstruos, como integristas, como malas personas. A esto se le llama ‘fake news’. Por lo visto, lo importante no es quién lanza el bulo: lo importante es quién tiene el derecho a catalogarlo como tal. Salud y anarquía.
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