Publicidad
Memoria de las maromas

Memoria de las maromas

CULTURAS IR

Ampliar imagen
Toño Morala | 26/03/2018 A A
Imprimir
Memoria de las maromas
Cultura Los cordeleros es uno de esos viejos oficios más desconocidos con la llegada de las cuerdas industriales; pero sin ellos la evolución humana hubiera sido mucho más complicada
Todas estas cosinas van saliendo de la memoria y de la observación; alguien que escribe siempre tiene a la observación como el camino a recorrer; el fijarse en las cosas, -aparentemente sin importancia-, pero claves en la evolución del ser humano y de algunos animales. En una ocasión escribí sobre los mozos de estación que con sus maromas, esperaban a ser contratados para múltiples trabajos de pesos y dimensiones grandes; estas buenas gentes solo se ayudaban de sus cuerdas para realizar aquellos trabajos; en definitiva, la cuerda es lo que les daba de comer. Todavía recuerdo la inmensa maña que se daba mi padre para recoger las maromas que usaba para atar los materiales diversos en el camión; y cómo luego las colgaba a resguardo del agua debajo de la visera que estaba entre la caja y la cabina. La cuestión parecía fácil, pero naranjas de la china. Él comenzaba doblando el codo y la mano hacia arriba, y con la otra iba devanando la maroma entre el codo y la mano, al finalizar daba un par de vueltas en el medio, un apretón para que no se aflojara, y lo dicho, a colgarla. Y era muy cuidadoso con todas estas cosinas, pues una carga bien atada… pero si la maroma se partía en una curva se podía armar la de dios… imagínense si en aquellos años la carga cae sobre el coche que va detrás, o el que en ese momento se cruzaba en la carretera; mejor no pensarlo, por eso, cuando veía que las maromas habían cometido su cumplido, las retiraba para otros menesteres e iba a la cordelería a comprar más maromas. El asunto era que en las puntas, y para que no se fuera deshilachando la cuerda, le enrollaba un alambre fino y después le ponía una cinta de algo encima, para que cuando tirase la maroma al otro lado del camión por encima de la carga, al que estuviera al otro lado no le hiciera daño. Cosas sin importancia, pero la tenían y mucho. Como también, en los tensores de la caja, donde se apretaba la maroma sobre la carga para fijarla bien, los mismos, se tenía cuidado que no tuvieran alguna chapa cortante o algo similar que pudiera cortar la cuerda con tanta presión y fuerza.

Para resolver problemas de la vida diaria como atar, asegurar o colgar, los hombres han utilizado tradicionalmente fibras vegetales que, debidamente torcidas y formando un solo cuerpo de longitud, grosor y flexibilidad variable, son conocidas como cuerdas. Inicialmente la primera materia utilizada fue el cáñamo obteniéndose cordeles de donde tomaron su nombre los artesanos especializados en su fabricación. No deja de ser curioso que con esta denominación también fueran conocidos los frailes franciscanos debido al cordón blanco y con nudos con que ceñían su hábito. En la fabricación de las cuerdas, al cáñamo se unieron entre otros el esparto, el lino, el sisal, el yute, y la rafia, manteniéndose en lo básico las tecnologías tradicionales. La introducción de nuevos materiales (nailón, polietileno, etc.) ha supuesto cambios sustanciales. La evidencia de las cuerdas hechas a mano se remonta al 17.000 A.C. La mayoría fueron de pequeña longitud y trenzadas a mano. Con la llegada de la navegación y el aumento del tamaño de las embarcaciones, hubo la necesidad de crear cuerdas más largas.

Eran construidas a lo largo de una pista con ruedas giratorias fijas en el extremo superior y un cabestrante en el extremo inferior. Las cuerdas tienen una variedad de formas y tamaños. Su fabricación ha evolucionado a lo largo de los años para que cumplan tareas más específicas y con mayores niveles de seguridad. Pero sin duda alguna, las cuerdas naturales, las de fibras vegetales, donde se pueden distinguir las fibras de frutas (coco), de semillas (algodón, kapok), pero también de tallos de vegetales (cáñamo, yute, lino…), de hojas (sisal), o incluso de las semillas denominadas foliares (abacá y cáñamo de Manila). Las cuerdas de fibras naturales fueron las únicas conocidas durante siglos, y hay que retroceder a mediados del siglo pasado para ver cómo bajaron del trono progresivamente las cuerdas naturales por culpa de las cuerdas sintéticas. Se han convertido en unas cuerdas de uso poco común, normalmente reservadas a los equipos y aparejos de pesca antiguos y a algunos usos decorativos. Algunas cuerdas de polipropileno se pueden fabricar con texturas y colores que recuerdan a algunas cuerdas naturales. El cáñamo; esta fibra es, seguramente, la más conocida sin duda, porque se cultiva en zonas templadas. Esta fibra se extrae del tallo del cáñamo, una planta del género Cannabis. La rafia; se trata de la fibra natural que se extrae de la hoja de una palmera que se encuentra en Madagascar. La fibra natural de yute se extrae del tallo de la planta que lleva el mismo nombre, que se cultiva en zonas tropicales.

La generalizada utilización de las cuerdas en un gran número de actividades, (agricultura, navegación, pesca, construcción, industria, etc.) dieron lugar a la proliferación de cordelerías como lo atestiguan no solo numerosas documentos del pasado, sino los nombres de calles y plazas de nuestros pueblos. La cordelería tradicional puede decirse que ha desaparecido víctima de su inviabilidad económica derivada de la industrialización y de la disminución de la demanda de cuerdas, así como de las duras condiciones en que se llevaba a cabo. Sin embargo, la caída de la demanda ha obligado a producir nuevos enseres (cordeles para tambores, cinchetos y guantes de baño, arañagatos, trallas para las pesas de los relojes antiguos, etc.), utilizando además del clásico cáñamo, el sisal, el yute y materiales sintéticos. La historia de la cuerda se reescribe. Investigadores de las universidades de Tubinga y Lieja han determinado que un marfil de mamut tallado, hallado en una cueva de Alemania, es una herramienta para fabricar cuerda de hace 40.00 años. Las cuerdas fueron componentes críticos en la tecnología de los cazadores y recolectores. En casos excepcionales, impresiones de cuerda han sido encontradas en barro cocido y en contextos del arte de la Edad de Hielo. Los arqueólogos encontraron la herramienta para hacer cuerda cerca de la base de los depósitos del Auriñaciense del sitio. El descubrimiento destaca la importancia de la tecnología de la fibra y la importancia de la cuerda para los cazadores y recolectores nómadas en su pugna por la sobrevivencia. Y seguro que hubo cordelerías a lo largo y ancho de nuestra tierrina, pero me viene a la memoria aquella tienda de Padre Isla… El Maragato; que en su rótulo ponía… “Juguetes, Semillas, Cordelería, Corcho”… y que decían sus clientes y amigos:

- Si no lo hay en El Maragato, no lo hay en ningún sitio.

Y para ir finalizando. Son los cordeleros auténticos, que van sacando de su cintura el vellón de cáñamo, mientras gira sin cesar la rueda que hace girar a las poleas pequeñas y, éstas a las cuerdas, que se tuercen y retuercen hasta engrosar su cuerpo, apretujándose los hilos para hacerse irrompibles con la unión, que hace la fuerza… Y mientras los hombres y los niños unen y tuercen las cuerdas… va pasando el día duro de trabajo del cordelero. Leonardo da Vinci dibujó ciertos esbozos de un concepto para una máquina que hacía cuerdas, fue una de sus muchas invenciones que nunca llegó a construir.

Sin embargo, su construcción no podía ser llevada a cabo sin el desarrollo de una tecnología avanzada: En 1586, Doménico Fontana erigió un obelisco de 327 toneladas en la Plaza de San Pedro de Roma con una fuerza concertada de 900 hombres, 75 caballos y una cantidad ingente de cuerdas. No fue hasta pasado el siglo XVIII cuando diversos inventos hicieron posible la invención de una máquina capaz de construir cuerda. No me dirán que no ha sido importante la vida de estos grades maestros cordeleros… y la de cosas que han resuelto.
Volver arriba
Newsletter