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Memoria de la nieve

Memoria de la nieve

OPINIóN IR

02/12/2017 A A
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Memoria de la nieve
Nieva en la montaña leonesa y mis padres envían fotos al whatsapp familiar desde el pueblo. Una luz cruda y fría ciega las montañas. Los troncos de los árboles se abrigan con chaquetas de lana y el columpio en el que juegan mis sobrinos rompe la grisura del paisaje. Es un columpio rojo y destartalado que siempre les espera en silencio.

La locura meteorológica de los días de veinte grados de este veroño ha hecho que la nieve se haya encontrado en la huerta con los últimos tomates y pimientos, que agonizan ahora bajo su sudario. Las vías del ferrocarril, en esas fotos tomadas en las primeras horas de la mañana, son un camino aún intacto. Pronto pasará algún tren hacia Asturias y levantará a su paso esta frágil gasa de la primera nevada.

La nieve de mi pueblo me azula las manos aunque esté en otro lugar, me trae el olor indefinible de la cocina de carbón. Tendré que vestirme rápido y ponerme la bufanda hasta la nariz y las botas de goma para ir al colegio. Desde las ventanillas de la fusca, que hace horas que ha llevado a los mineros al tajo, me saludarán mis compañeros. Tal vez la cuesta esté helada, habrá que tener cuidado. Pero no, el colegio ya está cerrado. La mina también. Algo queda, pero a saber.

«Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces». No se han descongelado todavía estos primeros versos de Memoria de la nieve, un libro creado en otro otoño, uno de hace treinta y seis años, por Julio Llamazares.

La nieve es lo mismo que la página en blanco. Tal vez por eso esta tierra tiene tantos escritores. Las montañas nevadas provocan el deseo de caminarlas, igual que el folio o la pantalla del ordenador nos deslumbran con su claridad y empezamos a dar pasos -a poner letras- para iniciar una ruta hacia no se sabe dónde.

Escribir es también abrir un hueco a codazos para que nieve. Hay que crear un espacio en blanco para la soledad. Cerrar la puerta. Apagar el móvil. Olvidarse de todos. Es un viaje que dura toda la vida y que está lleno de renuncias, pero también del asombro de ver cómo caen los copos y creer que se podrá hacer con ellos algo nuevo, aunque se derrita pronto.
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