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Me parece que hemos aprendido poco

Me parece que hemos aprendido poco

OPINIóN IR

05/06/2020 A A
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Me parece que hemos aprendido poco
El 27 de marzo, hace ya más de dos meses, y me gustaría decir que parece que fue ayer, pero, la verdad es que esto se está haciendo eterno, me preguntaba si de esto aprenderíamos algo.

Hoy, esos más de dos meses después, desgraciadamente, y no voy a decir que me sorprenda, me temo que no, que no hemos aprendido mucho, al menos por una parte de la población. La ciudadanía, que ahora se dice, los españoles, según otros, o la gente según otros más.

O es que tenemos una memoria de pez.

Después de unas primeras semanas de terror, en las que el día a día se vivía como si fueran escenas de una de esas películas catastróficas, con un virus extraterrestre o manipulado por la facción terrorista más insospechada pululando por doquier, invisible pero asesino, escenas en las que caían los muertos por docenas, con los hospitales abarrotados, las residencias geriátricas convertidas en ghetos de apestados y los sanitarios jugándose la vida, hemos llegado aquí, con una mochila de fallecidos que, digan lo que digan, no sabemos cuál es.

Lo curioso es que, en muchos casos, al menos de aquellas personas con las que tienes contacto directo, el problema no es el riesgo, el problema no es si realmente estamos o no rodeados por ese enemigo invisible, impredecible en su ataque y muy desigual en sus consecuencias.

No. El problema es si me dejan salir, si puedo irme a la playa o si puedo ya tomarme una cerveza en un bar.

Hace diez días comentaba por teléfono con un amigo ya jubilado que reside en Valencia, donde van con un nivel de desescalada por delante del nuestro, que su problema era que claro, con todas estas idas, venidas y cambios de criterio, no sabía si a lo mejor se sentaba en una terraza y le podían multar.

¿Ese era el problema? Mi no entenderrr, que diría un alemán. Y se lo dije. Tu problema verdadero es saber si la silla en la que te sientas está limpia y desinfectada después de haber sido ocupada por otra persona. Tu problema es saber si quien te sirve te trae un vaso realmente limpio. Tu problema es saber cómo se ha manejado el servicio y la tapa que te sirven (si la sirven, que eso en Valencia está por ver), además de mantener unas distancias suficientes para que no te veas afectado por el efecto aerosol de la respiración de los de alrededor. Ese es tu problema. Con el agravante de que la mitad de esas cosas no tienes ni idea de cómo se han hecho.

Y no era ni un analfabeto ni un indocumentado, más bien todo lo contrario.

Y es que en esto de las terrazas de los bares no hace falta irse tan lejos como Valencia. Solo hay que mirar aquí. Hace nada que pasamos al nivel 1, una pequeña apertura, y talmente parece que ya estamos como en el verano pasado. Desde luego lo de las distancias, algo esencial para evitar la propagación, o el uso de las mascarillas, que brillan por su ausencia, y ya no voy a decir la limpieza de mesas y, sobre todo, sillas, que de eso es mejor no hablar, parece algo irrelevante.

Pero no hace falta mirar los bares. Miremos la calle. Las mascarillas son obligatorias. Pues no lo parece. Y esto sí que es preocupante, porque más bien una buena parte de la población no ha entendido que las mascarillas, y sobre todo las quirúrgicas, que son las más habituales, sirven para evitar el efecto aerosol, el expandir los posibles virus en el espacio del famoso metro y medio, pues filtrar, lo que se dice filtrar, filtran más bien poco. Pues nada, ahí los tienes, con la mascarilla en la barbilla, o en la mano, o, simplemente no la lleva.

A ver si nos enteramos: se trata de proteger al de enfrente. Se trata de que el virus, si existe (que no lo sabemos y ese es el peligro), no llegue a los demás. Eso es lo más importante de la mascarilla. Si yo la llevo puesta, le estoy protegiendo a usted, y si usted no la lleva, no me está protegiendo a mí. Y no es ya que sea obligatoria, que lo es (por cierto, por dónde está la policía haciéndolo cumplir), es que es una falta de educación y consideración. Y no me diga que es que no la soporta. Yo tampoco, y me aguanto, y si no la soporta, pues lo siento, pero si yo me preocupo por no afectarle a usted, usted tiene que hacer lo mismo. ¿Es tan difícil de entender que no hace falta que nadie lo imponga, sino que es simple y llanamente educación? Y seguridad.

Y si a alguien se lo haces notar, y con suerte no te manda a freír puñetas y te insulta, se inventa las más variadas disculpas y rocambolescos razonamientos para justificarlo.

Parece que se nos han olvidado ya los miles de fallecidos de verdad por esta maldición, miles aún no realmente sabidos, que el virus sigue ahí, y que un bautizo en Lérida o un festejo en no sé donde, vuelven a mandar a ciudadanos, a las personas al aislamiento, cuando no al hospital.

No es justo generalizar, pero mucho me temo que hemos aprendido poco. Y esto de saltarse a la torera la lógica no ha hecho más que empezar. Claro que, ya lo señala el dicho popular: el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Y todo ello con unas cifras de contagios, y no digamos de fallecidos, que no cuadran, un desabastecimiento por ejemplo de guantes y alcohol que raya con el delito, unas trabas administrativas y económicas para hacerte un test que no se entienden (o sí), un encarecimiento de los productos de primera necesidad galopante y un futuro económico que se adivina peor que horrible, mientras esto de la desescalada asimétrica y desbaratada nos tiene en ascuas, cuando no locos.

Por cierto, me decía una amiga médico que no nos engañemos, que si bien la mayor cantidad de fallecidos está entre los más mayores, los más fuertemente afectados en las UCIS son los del entorno de los 50 años. Y no somos conscientes de lo que es pasar por ello… y las secuelas que deja.

Pues nada, sigamos como si no pasa nada porque todo esto es una exageración.
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