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Más allá del mal gusto

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02/04/2017 A A
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Más allá del mal gusto
Pueblan este país dos clases de personas: aquellas que consideran que todos los asesinatos de ETA, sin excepción, son actos deleznables e injustificables, y el resto.

De sobra sé que dentro de ese resto hay de todo, desde la ralea más vil del género humano, es decir, los propios terroristas y quienes les amparan políticamente, hasta la berciana de escasas luces que piensa que hacer chistes con los crímenes de la banda es algo divertido, pasando por toda esa corriente de opinión que, creyendo aborrecer el terrorismo, tiende a justificar la existencia de ETA sobre la base de su nacimiento en tiempos de la dictadura.

Lo cierto es que la coartada antifranquista de ETA, tan cacareada por la izquierda, es otro cuento histórico. ETA cometió 40 asesinatos durante el franquismo y 829 tras el fin de la dictadura. Aunque Cassandra quizá lo ignore, la época más dura del terrorismo etarra tuvo lugar alrededor de 1980, año en el que la banda asesinó a 93 personas, cuando Franco llevaba un lustro enterrado y los españoles se regían por una Constitución democrática aprobada en referéndum por una muy holgada mayoría.

Entre todos los asesinados por ETA, desde el policía de 25 años José Pardines en 1968, hasta el brigadier francés Jean-Serge Nérin en 2010, hay todo tipo de personas: taxistas, soldadores, chapistas, jubilados, camareros, marmolistas, estudiantes, concejales como Miguel Ángel Blanco, militares como el Almirante Carrero y muchos niños. El ordenamiento jurídico ampara la libertad de Cassandra para odiar a cuantos quiera de ellos por sus obras, sus ideas, sus cualidades personales o porque le apetezca, y el derecho a expresar su rechazo con todo el mal gusto del que disponga. Pero en cuanto víctimas del terrorismo, todos ellos y el dolor de todas sus familias merecen la misma protección jurídica, porque para la Justicia no hay –o no debería haber – víctimas buenas o malas, ni crímenes merecedores de respeto frente a crímenes jocosos.

Los comentarios reiterados de la berciana de escasas luces no se dirigían a expresar su odio contra Carrero Blanco, ni a vilipendiar nada de lo que hiciera o pensara en sus 69 años de vida, se limitaban a trivializar y aplaudir públicamente el atentado terrorista que le puso fin. Que esto sea objeto de condena por nuestros Tribunales es una pequeña rama verdecida en el olmo seco de la justicia española, que acaba de soltar a quien le dio el tiro en la nuca a Miguel Ángel Blanco. Quizá también haya quien lo celebre.
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