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Manuel Vilas: "El amor es revolucionario"

Manuel Vilas: "El amor es revolucionario"

OPINIóN IR

25/10/2021 A A
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Manuel Vilas: "El amor es revolucionario"
Hablo por teléfono con Manuel Vilas. Hablamos poco más de media hora. Tiene prisa. Ha de coger un tren. Su voz va y viene, la calle se cuela al otro lado. Muy diferente de su novela, ‘Los besos’ (Planeta), en la que el silencio y el bosque lo envuelven todo. Creo que es mi tercera o mi cuarta entrevista con él. Cuando lo conocí, a raíz de ‘Ordesa’, la novela que lo situó en el mapa de nuestra narrativa, Vilas me pareció tierno e inseguro.

En aquel jardín de un pequeño hotel, lo recuerdo bien, me confesó que había escrito la novela de una manera febril, como una catarata de emociones que le llevaban a un territorio, el de la infancia, donde siempre es difícil aventurarse. Hablaba ante mí como en el libro, casi a punto de llorar. Me pareció muy verdadero, pero también frágil, por todos los fantasmas que le habían acompañado y sacudido en los momentos duros, y por el oleaje de la vida, y, al tiempo, me interesó su capacidad para atrapar la belleza a través de la memoria, para recuperarla sin daño, sin desgaste, con la misma luz del pasado. Me maravilló esa iluminación que nacía de las pérdidas, de lo que ya no podría volver. Yo no soy de los que creen que con los sentimientos sólo se hace mala literatura.

Luego, cuando fue finalista del Planeta con ‘Alegría’, hablamos también largamente. Una vez más, la novela tenía que ver con lo que le sucedía. Una vez más parecía escrita al galope, incluso sin plan concreto, dejando que los pensamientos viajaran a su antojo, ya fuera intentando salir a flote en medio de un mar de dudas o alcanzando epifanías que iluminaban súbitamente el camino, que se convertían en puerto seguro. Vilas seguía escribiendo muy pegado a la experiencia, también pegado al curso de la memoria. Escribía con una materia invisible, también caprichosa, a la captura de lo único que de verdad importa: la alegría. «No la felicidad», me dijo entonces, «sino la alegría. Son cosas diferentes». La felicidad era un concepto mayor. La alegría era doméstica, pero más real, más tangible. Una especie de locura salvadora.

Ahora hablo con Manuel Vilas de ‘Los besos’. Es la historia de un enamoramiento tardío. ¿Un ‘amour fou’? Quizás sí, pero no aquel que te puede destruir, sino el que va a dar sentido a tu vida. El protagonista no es Vilas, no enteramente, aunque se trata de un profesor (él lo fue) que se retira de su profesión y se va a vivir a la sierra de Madrid, a una cabaña de madera. Y allí, en una soledad extraña, en medio de la gran crisis que atenaza el mundo, conoce a una mujer quince años más joven y se enamora.

El protagonista, Salvador, se dedica en exclusiva a amar. A construir esa burbuja de afectos, que le liberen de la esclavitud creciente del mundo. Junto a la casa hay un bosque, y por eso la novela tiene algo de Nuevo Romanticismo, de regreso a los orígenes. Podría ser una novela ecologista, pero es, mucho más, una novela sobre la huida de la ciudad y sobre la huida de uno mismo. Parece inspirarse en los Románticos, que encontraron en las montañas y en los lagos una razón poderosa para vivir. Y, quizás, ese sea uno de los efectos de la pandemia. Un nuevo aprecio por la naturaleza, una búsqueda de lo sencillo y lo puro, lejos de las imposturas del presente. Cuando los amantes salen al bosque, como personajes medievales, miran al cielo por si se advierte la presencia amenazante de los drones de vigilancia.

«Creo que de momento no hay muchos que se arriesguen a escribir de la pandemia», me dice. «La gente quizás no quiere oír hablar de ella… Yo lo comprendo. La verdad es que hay muchas obras literarias que recogen pandemias que han sucedido en el pasado, y creo que con esta pasará lo mismo. Es un hecho brutal, que nos marcará. Hemos visto que el edificio sociopolítico que se deriva del final de la Segunda Guerra Mundial no era tan sólido como creíamos. Por eso ahora el mundo está sumido en una especie de irrealidad. Y en una gran desconfianza. Nos ha salido una grieta en ese relato que nos parecía estable, inamovible, y esa grieta se ha convertido en otro relato, pero de naturaleza casi bíblica».

Vilas, que fue poeta mucho tiempo, que lo seguirá siendo, no puede evitar el impulso lírico. Su novela es muy lírica, también lo son las anteriores. Aquí hay pensamientos profundos junto a descripciones de las visitas al supermercado. Lo cotidiano se amasa con lo mágico, la vida es el resultado de todas esas extrañas combinaciones de lo real y lo irreal. Vilas siempre consideró (tiene poemas sobre eso) que el enamoramiento es un estado especial del ser humano, una forma extraña de ser y estar, un lugar en el que las reglas del mundo dejan de importar, y los poderes del mundo, y el ruido del mundo.

Sigue al otro lado del teléfono. Parece animado. Habla con fuerza, me dice que casi llega el tren. Va hacia A Coruña. Es un día soleado. En su novela, el enamoramiento de Salvador, el protagonista, se compara con el enamoramiento de Don Quijote, que es un loco por amor. Todo lo que hace lo hace por amor. Por ese amor es capaz de todo. El amor le saca del mundo, pero al tiempo le convierte en fieramente humano. En hermosamente humano.

Vilas cree que vivimos un tiempo duro, lleno de tensiones, un tiempo del que se ha eliminado el humor. «Hemos perdido la idea de la vida como comedia. Es una idea que en los países del sur nos había ayudado a vivir. Berlanga, Fellini. Veías la angustia, la sentías, pero siempre la interpretabas desde el humor. Ahora lo que importa es el estado de indignación permanente. Moralmente, me parece un retroceso», explica. «Todo parece invadido por una mirada naif: la gente sólo quiere indignarse».
«Soy un gran vitalista. Para mí la vida es maravillosa siempre», me dice. La frase queda ahí flotando, bajo este cielo azul. En el enamoramiento los sentidos se agudizan, también como sucede en la infancia. Los colores, los olores, todo parece recién estrenado. Puedes sentir eso en esta novela. «Reconozco que la pandemia me pareció algo así como la abolición del futuro. Te sentías acorralado, porque el pasado también me parecía ya inservible. Eso es lo que le ocurre a la clase media: siempre sufre todos los males. Ahora no va a ser diferente. La clase política no, pero la clase media sí. El horror siempre ataca a los mismos: así pasó en la Segunda Guerra mundial, en el 11-S. ¿Quién tendrá problemas de depresión y ansiedad? Pues la clase media. La gente corriente. Seguramente el amor sea una de las pocas escapatorias, una forma de dejar de estar acorralado. Por eso escribí esta novela. Porque el amor es revolucionario».
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